Un libro chileno: Manuel Magallanes Moure

Autor de dos pequeños libros, tan sinceros uno como el otro y tan mejor el segundo que el primero, como superior es esta “Carreta”, de las veladas del Ateneo, a la mejor composición del segundo libro. Magallanes progresa y hacia allá…es también indeciso, en fuerza de dilatado.

Eso sí, sigue ya una ruta, tal vez la viene siguiendo desde sus primeros pasos. No se prodiga. Tampoco presta su voz para cantar en ninguna Marsellesa, en ninguna de esas funciones de beneficencia que se llaman socialismo. Jamás se le oirá fuera de su huerto, y sabido es que si nadie puede tener por campo el mundo, debe, en cambio, tener por mundo su campo.

La poesía de que me ocupo me parece una cosa completa. Se marcha por el camino polvoroso y soleado. Delante una carreta va dando tumbos…

 

“Trémulos van los bueyes: abatidos

En la contemplación del blanco suelo

Que rozan con sus húmedos […]

Cuya baba, […] dibuja

En el polvo arabescos infinitos

Y ante las bestias mudas, siempre mudas

En su eterno tormento, entristecido

Come sus bestias y como ellas mudo,

El carretero marcha pensativo

Contemplando las huellas que dejaron

Los que antes que él cruzaron el camino”

 

La carreta hace alto en una alameda y entonces sé que conduce al pueblo al hijo enfermo de aquel pobre hombre. Lo miro, rudo y jadeante, tendido bajo el toldo. Después reanuda su ruta, sobre sus ruedas chillonas, tirada por los bueyes, conducida por el carretero.

Detrás de ella el polvo y el sol vuelven a unirse sobre el extenso camino…

Magallanes consigue sus efectos como pintores japoneses, con líneas muy sobrias, con colores muy simples. Es objetivo y subjetivo a la vez, pero en tal amalgama que no cabrían definiciones. A mi entender, esa debería ser nuestra obra, esa nuestra vida, porque esa es la vida.

 

***

Viene en pos de éste un extenso estudio sobre Eça de Queiros, escrito por la señora Amanda de Labarca: pero ya que se separa de la índole de la colección, no me ocuparé de él, como tampoco me ocuparé más adelante, de otro artículo sobre Versalles, debido a la pluma de don Paulino Alfonso. Estudiar la obra de los dilettantis, por muy distinguidos que ellos sean, y de las mujeres, que son dilettantis siempre, yo lo creo un poco tiempo perdido. Porque en último caso el criticado se encoje de hombros puesto que no tiene mayores pretensiones. Digamos que esos dos trabajos son como de sus autores, pero que no entran en la índole del libro.

VER: Un libro chileno: Samuel A. Lillo.

Un libro chileno: Samuel A. Lillo

A Samuel A. Lillo, yo lo veo hasta con su fisonomía en esta composición, que él llama “La Escuela de Antaño”.

Está en ella el poeta, el educacionista y el hombre; el otro ha puesto su ternura para con los niños; y el cantor requiere su laúd y canta.

“Era entonces la edad de la alegría,

En que es el corazón abierto y bueno.

La edad en que recogen en su […]

El bien y el mal las […] juveniles

Cual copia de la inconciencia de la fuente

Desde los libros a las de las águilas

Hasta el enrosque vil de la serpiente”.

Canta el poeta la nostalgia de la aldea donde transcurrió una infancia como muchas otras: la nostalgia de la infancia lejana, canta el mar entrevisto desde el banco de la escuela; la nostalgia de todos los sueños. Una melancolía inocente le embarga la voz y se comunica al que lo oye, que entonces escucha a su vez en su corazón otro canto que se parece a aquel…

Samuel suele aparecernos demasiado correcto y entonces se advierte que su naturaleza, un tanto agreste, sufre por el molde. El lenguaje se hace a veces estridente y disonante.

Acá no: Es él tal como querríamos verle, cándido siempre y si acaso triste, como si su experiencia a lo sumo lo entristeciese… ¿Qué otra cosa es la experiencia verdadera? Tristeza que nos hace más indulgentes y que seguramente nos purifica.

“Por eso al evocar aquellos tiempos,

Recibo como un soplo de frescura:

Miro hacia atrás y veo el horizonte

Teñido con la lumbre del recuerdo,

Y revive en mi espíritu el paisaje,

Me siento niño y otra vez me pierdo

En los bosques floridos de mi aldea

Y parece que escucho hasta el oleaje

Que a los pies de la escuela […]”

VER: Un libro chileno: Manuel Magallanes Moure.

Lirán Lirín! (Respuesta)

Con este título aparece en “El Mercurio” de ayer 30 de noviembre de 1906, una especie, diré, de crítica al libro “La Floresta de lo Leones”, de Antonio Bórquez Solar.

Se firma con tres asteriscos el joven que le ha engendrado.

No hai duda que el articulista, al parecer, quiso hacer algo de broma y para hacer reír. Pero desgraciadamente salió triste.

Lo siento por él y por su porvenir de crítico…

Comienza por desconocerle a Bórquez la valentía y franqueza con que se somete al juicio de siglos venideros!

Bórquez no ha hecho más que demostrar que tiene talento, y por esta razón se sienten molestos muchos que, aunque se esfuercen en probar lo contrario, no lo tienen, ni lo tendrán nunca.

