Los últimos libros. Apropósito literario

Como a nadie le faltan sus debilidades, no tengo miedo de confesar una de las tantas de que adolezco. Es un placer, tal vez algo ingenuo y pueril, pe­ro de todos modos muy sincero, el que recibo cada vez que un autor nacional, joven o viejo, me envía su libro recién publicado, con una dedicatoria autógrafa, más o menos cariñosa. Mi biblioteca es pequeñita, pero tiene la particularidad de estar casi toda formada por obsequio de los propios autores.

Por eso me miro en ella, como otros se miran en su colección de estampillas o de miniaturas arcaicas. Hay egoísmos inofensivos.

En los últimos meses he ido viéndola engrosar da una manera halagadora. Y, como en la semana que aca­ba de pasar he recibido casi simultáneamente tres libros nacionales nuevos, me he decidido a hacer un balan­ce de la producción literaria actual, dándole forma de charla, a fin de que no resulte pesado y hostigoso, como un balance comercial.

El primero que me sale a la mano, es un volumen modestamente titulado “Poesías”, publicado en este puerto. Sus autores, dos muchachos sentidores [sic] y muy bien intencionados, Juan A. Araya y Guillermo Bravo, pusieron en él todos sus ensueños y sus melancolías adolescentes. Sus versos son, en cuanto al sentimiento, de una pureza ideal.

Para usar de una frase manoseada hasta el aburrimiento, podría decirse que cantan como los pájaros al amanecer: sus poemas son salutaciones a la vida. “Gorjeos” es un título que habría sentado perfectamente a esa colección de versos, en los que retozan, como en natural, el amor filial,        el amor patrio… y el otro.

Pedro Prado asustó un poco a la crítica con sus poesías revolucionarias. Revolucionarias desde el punto de vista de la métrica, no de la ideología. En un breve artículo expuse oportunamente la impresión que me produjo el contacto de esas “Flores de Cardo”, bien coloreadas, harto fragantes, y con no sé qué desenfado de muchacha rústica y arisca. Pedro Prado es un poeta distinguido, que no llegará nunca a la popularidad tal como la entendemos. Ni él aspira a ello tampoco. Sus poesías son poemas en prosa, vibrantes, naturales, frescos, pero sin ritmo ni ri­ma.

“Flora Chilena”, de Ismael Parraguez, es un libro casi didáctico. Ya se ve tam­bién que su autor es normalista y profesor. La mayor parte de sus poesías podrían figurar en esas pequeñas antologías que se destinan a la enseñanza de la lectura. Parraguez, amante de la naturalidad y la sencillez, se manifiesta es su libro aficionado al folklorismo. Emplea a cada paso chilenismos de expresión y de dicción, y ciertamente no apela al subrayado ni a la comilla. En eso estoy de acuerdo con él; los chilenismos no deben ser desechados por los escritores, ni entrar vergonzosamente a ser carne en el idioma. Deber es de los autores echar mano de ellos, si al caso vienen, sin preocuparse, de si la Academia española ha tenido o no tiempo de incluirlos en su índice. La inspiración de “Flora Chilena” es amable y pintoresca. Yo reproduciría aquí con gusto el poema “La Sandía”, de la cual se dice que:

“las miradas se poseen en ella

y se hace agua por ella la boca”

Si no fuera por el temor de alargar demasiado este rápido sumario.

Un joven, desconocido hasta ahora en las letras nacionales, Gustavo Mora Pinochet, ha publicado sus “Melancolías” en un tomito de ciento cincuenta páginas, discretamente prologado por Antonio Orrego Barros. He oído que como ocurrió con Balart y ha ocurrido con otros escritores, un gran dolor fue el que decidió a este joven a escribir versos. Haya sido en buena hora. “Melancolías” es como el diario íntimo de un soñador que pasa sus pensamientos en la soledad. Gustavo Mora lo ve todo triste, todo gris. Para él no existe la primavera. El rumor del mar, el susurro de las hojas, la luz de las estrellas le hacen suspirar. Sus versos han sido suspiros… No es extraño, pues, que le oigamos decir, dirigiéndose a la “Sombra Blanca” de la amada, para siempre perdida:

“Ya te veo a la orilla de la fuente

blanco lirio prendado del cristal,

forjando aquellos sueños que se sueñan

a la edad de quince años, nada más.


Campos abiertos de horizontes grandes

una casita blanca y un jardín,

un algo que se busca y que se tiene

un deseo de amar y de morir.”

De todos los libros nuevos, creo que el más rico en ideas, el más sustancioso, pudiera decirse, son las “Horas perdidas” de Allan Samadhy, llamadas así por un inocente sarcasmo de poeta. Reservo mi juicio sobre este libro que ya ha juzgado ventajosamente Omer Emeth,  ilustrado colaborador de este diario. Básteme copiaros el poemita “Anhelo”, que no es el mejor, pero sí de los mejores que contiene el volumen, recientemente aparecido.

“Tú muy arriba, sintiendo

la mirada de los astros;

yo, muy abajo, siguiendo

como gusano tus rastros…


Y así vamos por la senda

de la fragosa montaña,

donde tal vez nos sorprenda

la inevitable guadaña.


Antes de la hora que temo

(nuestro afán ya lo auguró),

en que en un beso supremo

nos confundamos tú y yo.”

Preciso es consignar que el autor ha tenido la plausible idea de regalar la edición de su libro a la Sociedad Protectora de Estudiantes Pobres. San Martín compartió con un menesteroso su capa. Cada cual da lo que puede. El ejemplo de Samadhy es digno de ser imitado.

Hace unos cuantos días he recibido dos libros más: “Poesías” de la señorita Victoria Cueto,       y “Preludios”, de la señorita Rosa Araneda Mangelsdorff. La primera es suficientemente reconocida. Pertenece a la generación pasada, a los poetas románticos que ponían su inspiración al servicio de los grandes problemas morales que agitan a la humanidad. Sus versos tienen a veces magníficas entonaciones, son viriles; y cuando expresan dolores y melancolías, tiernos y conmovedores. Su “Canto a Prat”, a pesar de lo trillado del asunto, tiene novedad y brillo.

La señorita Araneda (que no es, por cierto, la poetisa popular del mismo nombre), se inicia en la profesión literaria con sus “Preludios”, título oportuno y acertado, Son ensayos, aleteos las más de las veces felices y atrevidos, de una imaginación poética verdadera. Aunque, según se me ha dicho, es muy joven, casi una niña, la señorita Araneda ha logrado liberar su poesía de esas afectaciones que suelen ser el escollo de los que comienzan. La visión de la vida, el espec­táculo de la naturaleza, la conmueven intensamente. Y esa sensación, primi­tiva y casi infantil, es la que ella nos reproduce en sus poemas.

Un antiguo conocido vuestro, M. J, Ortega, ha reunido y publicado en volumen sus “Cartas de la Aldea”, tan admirablemente observadas como escritas, de un ingenio tan fresco y de una gracia tan espontánea y natural. M. J. Ortega es, como se sabe, el seudónimo de Manuel J. Ortiz, profesor de Estado, ya conocido ventajosamente desde la publicación de su primer libro, “De Pueblo Chico”, también sobre costumbres nacionales.