Usted, jóven de los asteriscos, no tiene dotes para hacer crítica, ni menos para hacer reír…

También ha querido usted sentirse poeta, y al descomponer la estrofa:

 

“En muchas cosas mui triste pienso

mordida el alma de un diente inmenso”, etc.

 

Corrigiéndole la plana a Borquez, ha querido usted ser chulo y a mi me han dado ganas de llorar, al verlo a usted tan desgraciado.

¡NO! Joven de los asteriscos, así no se hace crítica; eso sencillamente es “rascarse”…y hacen ustedes bien.

Los del alpiste tampoco le ha gustado a usted. Es claro. Si hubiera usado Borquez la palabra “alfalfa”, tal vez usted se hubiera sentido complacido.

Aquello de “The strugle for the alpiste”, también la viene a usted que gana sueldo.

Porque si usted no es leso, que no lo creo, comprenderá que ganaría también más con que le pagaran en pesos de a 18 peniques.

Haga usted otra cosa, pero no críticas, que no le resultan.

Lirán Lirín!

“ Y he aquí que yo digo

finalmente, que si no se me

hace justicia, que el que se me

niega, que si se me injuria

yo […], desde luego, a la

inevitable equidad de los

siglos venideros”

Bórquez Solar

 

Aun a riesgo de tenernos que entender con los siglos venideros nos vamos a ocupar brevemente de los versos que el joven poeta y pedagogo Bórquez Solar publica bajo el título de La Floresta de los Leones.

Bórquez es poeta y hace y ha hecho versos hermosos. Pero es tan grandilocuente el título de su último libro, y su apelación a los siglos que vienen, que forzosamente se encuentras pobres, y hasta humorísticos los versos contenidos en él. Si el libro en vez de llamarse La Floresta de los Leones se hubiera llamado, por ejemplo, El Matorral de los Queltegües, los versos aumentarían de valor.

 

***

 

“Yo sé que en alumbramiento de esta obra de sinceridad y de amor –dice el poeta- han de repicar los cascabeles funambulescos de la mala intención.”

Vamos pues a cascabelear…aunque sin mala intención.

Frente al Hospital, es una poesía en que el autor lo divisa desde un restaurant.

 

En muchas cosas muy triste pienso,

mordida el alma de un diente inmenso,

mientras el viejo del restaurant,

medio inclinado, de pelo blanco

como la nieve sobre un barranco

me trae leche, dulces y pan

 

Durante mucho tiempo hemos pensado cómo ha podido producirse esta aglomeración de palabras; si ha sido al acaso o por la voluntad del poeta. Es evidente que si se entregan a otro poeta las palabras: pienso, diente inmenso, viejo, restaurant, pelo blanco, barranco y pan, las combina en otra forma. Por ejemplo así:

 

Voy en camino de buscar pienso

y estoy dotado de un diente inmenso

mientras el lado del restaurant

[…] de un viejo de pelo blanco

que se ha caído como un barranco

de su cabeza y está en el pan

 

Con lo cual queda demostrado, que lo que falta a Bórquez en alguna de sus poesías es un cambio en el orden de las palabras y nada más.

 

Pasan los organillos. Este toca

rechinante y crujiente en su triclinio

liran lirin, una mazurka loca

al umbral del inmenso lenocinio.

 

¿Lo oyen? Liran lirin! Es claro: es una mazurka!

 

***

 

Después de algunas bien inspiradas poesías, el autor vuelve a divagar en mazurkas locas sobre diversos temas

 

He tenido aprisionados en mis odres como Eolo

en sus odres a los vientos. La amargura con el dolo

y hoy ya quiero a mis odres liberarlos del tapón

 

Si se agrega que esta poesía lleva como título Clarines de la noche, se perderá el lector, como nos ocurre a nosotros, en vagas conjeturas. ¿Cuáles son los odres? ¿Cuál el tapón?

¿Cuáles los clarines nocturnos? Tanto más necesarias son estas preguntas, cuanto que la estrofa acaba diciendo:

 

Mientras yo muriente digo la palabra de Cambron

 

Es sensible que a pesar de haberse destapado los odres no se alivie al poeta, y sea necesario que agonice con una palabra tan fea en los labios.

Pero en seguida hay un rasgo tierno y casi inocente:

 

“Ya bastante yo he vivido como el lirio en los valles

ya bastante yo he cantado como el pájaro en las calles

como el pájaro en su jaula, pero aun menos feliz,

que este aislado prisionero cuando rima en su garganta

sus nostalgias y sus penas, con los versos con que canta

gana su gotita de agua, y su alpiste o su maíz”

 

Naturalmente, El pájaro en las calles canta poco, porque fuera de la campana de los tranvías eléctricos no se sientes gorjeos en medio de la vida de la ciudad. Y en cuanto a los pájaros del Congreso esos no cantan, graznan.

Lo del alpiste es ya otra cosa. Hoy por hoy todos los empleados quieren que les den el alpiste en pesos de 18 peniques. Y la lucha por el alpiste es una lucha sin cuartel. The strugle for the alpiste.

 

***

 

Si al lado de estos versos extraños se recuerdan otros tiernos, sentidos y correctos, parece imposible que tan delicado escritor lance aquellas otras composiciones a la publicidad.

Urna cineraria, La Taberna, La Oración, La Jornada son páginas llenas de poesía y de artística emoción.

 

Bórquez canta los sufrimientos de los pobres y los desvalidos, y es elocuente cuando no apela a los siglos venideros ni se lanza lirin, lirán en la mazurka loca.

El libro está dedicado a don Federico Varela.

Un libro de versos

Acabamos de leer un tomo de poesías publicado por el señor Federico Gonzá­lez G., titulado “Oleajes”. De vez en cuando llegan a la mesa de trabajo de los periodistas, junto con el aturdido ro­dar de los sucesos, de las noticias y los ásperos cambiantes de la vida, alguna de estas delicadas notas poéticas que un trovador hace vibrar olvidado del oro, de la ambición y del trabajo.

Esos pequeños libros traen desde el fondo un poco tosco y agitado de la vida moderna, un refrescante soplo de paz, un dulce engaño que halaga, que pasa y que alegra el corazón. Se creyera que en medio de un rudo combate, en tanto que la ola de sangre avanza al tronar de los cañones, se oye el vuelo vago y ligero, casi vaporoso, de un suspiro de amor o de un ritmo.

Los poetas son amados de todos porque con sus cadencias engañan la existencia. Cantan al amor, a las flores, a los sueños. Mientras el dinero cae pesadamente en la caja del mercader ellos, olvidados de la vida y sus martirios, de la lucha y del dolor, cantan. Y su
voz sube entre las rudas agitaciones del trabajo que le rodea. A nadie hacen mal. Cumplen su misión. Nacieron para cantar al aroma de las rosas, a la melancolía de los lirios, a las irisaciones del color, a los amores románticos y dolientes que afligen a los corazones.

Es preciso amar a los poetas, Tienen casi siempre el alma llena de virtudes. El mismo candor con que miran la vida, la ingenuidad con que todo lo ven y observan, es prueba de bondad.

Platón desterraba a los poetas de su república. Hacia mal. Él no presentía a todos estos grandes pensadores poetas que han hecho con sus cantos removerse en el alma los más sublimes pensamientos. Los poetas han llevado a los pue­blos al heroísmo, les han hecho luchar por ideales bellos y nobles, les han he­cho combatir la tiranía, la maldad, la opresión. Con su lira poderosa y su voz potente, han empujado a la humanidad hacia orientes más luminosos y más puros.

El libro del señor González es una nota que no desafina en el concierto de armonías de que algunos buenos poetas chilenos nos han hecho disfrutar últimamente. Hay en él versos inspirados, cadencias y ritmos que quedan en el oído después de ser declamados. Las composiciones “A mi madre”, “La última carta”, “El poeta”, “La luna”, tienen un sabor penetrante de espontaneidad. Hay en ellas estro, inspiración, las vibraciones de una conmovedora sinceridad. En el canto titulado “América y Colón” se oyen enérgicos clamores de mar y de batalla. Los versos ruedan velozmente dejando en su fuga el eco de su ritmo.

La característica de este libro es la soltura, la sencillez elegante con que parece haber sido hecho. La poesía vuela entre los versos como las abejas so­bre el cáliz de las flores. Nada la detiene. Un ligero vientecillo de calma cir­cula tenuemente entre el follaje. Una perspectiva policroma llena los paisajes. El lector ve deslizarse una inspiración entre rosas y lirios.

Estos libros no deben pasar aplastados por el silencio. ¿No es justo que los hombres que vivimos en medio de la lucha tendamos una mirada a esas alon­dras que pasan por el cielo cantando una canción de paz, de consuelo y de es­peranza? Todo cabe en la vida. Y si se puede oír vibrar dulcemente una nota de cítara junto al golpe formidable del martillo, oigámosla. Es una armonía que pasa y que alivia.

Se ha comparado a los poetas con los ruiseñores. La comparación es en parte justa. Los primeros cantan y su gorjeo se pierde en la noche, sube a las estre­llas y muere en el silencio. Los segun­dos modulan sus himnos y alientan al hombre a proseguir su tarea. Desparra­man esperanzas y clemencias, ofrecen paraísos ignorados y acumulan a veces montañas de armonías en marcha que aplastan el dolor, la mentira y la traición.

Honremos a los poetas. Ellos ponen una cadencia al lado de la lucha por el ideal.

Los poetas. Notas ligeras

Durante este mes de diciembre, que finaliza entre los ardores de un estío cada vez más inclemente, los poetas; han entregado un precioso y abundante tributo a la fantasía. Por eso cada mañana, los que tenemos la tarea de escribir para la prensa hemos encontrado sobre nuestra mesa de trabajo algún delicado libro de versos, de cubierta amable e insinuante, y de títulos sugestivos, que a esa lectura regocijada y tranquila que hace olvidar con sus primores, la prosa diaria en que se vive.

Esos lindos libros colocados sobre nuestra mesa nos producen el efecto que nos produjera un fresco y perfu­mado ramo de flores, cortado para nosotros por la mano cuidadosa y enten­dida de una persona de buen gusto.

La inesperada sorpresa de esas flores nos causa un doble placer. A menudo en las mesas no se encuentran sino prosaicos y desordenados volúmenes que hablan de números y estadísticas, ejemplares pesados del código que hablan de la ley y sus enredos, y diarios, revistas, publicaciones, etc., todo ese mundo de vehículos de la idea que van a todas partes por más que no se quiera recibirlos.

En realidad esos libros de versos son un manojo de flores. En ellos hay rosas, claveles, fucsias y gardenias, que forman con sus matices y perfumes un espléndido conjunto.

¿Podría concebirse un poeta que cantara constantemente a las flores?