Ya veis cómo se trabaja aquí. Contra la falta de estímulo, contra la indiferencia general, se alzan silenciosos trabajadores a quienes no acobarda el silencio, menos compasivo que la crítica, que siquiera se ocupa de sus producciones. Parece increíble que nuestro ambiente sea capaz de prestarse al desenvolvimiento de la cultura intelectual. Y, sin embargo, es así.

Para, dentro de poco, tenemos el anuncio de dos nuevos volúmenes de poesía: “Prosas Rimadas” de J. L. Chelsbrough y “Cantos de la tierra, del cielo y del mar”, de Antonio Bórquez S., y de dos de prosa: “Escenas de la 1a vida campesina”`, colección de cuentos de Rafael Maluenda, y “El doctor Leroy”, novela de Gustavo Silva.

 

Cada año ocurre lo mismo. Entre lo que se escribe y se publica, hay mucho malo, es cierto; pero también hay mucho bueno, y esto es ya bastante título a la consideración del público. El esfuerzo intelectual es siempre digno de atención, siquiera no sea su éxito, desde luego, extraordinario. Entre otras especies de esas que echamos a correr nosotros mismos para desacreditarnos ante propios y extraños, figura esa de que somos por temperamento anti-literarios. Profundo error; porque, en primer lugar, no hay pueblo ni raza anti-literaria porque si se analiza con serenidad de criterio, Chile ha contado y cuenta con escritores que ya quisieran para ellos muchas otras naciones.

Firmado como Cristóbal Zárate.

Nota: el texto se refiere a los poetas: Juan Araya, Guillermo Bravo, Pedro Prado, Ismael Parraguez, Gustavo Mora Pinochet, Allan Samadhy, Victoria Cueto, Rosa Araneda Mangelsdorff.

Versos

Los libros de versos tienen a menudo para nosotros el carácter de una amable promesa. Al encontrar uno esta mañana sobre nuestra mesa, hemos entrevisto dos horas de encantadora lectura en el fondo de un parque o junto a algún amigo que se quiere y con quien agrada compartir las emociones.

Esta vez el Libro es del señor D. Gustavo Mora P. y se llama “Melancolías”. Al solo título se piensa en canciones y flores, en aromas y ternuras. Venga el libro. Será para nosotros un entreacto, y ofrecerá a nuestra pluma el placer de rodar sobre el papel con la fiebre y la alegría juvenil de otros años ya lejanos. Cuando se habla constantemente de actualidad en que juegan rol los servicios del Municipio y del Senado, y las variedades monótonas de la vida diaria, gusta hablar por un instante de rosas, de juventud, de primavera, de paisajes en que tiembla el sol y espejea la luz de las auroras

El autor es presentado por un poeta de renombre nacional, el señor dos An­tonio Ortega Barros, quien en un prólogo elegante descorre la cortina y entrega al poeta su laúd.

Es este un joven caballero del verso, un bardo que acaba de tomar la lira y sale por los senderos del mundo a cantar sus primeras endechas. El lector le ve ante sus anhelos, le siente ir y venir entre sus ilusiones; el destino le es a veces adverso, a veces tierno. Uno que otro dolor templa su alma y le sumerge en profundas meditaciones. Pero la musa inquieta y juvenil del poeta le arrebata a sus pesares, distiende el torbellino de seda de su ropaje y se orienta de nuevo hacia las auroras del ensueño. Permítennos juzgar la índole del autor, cuatro composiciones que llevan los títulos de “La faceta”, “Historia”, “Pla­ya Oscura” y “Las horas”, su mejor poesía esta última. De las estrofas cadenciosas, del cándido rimar de los versos, del suave vaivén de las ideas, surge como un rayo y tenue flotar, el alma pura y sentimental de un buen trovador, de un trovador a lo Tennyson, que gusta de rimar amores sencillos con el tembloroso murmurar de los arroyos.

Esta musa tiene el encanto de resarcirnos del ampuloso cantar de otros poetas que elevan su inspiración a las estrellas, teniendo para notar en los espacios las engañosas y falsas alas de Ícaro.

El nuevo poeta encamina bien sus pasos. El trovador mas simpático es aquel que mece el alma de sueño en sueño y no aquel que la sacude y la lleva de un tumbo a otro tumbo por la inmensa marejada de la vida.

A nosotros nos agrada en general que un trovador se detenga a nuestra puerta y nos cante. ¿Qué otra cosa es un poeta? Un peregrino errante que va entonando cantares al pie de nuestros balcones floridos. Es la lírica cigarra. El amor y el sol le hacen cantar sobre las hojas estremecidas por la brisa.

Los poetas no debieron haber sido desterrados de la “República” por Pla­tón. Aman el bien, hacen el elogio del amor, de la virtud, de la pureza. Están siempre inspirados en buenos sentimientos, y parecen arrojar una gota de ambrosía, por entre las amarguras del vivir.

En un tiempo erraron por el mundo conducidos por una musa verde, que los llevó al través de los camino del delirio. Su laúd se convirtió en un violín negro y satánico. Helaron la vida con su perpetua amargura. Pero de nuevo volvieron al buen rumbo.

Un poeta sentimental se detiene esta vez en medio del sol del camino, temp1a su instrumento y canta. Oigámosle. Lla­gan hasta nosotros sus endechas. Suspendamos el profundo meditar en que nos sumergen las querellas        de la existencia y abramos sobre la vida de los sueños una ventana por la cual, junto con la dorada claridad del sol, entre la música de un buen himno. De un himno que conforte y eleve, que tenga olor de rosas y de brisas marinas. En seguida cerremos el balcón y dejemos al trovador seguir su ruta, en tanto que nosotros volvemos a la mortal ba­talla.

“Melancolías” aparece cuando comienza la temporada de las playas y de los campos. Será leído en las orillas del mar, junto al rumor de seda de las olas, o bien en las campiñas, sobre las colinas, mientras los trigales mecen a lo lejos su onda de oro, y el viento pasa cargado de perfumes.

Hagamos un entreacto. Un poeta ha templado su lira. Oigámosle. Va a cantar al amor, al sol, a todas las cosas bellas que florecen sobre el jardín del mundo. Cuando el poeta se aleje, quedará en nuestras almas, por un instante, el eco de sus “pizzicatos” y la cadencia temblorosa de su suave “ritornello”.

Dos poemas de Alberto del Solar

En lujosísima edición, de los talleres de Moen, de Buenos Aires; y con ilustraciones de Collivadino, Pedro Subercaseaux y Méndez Fexo, se ha publicado dos poemas cortos, “El Océano” y “El Firmamento”, de nuestro compatriota don Alberto del Solar.

Reciba el autor nuestros calurosos parabienes: sus poemas son verdaderas joyas del arte poético. Y con ellos nos ha sorprendido, porque juzgarlo según su anterior producción literaria, las “Penumbras” del señor Solar le llevaban al cultivo de otros géneros. En algunos de ellos había descollado, no solo por su temperamento de artista sino también por la elegante corrección de su lenguaje.