Cada uno de esos libros es la recopilación de cuánto ha sentido un poeta durante el año transcurrido. Ellos registran una encantadora multitud de ensueños, de doradas quimeras, de ilusiones de amor que se fueron o crecen en el fuego en que alientan. Ellos son el libro sagrado en cuyas páginas un poeta ha estampado sus amarguras, sus penas, sus alegrías, las palpitaciones apasionadas de su corazón. Acojámosle, pues, con cariño y deleitémonos en el rodar de los remos y las estrofas que llevan entre sus velos dorados, y sus sones armoniosos todas las emociones de una alma de poeta. ¿Por qué resistirles? Recibir las impresiones de un espíritu delicado es siempre una tarea amable, que se cumple con gusto, con verdadero placer.

El último de estos libros es el del señor F. Javier Urzúa. Se titula “Notas Ligeras”.  Es un lindo tomito de 139 páginas y de excelente impresión.

Recorrámoslas. Nuestro poeta no es el almibarado romántico de las canciones de amor al claro de luna. Su poesía es robusta y tiende un poco el vuelo hacia meditaciones altas y elevadas. Por entre las luces policromas de sus versos se advierte cierta sombra melancólica, cierta filosofía resignada, una lejana bruma de dolor que pasa arrastrada por los vientos de la inspiración. Agrada dejar rodar el espí­ritu entre esas luces y esas sombras. Se siente vagos deseos de una meditación serena, tranquila, reposada, armoniosa, a cada instante más imponente, sumerge al espíritu en religiosos ensueños.

A veces la poesía del señor Urzúa toma rumbos de guerra y de combate, siguiendo un poco la desusada escuela de los poetas mejicanos. Pero esos bríos son tempestades de verano que estallan de pronto bajo el follaje de sus paisajes, al pie de las colinas apacibles de sus versos, entre las suavidades armoniosas de sus cantos a la naturaleza.
“Notas ligeras” perece, pues, al llegar en medio de la canícula, una ráfaga de aire, un soplo fresco que pasa y deja un vago olor de aromas de campo.

Será el librito que se lea en las playas, mientras las olas besan la arena, y el caer de la tarde se incendia allá en las lejanías del poniente.

El libro del señor Urzúa, llevará siempre, doquiera que vaya, una encan­tadora sensación de poesía insinuante y amable. Será siempre el librito de versos que registra las alegrías de la vida sombreadas por los ligeros dolores que pasan y perfumadas por las rosas, los claveles y los lirios de nuestros campos y jardines.

El nuevo libro de Dublé Urrutia: una fiesta artística

Podemos anticipar a nuestros lectores una buena nueva para cuantos aman la bella literatura y el progreso intelectual de nuestro país: el eminente poeta don Diego Dublé Urrutia, el inspirado cantor de la naturaleza chilena publicará en pocos días más un volumen de pequeños poemas, que titulará “Del mar a la montaña”.

Es, en realidad, una buena nueva la aparición de una obra de este joven bardo, el primero entre los escritores chilenos que ha hallado una nota nacional sincera y altamente inspirada, acaso el único entre los actuales que puede llamarse el poeta chileno porque sus cantos inspiran siempre en [su naturaleza], en las glorias de nuestro pasado, en las esperanzas de nuestro porvenir.

Diego Dublé Urrutia publicó hace seis o siete años, cuando era un niño, un pequeño volumen, que tituló “Veinte años” ¡Cosa rara en esta tierra!: el público acogió la obrita con un entusiasmo inusitado y la edición se agotó en unos cuantos meses.

Ni cómo había de ser de otra manera, si bastaba ser chileno para sentir la belleza de sus poemas en que describe con verdad realista y con un hondo sentimiento nuestros campos, nuestras montañas, las viejas tierras de Arauco, teatro de tantos dramas de razas. Ni cómo había de ser de otra manera, si bastaba tener el alma para vibrar con la delicadísima y melancólica poesía de sus creaciones.

Después, ha dado a la luz diversos poemas, en que cada vez más se acentuaban esos caracteres de su genio poético. Diego Dublé sigue siendo un gran poeta y el poeta chileno por excelencia. Nunca nuestros campos, nunca el paisaje de nuestra tierra, nunca su vida campesina y sus leyendas, han sido mirados a través de un temperamento más sincero y más genuino y sencillamente artístico.

“Del mar a la montaña” nos [entrega] ahora el poeta, a través de todos los aspectos […] de la vida de esta angosta faja de tierra que tanto amamos.

Artistas distinguidos han pintado o dibujado ilustraciones para el libro de Diego Dublé. En sus páginas se [muestran]  reproducciones de trabajos de Lira, Juan Francisco González, Jarpa, Richon Brunet, Pulgar y Homero Castro, que han hecho cuadritos al óleo o dibujos al carbón inspirados en los poemas de Dublé.

La Imprenta Barcelona hace una edición elegantísima del libro que, de esta manera, será una colección de exquisitas obras de arte literario, presentado en una hermosa forma de las artes gráficas.

Antes de aparecer el libro, Diego Dublé hará en los salones de “El Mercurio” una lectura de algunos de los pequeños poemas que aquél contiene. Será una fiesta artística que los aficionados aguardarán con ansiedad. Algunos números de música completarán la velada en que el poeta no va a dar las primicias de esta nueva colección.

Estamos bien seguros de que “Del mar a la montaña” será un éxito que acabará de consagrar la personalidad de este escritor que, en la edad en que otros comienzan, alcanza ya ese glorioso privilegio de saber interpretar, en bellísimas estrofas, el alma de un pueblo.

Cantos sencillos y poemas

He aquí una nueva producción artística nacional de la que es consolador tomar nota en estos tiempos que co­rren…

Gustavo Valledor ha hecho el sacrifi­cio de publicar una colección de sus me­jores composiciones poéticas bajo el tí­tulo que encabeza estas líneas; y hay que agradecérselo, porque la cosecha es buena en toda la extensión de la palabra.

Valledor no es un desconocido en el mundo de las letras sudamericanas. Desde 1894, en que principió a publicar sus primeros versos en una revista que él dirigía llamada “El Año Literario”, se reveló como una personalidad litera­ria original en todo el vigor y la madurez de su inspiración. Una de las poesías que aparece ahora en este volumen titulada “A un artista”, publicada en aque­lla revista, mereció del ilustrado critico de “La Nación” de Buenos Aires, Paul Gronssac, un juicio que honraba en mu­cho a nuestras letras patrias, pues en él colocaba a Valledor por encima de los primeros poetas argentinos de aquel tiempo.

Si no recuerdo mal, Gronssac, en su largo artículo bibliográfico, hacía notar entonces la sobriedad, la apropiada con­cisión del estilo, la facilidad impecable de la versificación y el lirio espontáneo del sentimiento que se advertían en aquella composición literaria.

Nosotros pensamos y sentimos al igual que Gronssac al hojear “Cantos sencillos y Poemas'”. Nos encontrarnos en presen­cia de un poeta de verdad que tiene una fisonomía literaria propia en la que no se nota, corno ocurre con tantos de nuestros poetas jóvenes –la influencia de otros autores extranjeros modernos- más o menos afamados. Los maestros han debido ser los griegos y los latinos, esos eternos adoradores de la sencillez, de la claridad y de concisión en la forma, de la que nacen esa profunda armonía, esa inimitable y serena majestad de los modelos antiguos. En los versos de Valledor no se observa ni el estilo grandi­locuente a que nos tenían acostumbra­dos desde niños los imitadores de Quin­tana ni el afectado rebuscamiento de palabras exóticas y vacías de los discí­pulos de Verlaine, Mallarmé y Leconte de L’Isle; todo en ellos es sencillo, espontáneo y a la vez discreto o insinuan­te: jamás una idea repetida; nunca un verso declamatorio o sin objeto, y menos un ripio.

El alma de este poeta está saturada, de imágenes lejanas; sus asuntos, sus ideas, sus sentimientos vagan distantes de la patria, en otros siglos, en otras edades; la Grecia pagana, con sus es­tatuas y sus mármoles  divinos sombrea­dos por los mirtos y los laureles glo­riosos; el Oriente, con el lindo y em­briagador misterio de sus cosmogonías; la Judea, con sus sencillas leyendas de pastores y la profunda poesía de las primeras religiones de la humanidad despiertan siempre su inspiración y ha­cen vibrar su lira.

Este amor por la antigüedad informa todo el libro y le da un encanto extraño, una poesía misteriosa y triste que hacen soñar con el poeta en aque­llas grandiosas civilizaciones enterradas, en aquellos símbolos de otro tiem­po, cuando el mundo era joven… Y ante nuestra imaginación embriagada en los recuerdos pasan, evocados por el poeta, la Venus de Milo, ese mármol viviente que parece alimentar en sus entrañas de piedra el fuego sagrado del amor y del arte pagano; Leonidas y sus trescientos espartanos; y Zoroastro, el re­formador de las antiguas religiones de la Persia; Eliécer, el anciano emisario de Isaac, con su fatigada caravana, y Rebeca, esa purísima rosa del desierto, en patriarcal y tranquila plática junto a la fuente….. Y los versos fáciles y armoniosos parecen envolver y aca­riciar con el fuego de su inspiración todo ese mundo muerto, todas esas en­cantadoras imágenes desvanecidas….

Aparte de las poesías inspiradas en los recuerdos de la antigüedad, hay en el libro un corto número de composiciones que se refieren a nuestro medio nacional y a impresiones más modernas; pero en todos ellos persiste la misma pureza de líneas, la misma exquisita correspondencia entre el fondo y la forma de las otras junto con las propias, imágenes evocadas de la mitología griega y el arte antiguo. Refiere Enrique Heine, ese eterno adorador de los dioses, que en plena Edad Media un joven y galante caballero, paseándose por los alrededores de Roma, a los rayos de la luna, vio desfilar a la hora de la media noche, un extraño cor­tejo. Eran hombres y mujeres de una blancura deslumbradora, magníficamente vestidos que ostentaban coronas de oro y de laurel sobre las frentes triste­mente inclinadas; muchos llevaban vasos de plata y otros utensilios destinados a los sacrificios en los antiguos templos. En medio de esta muchedumbre se erguían enormes toros con los cuernos dorados cubiertos de guirnaldas y de flores, y, por fin, sobre un estro triunfal, vesti­do de púrpura y coronada de rosas avan­zaba una diosa de elevada estatura y de deslumbrante belleza.

No sé por qué extraña asociación de ideas viene a mi memoria esta graciosa fantasía del gran lírico alemán, leyendo los versos de Valledor; talvez será porque “Cantos sencillos y Poemas” está impregnado de la misma intensa y triste poesía que inspiraba a Heine cuando evocaba en sus cantos los destronados mitos de la antigüedad pagana.