Sus poemas sobresalen con relación a sus otros trabajos: si no se impusieran por su valor intrínseco, bastaría para juzgarles lo que dijo Menéndez Pelayo “son dos hermosas composiciones líricas que ponen en evidencia las altas dotas poéticas del autor”. Otros críticos les han comparado a las producciones de Byron y Quintana.

Y no hay exageración en esos juicios.

Solar se ha revelado en sus poemas un gran poeta, que de la abstracción del infinito ha sabido arrancar un sinnúmero de bellezas, revertidas de formas llenas vigor y de elegancia.

El concepto en conjunto, la manera de ver, la cristalización de la idea, su modo de expresión, el difícil encaje entre la majestad del tema y lo natural de la forma, el corte de las estrofas y la elección del vocablo; todo eso justifica el calificativo de joyas literarias que hemos dado á los poemas de Solar.

Esperamos que su fecunda pluma no se contente con los laureles que le acaba de segar; y que no abandone el campo de la poesía lírica en el cual ha tomado de lleno primer rango.

Bibliografía. Flores de cardo

¿Quién es Pedro Prado?… Esta es la pregunta que todos se hacen cuando por primera vez aparece un escritor, un artista. Y esta interrogación por lo general es hecha agresivamente, como queriendo indicar con ella, “¿quién es este que intenta bambolear nuestro tronco?…”

Leyendo “Flores de Cardo”, este libro intensamente vívido y sentido en el silencio de una vida íntima, ya puede responderse a la pregunta, por más que ella tenga todo el desdén del mando:

-Pedro Prado es un individuo que sin necesidad de pasar por las etapas disciplinarias de todo escritor, se coloca con su libro en un puesto avanzado de nuestra intelectualidad, pese a todos aquellos que creen que el artes es como la milicia, que hay que empezar por ser un simple y anónimo soldado. Pero el arte no impone esa esclavitud. Se es grande, un día cualquiera, por un libro, por un poema, por algunos versos, por un cuento, aun por un trozo de novela…se exige sólo alma y talento!…

El autor de “Flores de Cardo”, tiene justísimo derecho a reclamar una personalidad, tanto mas cuanto que este libro de versos íntimos y sinceros, es el más original y más personal de los publicados aquí.

Muchos han dicho que la poesía de “las flores de cardo” no es musical, no es cadenciosa. Y esto, no vale la pena discutirlo. Sí, precisamente, no es cadenciosa, no es musical a la manera de un cuarteto de Núñez de Arce ó una octava de Zorrilla. Pero para mí tiene la bellísima cadencia del concepto, de la idea harmonizada con admirable precisión y justeza con la frase que la exterioriza y la imagen que produce la sensación.

La música de esta poesía, es mesurada, tranquila, de matices finísimos, música de alma con harmonizaciones tan sensibles, que sólo pueden percibirla los oídos muy educados. Es una poesía que exige ejecutante, -como tan justamente dice el autor,- y ejecutante ya insinuado. Una fuga de Beethoven, traducida al piano por cualquier principiante, resulta una vulgaridad…

La composición de “La Casa”, leída por una persona cualquiera, hay el temor que no sea comprendida, siendo como una magnífica alegoría a los prejuicios y los convencionalismos.

Pedro Prado es un plástico y un artista para narrar. Encuentra siempre la frase que da la evocación precisa y la construye con sencilla delicadeza y sinceridad. En “Armas del Amor” describe:

 

“En el salón. La tarde clara

luce tras las ventanas.

De los castaños, las hojas,

vénse acarameladas.

Hay el silencio que sigue

á las romanzas del piano.

Yo no la miro, adivino,

vuelta hacia mí, se ha dejado

sobre el teclado una mano.

No pienso en nada y quedo

fijo el mirar y en silencio:

como ella me mira, quiero

piense será muy triste

un hondo pesar que miento…

 

Estas estrofas son de una sinceridad encantadora y absoluta. No se puede expresar en menos frases una actuación tan vívida como ese esa, por la que todos alguna vez en la vida hemos pasado.

“Zumo de Naranja”, lo encuentro el cuadro más completo que he visto en su género. Hay aquí observaciones finísimas expresadas con gran frescura, matices que pocas veces he visto en esta clase de composiciones:

 

Un momento de espera que la boca hace agua

 

Un momento de duda en el mirar a lo lejos…

 

Aquella mujer, en una cálida tarde, después de mondar la naranja, es asaltada por un pensamiento, por un recuerdo…y mira a lo lejos como para descubrir la imagen de su fugaz ensueño.

Todas estas composiciones han sido vividas hondamente. Pedro Prado, al observar, lo ha hecho con fuerza múltiples, y hay exteriorizado ese pedazo de vida, con la misma fuerza, dándole frescura para renovar gratamente la imagen.

Flota en todo el libro un vago pesimismo, asomando de tiempo en tiempo entre los versos, como nota de crepúsculo; pero es un pesimismo correcto, de etiqueta, que no hace daño, sino que más bien deja la impresión de un desdén aristocrático por la ruda realidad, pesimismo sonriente de un alma que adelantándose a su edad presiente otoños que acaso no vendrán, hojas secas que servirán más bien para dar dulces sentimientos al paisaje de la vida.

Las composiciones en que se dirige a la amada, tienen la dulce ingenuidad de un niño. Esa amada, es siempre una mujer buena, a quien sólo se le exige puro y eterno cariño, sin amenazarla nunca con abandonos, con dramas, con frases que hieran su pudor ó pinten de oro ardiente su cabellera y de brasas sus labios…Prado, le canta tranquilo, con el apasionamiento sincero de un poeta honrado y un hombre noble, tejiendo para ella frases cariñosas hechas de palabras sencillas y de imágenes delicadas, dándole flores frescas de jardín campestre, y no pintadas corolas de trapo.

No terminaré estas impresiones sin recordar la composición “El Desborde”, una de las ideas más amplias del libro y más magníficamente expresadas.

“Flores de Cardo”, -representadas en todo su áspero encanto en la tricromía de la página interior del libro, firmadas por Rebolledo Correa,- viene a demostrar desde luego que Pedro Prado es un espíritu que tiene derecho a ocupar uno de los primeros puestos entre nuestros escritores artistas, y agrego “artistas” –ya que muchos aquí tan poco lo son.

Flores de cardo

En nuestra mesa de trabajo, encontramos hoy un tono de poesías titulado: “Flores de cardo”, debido a la pluma del señor Pedro Prado.

Nos impresionó favorablemente el lujo de la edición. Rico papel de hilo, magnífica impresión tipográfica y una lámina a varias tintas, en que se ven unos cuantos cardos, debido al pincel triunfante de Rebolledo Correa.

Empezamos a hojear el libro y poco a poco nos metimos en un laberinto de ideas extrañas, de rimas estampadas en el papel a viva fuerza.

El señor Prado es un joven estudioso e inteligente, pero no es poeta, y si lo es no parece:

Escribe para entenderse él solo, en una forma exótica, con ribetes lugoneanos [sic].

Damos algunos de sus versos:

 

“Todo su fruto da;

pero no hay ninguno que a otro sea igual.

El fruto de las rosas,

no el rojo botoncillo granadino

sino la misma flor.

El del trigo: la dorada espiga,

nuestro pan.

Hombres hay que son como el trigo

como las rosas otros hombres hay”.