En la lenta evolución de nuestras escasas fórmulas literarias, el libro que nos ocupa viene a dejar un fondo surco, un sello profundo y definitivo, bien distinto del que han seguido y siguen los infinitos y fervientes adoradores de las últimas novedades literarias que nos llegan constantemente del viejo mundo. La influencia y el prestigio de la obra de Valledor se irán acentuando de día en día, estamos seguros, mediante el pro­greso del buen gusto del público y de nuestros autores.

Recuerdos de un poeta

Un poeta menos. Pareciera que los poetas debieran morir en la frescura de los campos, entre las flores, en las apoteosis de la luz y de la gloria. Ellos han cantado tanto a la belleza, al amor, a la dicha.

Sin embargo, mueren con frecuencia en los lechos fríos de un hospital, sin otro horizonte que un muro pálido sobre el cual se dibuja la silueta de un desconocido que agoniza.

Así ha muerto Pedro A. González. ¿Las cosas que él había cantado con tanto estro no le debían un último consuelo? El había cantado a las rosas, al cielo azul, a los buenos corazones que había visto amar y sufrir. Había tenido siempre un eco para los sollozos ajenos y para las alegrías que había visto pasar a su lado como una visión de rosa. Todo eso le faltó en la hora de su muerte.

Si los seres forjados por la cálida imaginación de los poetas vivieran, en un mundo ignorado y misterioso, ellos se asomarían al borde del lecho de aquel que les dio vida.

Junto al lecho de González habríase visto desfilar entonces la figura sombría de un monje, la visión pálida de una novia, el rostro frío de un proscrito, de un vencido, de un desterrado de todos los placeres de la vida. Sombras de bardos rodearían el lecho. Y juntos, en esa hora suprema en que va a morir el poeta, ellos habrían elevado al cielo la dulce y última letanía que se canta por los muertos.

Nosotros conocimos a González. Fue en una noche de juventud, en una pequeña sala de Restorán Gage en donde nos habíamos reunido, unos cuantos amigos de las letras. Noche amable de buenos recuerdos. La lluvia caía afuera y parecía acompañar con su música melancólica las historias, los versos, las impresiones que pasaban por nuestra charla.

El poeta habló. Se puso de pie. Tenía una cabeza atormentada, de bardo romántico. Habló de la belleza. Jamás he percibido mejor hasta qué punto admiraba y sentía González la belleza. Por su discurso cruzó todo el pasado. Grecia y sus mármoles, sus oradores, sus filósofos; Roma sus monumentos y su grandeza; la Edad Media con sus filigranas, sus templos, sus monjes, sus catedrales; la época moderna con su poder, con su fuerza, con el empuje arrollador de sus ideas y su progreso.

¡Cuántas delicadas sensaciones de arte gastadas en un instante, en la luz tibia del comedor, junto a tantos buenos amigos, mientras la lluvia entonaba afuera su canción!

Después encontramos a menudo a González. Le buscábamos. Era tan agradable oír los estímulos, los votos de aliento con que tan cariñosamente nos empujaba hacia adelante. Cuando uno se apartaba de él experimentabanse sensaciones de vuelo, de alegría, de esperanza en el corazón.

Una vez disfruté de su charla en otra sobremesa. Habíanse reunido varios literatos en casa de una bondadosa familia que gustaba oír de vez en cuando estos cantos de pájaro con que los poetas y los escritores jóvenes alborozan una reunión. Estaban allí casi todos los jóvenes que hoy se forjan o tienen un nombre en las letras militantes.

La conversación tomaba mil giros improvisados. Se deslizaba, iba y venía, con su mundana coquetería. Y siempre, en el vuelo que emprendía a través de los labios, arrancaba un pensamiento, una idea, una forma original.

De pronto alguien tuvo la extraña y peregrina idea de pronunciar el discurso con que honraría, al borde de la tumba, la memoria de un amigo que tenía al lado, para cuando este muriera…

La extravagante idea tuvo imitadores. Todos hablaron. Una atmósfera triste, casi enrarecida, pareció poco a poco, envolvernos. ¿Por qué no? ¡Había tanto sentimiento en aquellas expresiones enlutadas! La voz tenía en esa ocasión vibraciones tiernas y sinceras.

¿Quién de nosotros, dijo un poeta, será el primero que levante su carpa?

Nos miramos, reímos. Había, sin embargo, en el fondo de nuestra sonrisa una extraña frialdad.

Ayer González ha levantado su carpa, el primero. Ha llegado, pues, la hora de ir al borde de su tumba a decir llorando lo que entonces –en ese lejano invierno- se dijo con la risa entre los labios.

¡Cuánta tristeza hay en la muerte de un poeta! Son los únicos hombres que no mueren odiados. ¿Quién puede odiar a los que han pasado toda una vida cantando a las flores, a la luz, a la naturaleza, al amor?

Cuando supimos la noticia de la muerte de este poeta, nosotros miramos un momento, en la hora temblorosa del estupor, hacia atrás.

¡Cuánto recuerdo perfumado de lejanas primaveras!

Asomó al punto a nuestro espíritu toda su juventud, el recuerdo de aquellos días en que nuestro corazón abría las alas y dirigía sus vuelos por esos buenos mundos del ensueño, paraísos que se perdieron, que se alejaron para siempre, que el alma no encontrará jamás.