 

Confesamos que no entendemos ni una sola palabra de lo que el señor Prado ha querido decir. Será eso muy sublime, pero no es poético.

Allí no hay tal armonía, ni siquiera asonancia.

La composición “Armas del amor” tiene estrofas como estas:

 

“Hay el silencio que sigue

a los romances del piano.

Yo no la miro, adivino,

vuelta hacia mí, se ha dejado

sobre el teclado una mano”.

 

¡Pobrecita niña! Dejar una mano sobre el teclado es declararse zunca [sic] de una manera espontánea.

Ya vemos a esa señorita llena de sorpresa al ver que por distracción ha dejado olvidada una de sus manos sobre las teclas.

En la composición “Dolor alelamiento”, dice el señor Prado:

 

“Pienso,

y nadie sabe lo que pienso,

hablo, y no ven a mas de las palabras

el sitio do han salido de mi pecho.

Loco acaso, voces hay, que todo el Universo,

porque a partir de mí y en rededor tan solo veo

créome en el centro.”

 

¿Esto es poesía? Indudablemente que no. Es un conjunto de palabras alineadas en renglones muy cortos y muy largos.

Es indudable que el señor Prado se ha contagiado con la lectura de “los maestros” nuevos del arte, esos maestros que creen que la buena poesía es la extravagancia.

Rubén Darío publicó una vez una estrofa que decía:

 

“Descuidad de los cisnes

parpadeantes que

negrean en el agua

Azuloza.

Descuidad de las niñas

de ojeras y de bucles

que caminan,

que caminan y caminan.”

 

Como era Rubén Darío el autor de tales infamias literarias, no faltaron otros infames del arte que lo aplaudieran.

Y el contagie de ese apóstol de la evolución de la rima, de ese destructor de la poesía, ha cundido, más ligero que el esperanto, más ligero que el cólera.

El señor Prado, según se ve, aunque a modo de chispazos, en su libro, tiene algunas disposiciones para escribir versos en estilo correcto o en estilo cuerdo, como quiera decirse, pero la enfermedad del decadentismo lo empuja a seguir la ruta de los enamorados de las vírgenes carbunculosas, de ojos escarlata, de labios de azafrán y de caderas de ranas báquicas.

¡Es lástima!

¡I tan bien impreso que está su libro!

Más que “Flores de cardo” le cuadra el título de “Flores de Higuera”, las cuales todavía ningún mortal ha visto.

 

NADIR

 

Canciones de Arauco por Samuel A. Lillo

Corre en la literatura –se trate de poesía o de prosa- una división generalmente aceptada cuando se quiere clasificar en lo grueso las tendencias, méritos y características de un autor: el “subjetivismo” y el “objetivismo”.

Se dice de tal escritor que es objetivo o subjetivo, y hay una anuencia común para sentir satisfactoria esta información en que no se sintetiza nada, ni se establece concepto alguno preciso. Tales calificativos carecen de valor, y podría desde luego afirmarse que han perdido el que les otorgaran los parnasianos, sus creadores. Podría considerárseles como refugio de vacilantes opiniones; porque para un espíritu medianamente perspicaz, esta clasificación es tan deficiente, en cuanto a dar a conocer la figura literaria de un escritor, como si, discutiendo los méritos de un hombre de ciencia, se nos dijera, es físico o es químico, y nada más.

Los parnasianos hicieron esta división de arte para establecer tu teoría poética; la crítica barata tiene otras razones para prohijarla, y si se quisiera ahonda un poco en su busca, no sería difícil advertir que ella proviene de ciertas deducciones aflejadas que se aúnan a cada unos de estos términos, de cierto espíritu de excusa y justificación para los pecados de quien escribe, y acaso también de alguna miopía y ánimo timoratote los que juzgan.

Aunque para muchos es esta una verdad inconcusa, para otros la doctrina es simple, ingenuamente baladí. Ni vive nuestro “yo” ajeno al medio, ni tampoco es posible a un artista hacer una obra de belleza sin que la obra participe del carácter, del temperamento de quien la forja; y es bajo la certeza de este hecho que se habla de personalidad literaria, es bajo este concepto que en cada obra artística exige un rasgo único; el que le imprime la conciencia de quien la traza.

Se ve, pues, que en el fondo no hay tal objetivismo ni tal subjetivismo: la verdad es que el artífice puede tomar como objeto principal de su obra el “yo” o cualquier cosa ajeno a él, pero siempre en su visión artística existirá un indivisible consorcio entre su propia conciencia y el objeto sobre el cual se proyecta. Una obra literaria en que el “yo” desapareciera, vendría a ser para la literatura lo que la fotografía para el arte pictórico: una industria.

Precisa, para que haya obra de arte, la personalidad, y no cabe argumentar que los que imitan también, hacen otra de arte, porque hasta esos llevan una personalidad: la de otro.

He oído decir, por ejemplo, que los Poemas Bárbaros de Lecompte de L’isle, son acabados modelos de poesía objetiva. Quiero recordar a este propósito el poema “El Cóndor”, breve y sobrio lienzo, que nos presenta la majestuosa ave en su sueño sobre la alta cordillera.

 

Dice:

Par-delà l’escalier des roides Cordillères,

Par-delà les brouillards hantés des aigles noirs,

Plus haut que les sommets creusés en entonnoirs

Où bout le flux sanglant des laves familières,

L’envergure pendante et rouge par endroits,

Le vaste Oiseau, tout plein d’une morne indolence,

Regarde l’Amérique et l’espace en silence

 

Y más adelante:

 

Il s’enlève en fouettant l’âpre neige des Andes,

Dans un cri rauque il monte où n’atteint pas le vent,

Et, loin du globe noir, loin de l’astre vivant,

Il dort dans l’air glacé, les ailes toutes grandes.

 

Pregunto: es posible asegurar que no existe la conciencia del poeta en su visión espléndida? ¿Otros ojos que los clarovidentes [sic] del artista habrían visto tanta grandeza en ese sueño del cóndor? Más aún: pudo el poeta no haber visto nunca una tal realidad, pero sentía los rasgos que distinguen la grandiosa ave, se imaginaba la majestuosa cordillera: le bastó entonces proyectar su conciencia, y surgió la poesía, porque la poesía estaba en él.

Luego hay que reconocer que cuando el poeta pretende o no puede hacer otra cosa que devolver idéntica la impresión que recibe, su obra es sencillamente inútil, y en ningún caso habrá realizado un ideal artístico.

En crítica hecha también a este libro por el señor Eleodoro Astorquiza –espíritu fino y ecléctico, acaso demasiado francés en sus gustos artísticos y demasiado admirador de Doumic- deja que: “se debe mirar a las cosas tales cuales ellas son en sí”. A primera vista, advertimos que en tal decir el sabor de una paradoja francesa. No podremos jamás mirar las cosas tales como son en sí, para una visión artística en primer lugar, las cosas son reales desde el momento en que entran bajo el imperio de nuestra conciencia; y en segundo lugar, (dado caso de que fuera posible lo que asegura el señor Astorquiza), una tal visión sería común a todos los hombres, y no habría para qué expresarla. Si el artífice no ve en las cosas sino lo que todos vemos, si su obra no ha de traer a nuestro espíritu un nuevo sentir, es inútil e injustificado su trabajo.

“El Palanquero” es un ejemplo cercano de este hecho. Seguramente que ese hombre que provoca la piedad del poeta, haciéndolo exclamar:

 

…“cuando veo que nombre

que tú sueles muchas veces ignorar

sólo pasa por el ancho libro humano

como el rastro del gusano

que los vientos o los cascos de las bestias borrarán,

compadezco ¡Oh! Palanquero,

errabundo y enigmático viajero,

 

 

más que tocas tus miserias, tus harapos i tu suerte

compadezco tu alma inerte

que jamás ha despertado nadie en ti”.

 

 

El palanquero, así sentido, es una visión del poeta solamente: porque no todos habrán visto en él al “errabundo y enigmático viajero” y porque seguramente que ese hombre no tendrá muchas de las melancolías que el poeta le supone.

Hay una gran verdad en el decir de Nietszche cuando asegura que “el arte debe ante todo ‘embellecer’ la vida; debe ‘dignificar’ lo que toca; debe transparentar siempre lo que hay de ‘significativo’ en aquello que lo impresiona”. “El arte de las obras de arte es un accesorio”, concluye, y con ese siempre abierto miraje que sus sentencias dejan al intelecto, podemos imaginar que es inútil pretender realizar la obra de belleza aunando procedimientos artísticos o vertiendo en acabadas facturas vulgares visiones.

En un breve estudio publicado por el que escribe estas líneas sobre una hermosa novela nacional, decía, hablando del paisaje, que ha perdido para la joven literatura el valor que la escuela zoleana le otorga como medio, que ahora no se trata de “pintarlo”, sino de “hacerlo sentir” y que en cualquiera circunstancia que el novelista lo intercale en su obra, importa un estado anímico. Hago extensiva esta afirmación para la poesía en que se pretende evocar un trozo de la tierra, un instante de la vida sorprendido en las cosas. No debe un poeta olvidar que su obra la contemplarán los ojos de nuestra alma y no los del rostro, y que aquéllos no ven muchas veces lo que éstos últimos recogen.

 

***

 

Todas estas consideraciones me han ocurrido leyendo los artículos e impresiones publicados a propósito del libro cuyo título encabeza estas líneas.

“Canciones de Arauco” es el segundo volumen de un poeta, acaso el más conocido de los pocos con que contamos, el que tiene una mayor popularidad y a quien desde hace tiempo la crítica ha consagrado con felicitaciones unánimes. Samuel A. Lillo es en la exigua caravana artística de hoy el poeta que aparece con una más definida personalidad: su silueta literaria tiene rasgos acabados, mejor dicho, definitivos. En esta larga busca de la personalidad, puede decirse que Lillo se ha encontrado a sí mismo, ha recorrido su senda, y es por eso que su visión poética aparece ante nosotros libre de vacilaciones y de tanteos. En medio de la febril inquietud que sacude el espíritu de nuestros artistas, en medio de esa insólita exaltación que los sacude intensamente, dando lugar en su obra a bruscas transiciones, Lillo aparece como un sereno artífice que, sin desasosiego ni inquietudes, esculpe en el acabado molde de sus estrofas la serena visión que tiene de la vida. Y es seguramente la factura de esa visión (en apariencia ajena a su alma) la que la ha originado el calificativo de “poeta objetivo” en que algunos han pretendido encerrar a la síntesis de su labor literaria.

En desacuerdo con semejante opinión, he procurado estudiar su libro, en este ensayo de crítica, atendiendo solo a la finalidad de toda obra de arte: la belleza.

 

II

 

A diferencia de su primer libro, Poesías, en el cual las composiciones -en cuanto a la nota esencial- eran de un visible eclecticismo, Canciones de Arauco aparece como una marcada uniformidad en el medio y en el tono en que todos los poemas han sido tratados. Para la impresión total del libro, tal selección tiene ventajas, pero es necesario considerar que, si de esta manera el espíritu no sufre transiciones bruscas y desde el primero al último trabajo los asuntos se completan, se uniforman, se auñan para formar el alma única del libro, para la intensidad total resulta un debilitamiento cuando se descuida que los tonos poéticos sean ascendentes y nuevos, y el alma lectora no tenga que gustar emociones ya gustadas.

Si en el libro de Lillo es posible señalar este pequeño defecto, fácil es explicárselo también: el poeta no se propuso escribir un libro de canciones de Arauco, sino que seleccionó de sus obras las que se referían a la tierra nativa. Por eso es que, escritas seguramente en diversas épocas y sin otro propósito que el de exteriorizar un sentimiento, muchas de las composiciones tienen igual tono, provocan una misma emoción, debilitando con ello el sentimiento de la novedad, y por ende la intensidad emotiva de los poemas. La variedad de asuntos atenúa en mucho en el libro de Lillo este defecto, tarea no fácil aún para los que de antemano se proponen escribir un libro cuyos trabajos reflejen un solo medio. Así, por ejemplo, en “Las Vendimias” de Marquina –la mas hermosa obra poética simbólica que haya leído quien suscribe estas líneas- a pesar de haber sido escrita con el referido propósito, se resiente también de cierta fatiga intelectual, provocada por el tono sostenido de algunas de las composiciones.

 

***

 

No es Samuel A. Lillo partidario de la síntesis descriptiva, elemento poético de enorme importancia. Se advierte en él marcada tendencia a la enumeración, amor por el detalle, que si bien su espíritu elije bello, debilita con frecuencia la rápida formación de imágenes que el decir poético debe provocar.

Algunos de sus poemas descriptivos son demasiado extensos, y la abundancia de rasgos hace para el alma lectora confusa la visión, porque siguiéndolo en la pintura de los detalles se deslíe la impresión total de lo que describe. Quiero citar aquí su “Tarde de invierno”, cuyo primer acápite se resiente de abundancia en el detalle, a todos los cuales el autor otorga igual importancia. Es el segundo acápite –que en mi opinión no necesita los cuatro últimos versos- el que nos trae la impresión del campo, bajo la fría caricia del otoño:

 

Va a morir el día: sobre la campaña

 pasa como un soplo de tristeza extraña.

Tiembla todo el valle con el viento frío

 que trae la turbia corriente del río,

XXXX que la niebla nocturna que baja

ya sube los cerros como una mortaja,

suspende ni labriego la ruda tarea

y emprende la marcha con rumbo a su aldea

 

Cuando el espíritu ha podido sintetizar la impresión de un momentos, dos versos son suficientes para hacernos sentir lo que el poeta desea. Recuerdo estos de Villaespesa:

 

Y el cisne se acercó. Trémula Leda

la mano hunde en la nieve el plumaje:

y se adormece el alma del paisaje

en un rojo crepúsculo de seda.

 

Se advierte mejor esta tendencia al detalle en sus poemas narrativos “Mater”, “La epopeya de los cóndores”, “La Escuela de Antaño”, “El triunfo de la selva”. De entre ellos habré de notar “El arponero”, en donde Lillo concentra su visión y la hace sentir hondamente. La concisa pintura del arponero hundiéndose en el mar, tiene la misma sugestión de ensueño que el poeta puso en uno de los poemas de su primer libro: “La tumba del marino”:

 

…faltaba el arponero.