Era en un lindo balneario del sur. Pasábamos allí las vacaciones. Una pequeña sociedad deslizaba sus días en la alegría de aquellos días de descanso, de placer sano y agreste; junto al mar, al pie de la montaña. Era el año en que se publicaron los “Ritmos” de González. Sus versos llegaron allí como una pri­mavera. Al rumor de las olas, en esa pereza deliciosa de las horas de playa, sus estrofas iban y venían, de labio en labio, como una música llena de ar­monía y de color. Los versos de los poe­tas no son nunca más bellos que cuando son murmurados junto a una mujer que se ama, a la orilla del mar, en el dulce ir y venir de las olas que se alejan y vuelven arrullando a abrazar la playa. ¿Quién no se siente poeta? ¡Quién no vibra al beso delicado de unos versos que interpretan nuestros mismos sentimientos, nuestras mismas pasio­nes, el estado delicado de nuestro cora­zón!

Después, los años pasaron. A veces el libro caía en nuestras manos y al hojearlo, al deslizar la mirada por esos versos que en otro tiempo murmuráramos con el alma y los alborozos de la primera juventud ¡cuánto recuerdo voló en el fondo de nuestra alma, cuán­tas lejanas memorias brotaron como flo­res en nuestro corazón, cuántos per­fumes, cuánto aroma lejano, cuántas sensaciones de alegría, de tristeza, de melancolía se irguieron al calor de esa primavera lejana, vivida en todo su encanto, y resurreccionada de pronto al golpe mágico de los versos de un poeta.

Hace poco nos dijeron que el poeta había muerto. No tuvimos valor para coger el libro. ¿Para qué recordar un pasado sobre el cual ha caído el doble luto de la desilusión y de la muerte?

Luego, sería muy triste ver desfilar las auroras, los ensueños, las creaciones de un poeta que aún no se hiela, allá abajo, en el sitio en que reposan los muertos.

He meditado en la despedida de ese poeta. Le he visto muerto sobre el le­cho de un hospital. Y me he puesto a escribir con pena. ¿Por qué? ¡Quién sabe!

Poesías de Samuel A. Lillo

Un libro nuevo. Es decir, otra lanza que viene a combatir por la luz.

Un nuevo autor. Es decir, otro armado caballero que baja a la arena.

No viene, presuntuosamente, a golpear los escudos de sus rivales. Caballero iluminado y luminoso, viene solo a poner su espada en contra de la noche, del lado del día. Y en su hermosa armadura deslumbradora, hecha de bronce fuerte, parece que trajera toda la gloria del sol.

Pero quitemos un instante al caballero su rica armadura resplandeciente para poner la mano sobre su corazón.

Palpita tranquilo, sereno. Es noble y humano, sencillo y valiente. La soberbia, la envidia, el orgullo, no han puesto en él sus vacilaciones, sus inquietudes, sus ritmos inciertos. Es un gran corazón. Tal vez es un corazón demasiado bueno. Expliquémonos.

Cierta suma de maldad latente, en germen, es necesaria al artista. Las águilas humanas no pueden levantar una de sus alas hasta el cielo sin arrastrar la otra por el polvo. El artista es grande porque toda la naturaleza está en él, desde el lodo hasta el efluvio, desde la bestia hasta el ángel. Sondead el corazón de los genios y veréis que allí palpita todo lo grande y todo lo pequeño, todo lo bueno y todo lo malo: la vida toda entera. Su corazón es siempre un abismo oscuro, a cuyos bordes llegan voces extrañas, de amor las unas, de odio las otras. El bien y el mal, como dos ángeles hermanos, baten las alas en ese abismo. Tened cuidado: de allí puede salir una ala blanca, pero de allí puede salir también una ala negra. Ese corazón es capaz de lo más sublime, pero también es capaz de los más bajo. Lleva en sí todas las grandezas, todo el azul; pero ¡ay! También lleva en sí todas las miserias, todo lo negro. Se siente un vértigo extraño cuando se mira al fondo oscuro de ese corazón.

Lillo no tiene bastante orgullo para desentenderse del público; no tiene bastante soberbia para atreverse a ir en contra de la opinión; no despreciar sus gustos. Lillo rara vez olvida que hay ojos que le miran. Respeta demasiado las opiniones ajenas. De ahí sus timideces, de ahí sus actitudes de gladiador correcto. No piensa en que es hermosa la cabeza desgreñada y salvaje del luchador. No piensa tampoco en que el poeta nace para imponer la ley y no para recibirla.

No le importe, no debe importarle, el encontrarse solo. Las cumbres más altas, las más inaccesibles, están coronadas de cóndores solitarios.

Se necesita poseer bastante orgullo, bastante soberbia, para tener un ideal propio y para marchar a él por un camino también propio. De otro modo no se hace más que ir por los caminos trillados, siguiendo rutas que otros abrieron. En una palabra, no se es artista sino vulgarizador del arte ajeno.

Hay que tener ese orgullo, esa soberbia para poner el pie sobre las reglas, cuando llega el caso. Las reglas no son recetas para el artista sino para el vulgo. Y si sois algo, si realmente arde en vuestro cerebro el fuego sagrado, no tratéis de hacer obras que se ajusten a reglas, ni a principios ni a conveniencias, ni a gustos preestablecidos; porque las reglas, el gusto y los principios nacerán de vuestras obras.

No hay una idea, hija del genio, que no trastorne gustos, ideas o conveniencias. Mas, ¡qué importa! El genio debe ser como el águila, cuyas alas azotan y hieren, o como el león, que abre un surco sangriento donde pone la garra formidable.