Su cuerpo como incógnito viajero

bajaba por la hondura

y su adusta figura

ya muda inofensiva,

cruzada en paz entre las mismas bandas

que él persiguiera con su arpón arriba.

 

Este amor de Lillo al detalle pone en sus poemas una acentuada característica: la visión poética demasiado dilatada. Apura el tema de sus trabajos hasta ofrecerlo todo, sin dejar al espíritu ninguna perspectiva de ensoñación propia. Así, por ejemplo, su melancólico poema “El triunfo de la selva”, es una historia completa que posee todos los recursos del cuento y al que faltan la concisión y la rapidez de la obra poética. En cambio, en el poema “El fin de un tirano”, los detalles han sido bien elegidos y el cuadro entero se siente lleno de sol, de alegría, de vida; y por sobre todo el tema principal se desgrana una armonía de colores que abrillanta la luz.

Para quienes conocen el amor del poeta por la nativa tierra, no aparece injustificada esta inclinación al detalle. Si en el molde de los poemas algunos no debieran tener cabida, todos la poseen por igual en el espíritu de Lillo, porque todos son pedazos del Arauco melancólico y heroico, inspirador de sus cantos; del Arauco primitivo que con sus brisas y rumores amasó la fantasía del poeta.

 

***

 

Quiero decir dos palabras sobre la factura poética de Lillo.

Es fácil advertir que toda ella se inspira en un casticismo que tiene la ventaja de hacer sobria y pura la arquitectura de sus estrofas, y acentuada la armonía que en toda obra de arte debe existir entre el pensamiento y la forma.

Lillo no hace en su libro innovaciones poéticas, ni su técnica posee esas novedades de forma que añaden tanta belleza al verso y son como audaces y armoniosos rasgos que interrumpen el compás de una música conocida, pero sus cláusulas tienen cierta feliz estructura que las hacen vibrantes, sonoras o dulces, y originan una acertada y bien perceptible armonía imitativa. Bastará reparar en sus poemas “El palanquero”, “Paladines”, etc.

En este cuidado especial para la elección del metro creo, como Lillo, que no es arbitrario para el poeta el molde en que debe verter su pensamiento: ciertos asuntos, algunos temas reclaman la señalada factura. El ritmo de la forma debe corresponder al ritmo de la idea; debe existir una justificación en el molde elegido por el artífice para exteriorizar sus sentimientos, y Lillo no ha olvidado este importante factor de belleza. Recuerdo, a este respecto, el hermoso decir de Carlyle: “Un pensamiento musical es un pensamiento articulado por una inteligencia que llegó a penetrar en lo más íntimo del corazón de las cosas y puesto al descubierto lo más recóndito de sus misterios, a saber: la melodía oculta en ellas, la interna armonía de coherencia que es su alma, por la que existe y tiene razón de ser aquí y en este mundo”.

 

***

 

Si en cada obra es posible señalar un trabajo en el cual por su estructura de fondo y forma, por visión intensa, parece haber vacado con más grande amor su alma el poeta, diría que en “Canciones de Arauco” corresponde a esta distinción al poema “El búho”.

En ninguno como en él, con más sobrios, únicos y sugestivos rasgos, el poeta ha proyectado esa intensa visión de ensueño con que su espíritu acoge y nos regala el ave fantástica que

 

semeja desde lo lejos,

sobre el árbol desnudo,

el fulgor de los últimos reflejos

de un sol de otoño, un ruido

sobre un gancho golpeado

por la lluvia y el viento,

o algún viejo nidal abandonado

al borde del camino polvoriento.

 

Ni los poetas salvajes que luchan sobre la vasta llanura, en “Paladines”; ni los cóndores altivos que se revuelven en sangrienta lid acosas por sus matadores, en “La Epopeya de los Cóndores”; ni el puma vencedor y bravío, en “La Casa del Puma”; ni la figura trágica de la vaca, en “Mater”, tienen la sugestión, el relieve, el poder con que aparece ante nosotros la silueta gris y adormecida del búho que “velada la encendida pupila por la luz deslumbradora del áureo sol”, “sueña con la sombra bienhechora que el XXX le da de la montaña”.

El grito estridente y extraño que lanza sobre la selva en donde se mece la orquesta de los líricos pájaros, tiene toda la aspereza de la protesta humana: doliente y agria va a turbar los idilios del bosque y a sugerir terrores en el “rústico sencillo que en el sombrío robledal camina”.

En el poema la figura del búho se agiganta: nuestra alma encarna en él el espíritu de esa media humanidad que espera –como él, la sombra- una nueva aurora para rimar.

 

El solo es el vidente

en medio de la noche en la montaña;

y mientras todos duermen sumergidos

en las sombras tranquilas

él camina alumbrado por la extraña

y dulce claridad de sus pupilas

 

Qué necesidad tiene le búho-poeta de que una luz ajena ilumine su ruta cuando le basta la que lleva en el fondo de sus misteriosas pupilas? Hay en este poemas sonambulescas reminiscencias, inexpresables vaguedades de ensueño; se dijera un hondo miraje que Lillo abre a los buscadores de símbolos, a los que en cada ser y en cada cosa ven un misterio.

Con cuánta sugestión ha sabido Lillo pintar su fantástico vuelo, cuyos aletazos “van trazando en la selva silenciosa gigantescas curvas”.

 

Y cuando el sol derrama

por sobre la montaña agradecida

los ardiente efluvios de su llama,

el ave, la cabeza recogida

en su blanco plumón, sobre una rama

tiritando nerviosa se estremezca

en su baño de luz, y en la risueña

y, bulliciosa selva, como antes,

con el silencio y con la sombra sueña.

 

Tengo para el poeta cuyos versos aprendí hace años, y a quien más tarde –realizando lo que fue un vago anhelo- llamé compañero, una ardiente y sincera felicitación; su obra, en que late intensamente la vida de una raza, las palpitaciones de un rincón de la nativa tierra, está impregnada de una sana belleza, libre de pesimismos; toda llena de amor, es ella un trozo de la Naturaleza sentido a través de su espíritu poético, un pedazo de Arauco glorioso con sus soles, sus bridas y sus frondas.

Pezoa Véliz

Nos ha sorprendido dolosamente la noticia de la muerte de este joven gran poeta. Fue Pezoa una personalidad entre nosotros, por sus versos que demostraban un temperamento generoso y vibrátil. No fue a la siga de Bécquer ni de Leopardo, ni de otro rimador de melancolías; su lira fue risueña, alegre, sana y de una espontaneidad solo apreciable en los grandes ingenios de la lira castellana. Cantó la belleza de las almas sencillas, la exuberante pompa de los paisajes de su tierra nativa y el valor heroico de su pueblo.

En los pocos años de su vida, hizo labor fecunda y valiosa. Y no solo en verso desparramó la riqueza de su talento. Hay artículos de costumbres, pequeños retazos de psicología de las multitudes, firmados por Pezoa, que acusan en él un espíritu que aunaba la exquisitez de la forma con el supremo ahondamiento analítico del fondo.

Era su musa, una musa nueva. La vida fue para él fuente inagotable de bellas inspiraciones. Tomó de las cosas el lado sugestivo, sin empapar su alma en el escepticismo que negrea, acaso por mera fórmula literaria, en las jóvenes espiritualidades contemporáneas. Sin embargo, no fue un alegre a lo Aristófanes. Su alegría tenía a veces el fondo amargo de la filosofía heiniana. ¡Pero con qué juvenil trasporte reía en sus versos, alegrando las pesadas horas de su angustioso peregrinaje al través del desierto que llamamos vida!

Acaso en el fondo fue un doloroso. Y tuvo la suprema piedad de ocultarnos sus angustias, para no aunar uno más a la interminable cadena de los dolores humanos.

Desaparecido el vaso de su carne, queda su espíritu, quedan sus versos. Y a ellos acudirán, de cuando en cuando, las almas selectas que gustan de la poesía, que es como el baño de un Jordán sagrado que las purifica y las eleva hacia Dios.

Un poeta. Carlos Pezoa Véliz

Es otro poeta que agoniza y muere en brazos de la helada caridad de un hospital.

¡Pobres poetas! Atraviesan la vida llevando sobre sus espaldas la dolorosa amargura de los supremos ideales de la vida, y cuando ya se ha perdido toda esperanza solo les queda el camino de los fúnebres cipreses, que se hacen para ellos más sombríos mientras más claro vieron las realidades de la tierra.

Los poetas son aquellos infelices que en las noches de soledad describen con el pensamiento, elípticas enormes, en lucha porfiada con los inabarcables infinitos. Son aquellos infelices que en cada sentimiento doloroso contribuyen con una nueva estrofa para el gran poema de la esperanza humana.

Son ellos, sin embargo, los únicos que sobreviven. Suponed a las distintas generaciones sepultándose las unas a las otras como grandes olas sucesivas, que se abrazaran a sí mismas; contemplad después el inmenso lago histórico, que todo los sepulta y nivela, y veréis que solo sobrenada en él la figura de aquellos que pelearon la vida empuñando en sus manos el pendón de un ideal.

Si la Inglaterra despareciera, Shakespeare continuaría presidiendo el pensamiento de los hombres con su Hamlet y las tempestades del corazón humano con su Otelo.

Hoy no es un César del pensamiento el que muere; pero es un poeta, y tiene derecho a pasar lista en la falange del ideal.

Es un desgraciado que se lleva calladamente a la tumba una labor de amores que desde ahora quedará prisionera en el palacio de sus versos.

Penos fin es luchar tristemente en la vida para morir después abandonado en un hospital, en manos de una de esas abnegadas mujeres de toca blanca, hermosas palomas, que son las únicas que pueden entibiar un poco la anónima y helada caridad fiscal.

 

Firmado como: Juan Sin Tierra

Canciones de Arauco

Una vez más el nombre de la hermosa tierra de Arauco llega a nuestros oídos, acompañada de músicas varoniles, traída desde el fondo de las selvas seculares por la sonora voz de un poeta. Primero Diego Dublé Urrutia con sus libros “Veinte Años” y “Del Mar a la Montaña”, después Baldomero Lillo con “Sub-terra” y “Sub-sole”, y por fin, hoy es Samuel Lillo con un libro de canciones, fuertes, sobrias, armoniosas, impregnadas del aroma de los robles y araucarias.

Hablo sólo de estos tres poetas, porque concuerda la índole de salud de sus libros con el hecho de haber nacido todos al pie de la cordillera de Nahuelbuta y aspirado las salinas emanaciones del Golfo de Aruco. Aunque sólo dos de ellos son hermanos del espíritu.

¡Bienvenidos, poetas!

Llegáis a tiempo para demostrar con vuestra sola presencia que, a pesar de las befas innobles de algunos chistosos de cotarro, existen almas serenas que saben llevar sin orgullo pero con hidalguía el honroso título de “intelectuales”.

Intelectuales, sí. Es decir, trabajadores del pensamiento, cultivadores de ideas, jardineros del espíritu. Es decir, no simples bestias, no esclavos de la materia y de la grosería, no cerdos que se revuelvan en las charcas de la trivialidad.

Ha llegado el momento de poner punto final a la chacota que han procurado hacer algunos bohemios, en torno de los intelectuales. Quizá por destilar un poco de veneno sobre determinadas personas, los chistosos a que me refiero han puesto en la picota el calificativo de intelectuales, sin fijarse que con él herían todo lo más noble que existe en nuestra tierra: políticos, profesores, profesionales, artistas, periodistas, estudiantes y estudiosos, todos, en fin, los que se preocupan de materias relacionadas con el intelecto.

Punto final: de otro modo iríamos a parar a los ya pasados tiempos del canibalismo.

Es hora de que callen los matones y cedan su puesto a los que, como don Samuel Lillo, vienen a hablarnos de los sentimientos puros que vegetan en nuestro espíritu, a los que traen brisas más serenas que refresquen el alma en medio del sofocante calor en que penosamente alentamos.

—-

Ninguno como el autor de “Canciones de Arauco” puede llamarse mejor que él un poeta nacional. Rudo y fuerte como nuestra tierra, sin los refinamientos que caracterizan a otras naciones en estado de decadencia, sus palabras tienen la espontánea agilidad e incomparable sencillez de toda palabra joven, aun no estragada por un largo vivir.

Canta la soberbia naturaleza chilena y en sus páginas se oye a menudo el misterioso rumoreo de las selvas vírgenes, el largo rugir de los pumas o el fornido asesar de encarnizados combatientes.

Son verdaderamente bellos los versos con que describe la despedida de la patria de un viejo cacique hacia otros campos en que no existan tiranuelos ni matones.

“Con sus fieles mocetones,

sus mujeres y bridones,

Nahuel, el viejo toqui,

en extraña caravana,

parte al fin una mañana

en busca de otro país.”

Se va el viejo toqui, extraño en su propia tierra, arrojado por los aventureros audaces que lucran en su heredad.

“Y al pensar que allá le espera

otra patria y otro hogar,

subiendo la Cordillera,

siente, como antes, vibrar

de nuevo la fuerza entera

de sus miembros de jaguar.”

“Y de lo alto de la sierra

lanza su grito de guerra,

semejante a un somatén;

al que responde en el llano,

como otro clarín lejano,

el ronco grito del tren.”

En “La Epopeya de los cóndores” cuenta el combate entre los cazadores y estas aves regias. Cuando ya se creía vencido a los cóndores,

“Del fondo del palenque,

avanzó de improviso

un recio cóndor de gigante altura

y de ancho collar blanco…”

“parecía un antiguo condatiero

que pelease por toda la mesnada.”

El ave mata a su contendor y mientras los espectadores horrorizados se agrupan en torno del vencido, los cóndores se aprovechan para huir.

“Alzaron el vuelo lentamente,

pasaron por encima de la liza;

y al mirar el montón de sus hermanos

con el cuello en tensión y contraída

las garras por la saña,

se fueron, desfilando en larga hilera

con rumbo el peñascal de su montaña.”