***

La nota dominante en la filosofía de Lillo es la tristeza: una tristeza desconsoladora, un dolor sin esperanzas, una pena honda, un sufrimiento que no espera consuelo, una noche que no espera aurora.

Pero no, Lillo es joven y no es posible que esté ya doblegado por el sufrimiento, vencido. No. Su dolor, su escepticismo son tan solo una pasajera enfermedad del ánimo. Los corazones bien templados como el suyo, reaccionan tarde o temprano contra esas ilusiones de eterna desesperanza que brotan como flores malsanas en los corazones dolientes. Cuando el que sufre es poeta, esas enfermedades son tenaces; porque el dolor es poético, la melancolía y la tristeza tienen cierta hermosura, y el enfermo acaricia su mal, lo ama, y no quisiera por nada del mundo que alguien se lo arrancara del corazón.

Escéptico, desengañado, sin esperanzas…

El escepticismo, el desengaño, la desesperanza, que estuvieron de moda, son ya inaceptables. El verdadero filósofo, el verdadero hombre de ciencia, que comprende bien la vida, la toma tal cual es, con más dolores que goces, sin desesperarse por eso. La verdadera filosofía, la verdadera grandeza, consisten en conformarse a las leyes naturales y en cumplir los altos fines de la vida, resumidos en esta frase magnífica de Ezequiel: “El tiempo presente trabaja para el tiempo futuro: luego, trabajad y esperad”. Todo hombre debe considerarse feliz, ya que siempre le es dado, en su esfera, trabajar para la humanidad; “para el tiempo futuro”. Un poeta colocado en este terreno, vale cien veces más que otro que no ayuda la obra civilizadora sino que nos enerva y desalienta, hablándonos de su desconsuelo y su desesperanza.

Si se ha sufrido, si se sufre, derramemos una lágrima, inclinemos un minuto la frente, puesto que somos débiles; pero no renunciemos a la vida, que es hermosa, no renunciemos a trabajar por la humanidad, porque no tenemos derecho para ello.

Si hemos sufrido, mejor: así sabremos sentir más hondamente los dolores ajenos. Si hemos llorado, mejor: así sabremos que el llanto es amargo y haremos lo posible por evitar a nuestros semejantes la amargura de las lágrimas. Pero no hagamos de nuestro dolor una armadura egoísta. No nos encerremos en él para arrastrar por el mundo una larga y penosa agonía, completamente estéril, completamente inútil para la humanidad.

Hagamos que nuestro duelo se trasforme. Que cada espina que nos hiera, abra en nuestro corazón una herida benéfica, de donde caiga una semilla de oro. Que cada gota dolorosa que venga a aumentar la amargura de nuestro cáliz, se convierta en fuente inagotable de bondad y amor, para llevar al que sufre, al que tiene hambre y al que vive en la noche de la ignorancia, una palabra de consuelo, un pedazo de pan y un rayo de luz.

Pero la honda tristeza que palpita en el fondo de las poesías de Lillo, no es ni puede ser sino una pasajera enfermedad del ánimo; y a pesar de que estas enfermedades son tenaces, porque la tristeza tiene cierta hermosura y los poetas la aman, Lillo, tarde o temprano se la arrancará del pecho. En su corazón doliente han brotado flores malsanas; pero vendrá la nueva primavera y hará germinar como antes la buena semilla y reventar de nuevo las yemas frescas; y en ese corazón enfermo florecerán otra vez las alegrías como un florecimiento de rosas, y las esperanzas, como una bandada de alondras, volverán a cantar en las ramas del sauce reverdecido.

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Lillo, cualquiera que se ale concepto que merezca su filosofía, siente la belleza y es poeta.

El autor de “Salomé”, el que con mágico pincel ha sabido evocar esa mujer soberbia y hacerla pasar delante de nuestros ojos deslumbrados, en toda la gloria de su opulenta hermosura; el que nos ha hecho seguir con angustia el vuelo vertiginoso del “Cóndor ciego”, al través de la noche insondable de sus ojos sin luz; el que con “Sísifo” nos hace arrastrar penosamente por la áspera montaña el formidable peñasco; el autor de “La Selva Primitiva”; y el autor de tantas otras hermosas composiciones, es un poeta magnífico.

Cuando se leen sus versos se siente esa sugestión particular que producen las obras que han salido de manos de artista. Se siente también esa misteriosa alegría interior, ese estremecimiento divino, que solo produce la belleza suprema.

Lillo es un poeta eminentemente lírico. Su alma aparece siempre aun en las más frías descripciones. Por eso sus poesías tienen poderosamente grabado el sello personal, ese blasón que solo llevan las obras de los privilegiados.

Lillo se distingue también en el género descriptivo. Algunos de sus cuadros tienen un colorido y una viveza tales que parecen pintadas a pincel.

Finalmente, su forma literaria, que no es tan vistosa como la de los decadentes ni tan prosaica como la de los académicos, está destinada a agradar a todos los lectores, aunque tal vez sin satisfacer completamente a algunos de ellos.

Como quiera que sea, Lillo es un poeta de verdadero mérito.

Su filosofía, su forma literaria, sus principios, aunque a juicio de algunos sean discutibles, son, por lo mismo que merecen discusión, factores de progreso.

Todo es útil en el mundo y con mayor razón las obras que, como la de Lillo, son hijas de un hombre de inteligencia, de corazón y de carácter.