Son igualmente bellos los versos de “Mater”, en que el poeta describe una contienda sostenida entre un par de buitres y una vaca que defiende a su pequeñuelo. Se siente palpitar en este poema toda una alma delicada y amorosa. Sólo un padre es capaz de comprender lo que vale esta composición.

En “El triunfo de la Selva” se presenta el caso curioso de una indiecita que fue educada en un convento de monjas. Llegada a cierta edad, el padre viene a buscarla para entregarla en matrimonio a uno de sus camaradas.

“Hija de una cautiva y un indio de la tierra,

pequeña la trajeron las monjas de la sierra

cuando murió su madre, tan tímida y huraña,

como un tierno venado cogido en la montaña”.

He aquí cómo el poeta describe su partida del convento:

“Cuando supo la niña, confusa y sorprendida,

que iba a dejar su asilo que le alegró la vida,

para volver de nuevo al tumultuoso oleaje

que su infancia azotara, junto a un indio salvaje,

sublevóse su alma poética y serena

en un gran estallido de repugnancia y pena,

y abrazábase al cuello de las monjas, en tanto

que llenaba el convento su interminable llanto.

A pesar de sus ruego, sobre su delantera

el cacique sentóla, y por la carretera

a esas horas desierta, la triste caravana

se internó silenciosa en la selva araucana.”

Ya en la selva, la despojan de sus blancas vestiduras y la cubren con el tosco ropaje araucano, y la entregan al indio que ha de ser su esposo. En su nueva vida recuerda la infancia apacible con infinita melancolía…

“Pero pasó el tiempo y

El alma de la selva de lleno entróse en ella,

y rústica y huraña, la diamantina estrella

en las estivas tardes ya no contempla ahora,

ni a orilla del río va a soñar a la aurora

ni la espantan los campos con su ruda faena,

y sus ojos hoy tiene la mirada serena

de las bestias de carga que van por los caminos

resignadas y humildes con sus rudos destinos.”

Poema es éste que suma el espíritu en vagas reflexiones, que prescindiremos nosotros de explicar aquí, pero que recomendamos a nuestros lectores saboreen por sí mismos.

Así como éstas, hay muchas cosas agradables e intensas en este libro que ya puede contarse entre las obras que forman nuestra literatura nacional y que de nuevo recomendamos a nuestros lectores.

Libros como “Cantos de Arauco” merecen más que un aplauso pasajero, merecen el apoyo tácito y hondo de todo nuestro espíritu.

Un libro de la juventud: Carlos Pezoa Véliz

Delante de este poeta, conocido apenas y que es el más chileno de todos, es preciso detenerse, sin miedo a perder el tiempo. Si el libro del Ateneo no fuera bueno de suyo, la composición “Pancho y Tomás”, bastaría a darle mérito.

 

“Pancho, el hijo del labriego,

y su hermano el buen Tomás

llegarán a ancianos luego ;

ni Pancho fué peón de riego

ni su hermano, capataz”.

 

Así con esta disposición de nuestra vida que tanto nos place hacer a espaldas del […], comienza ese poema que no [tardo] en calificar de grande. Puede ser deshilvanado; puede tener malos versos; pero se encuentra en él una fuerza que se advertirá en pocas poesías americanas. La fuerza de nuestra raza, la más acentuada de la América.

El verso, las palabras y la intención misma, todo tiene un sello canallesco, y allí precisamente su fortaleza. No sé por qué recuerdo a Gorka leyendo a Pezoa Véliz. Es el mismo cinismo melancólico y rudo, a veces más agradable a nuestro corazón sediento de sinceridad, que estas delicadezas y virtudes rebuscadas.

 

“Pancho es alegre. Su frase

lleva el chiste y la intención;

su frase robusta nace

y en risotadas deshace

su endiablada perversión.

 

Porque el muchacho es bravío;

rubio como es el patrón;

como el detesta el bohío;

ama el poncho, el atavío,

y usa un corvo al cinturón.

 

Tomás cumplió los veitiuno,

pero no es mozo de ley;

es honrado cual ninguno,

ni es pendenciero, ni es tuno,

pero es fuerte como un buey.

 

Ama el rancho, la faena,

ama el rancho, la mujer…

A veces le asaltan penas

si las tierras no son buenas,

si el agua tarda en caer”.

 

Yo no sé, pero estas palabras vulgares combinadas yo no sé cómo, con una monotonía soñadora, me dan mejor el alma de mi tierra y de mi gente que los estudios más cumplidos. Esta historia desenvolviéndose vaga y redundante, en el paisaje familiar, es la vida misma, dulcemente triste, tristemente dulce.

 

“Pancho corre,. Tomás mira

crecer el viento, la col;

Pancho, abrupto, monta en ira

si el pobre Tomás suspira

en la caída del sol…

 

Y en la noche Pancho se echa

sobre al colchón de maíz.

El viejo habla de otra fecha….

Tomás lo sigue, repecha

otra edad y otro país.

 

Y pasa un día, otro día.

otra semana y un mes;

pasa un tiempo de alegría

otro de melancolía

y otra alegría después.

 

La tierra es siempre fecunda.

duro el amo, manso el buey;

su testa meditabunda

se hunde en la huella profunda

del pastor y de su grey”.

 

Sigue la historia y la vida. Contra mi costumbre yo seguiría transcribiendo el poema como la mejor crítica y todo el mayo elogio que puede hacérsele. Tomás se casa y tiene un niño; pero Pancho ronda en torno a su felicidad, como el zorro en torno al corral y…

 

“Nunca el agua que se estanca

junto al rancho del peñón

borboteará en la barranca

que vio pan y leche blanca

en la mesa del peón.

 

La labranza ni el sosiego

nunca, nunca volverán…

ni sus noches de labriego

ni su mesa junto al fuego

ni sus charlas junto al pan

 

Y pasa un año y otro año,

otro año más y otro más.

Tomás vive solo, huraño;

el viejo no habla de antaño

porque ha tiempo duerme en paz…”

 

Se habla del hogar, del campo, del amo, y de que Pancho se ha enrolado en el ejército, de que todo sigue igual y distinto; y una tal melancolía, un cansancio de vivir al lado del vigor de la vida, se desprende de esa vaguedad de que difícilmente creo me logre dar mejor por otros métodos el sufrimiento más complejo de la vida.

 

“Y Pancho el hijo del labriego

y su hermano el buen Tomás

llegaron a ancianos luego:

ni Pancho fue peón de riego

ni su hermano capataz.

 

Ya la tierra al viejo oculta

Duerme Teodora…¡Dormid!

¡Dormid que el tiempo os sepulta!

Gente pobre, vieja, inculta,

mejor es morir…¡Morid!”

 

Hay, en esta estrofa, sobre todo, una ira desolada, una fría piedad sin remisión, que puede decirse que sintetiza al poema y al poeta.

Después esta otra, síntesis de la naturaleza.

 

“La noche, la sombra, el frío

la torrentera, el peñón

donde envejece el bohío…

la queja eterna del río

la montaña en oración”

 

“Duerme el viejo ¡También ella!

Ella, su hijo, su niñez,

Tomás llora. Allá una estrella…

¿Cuándo halar la dicha aquella?

El viento sopla: “después”…

 

Delante de ese pobre hombre angustiado, de este poeta; delante de su talento rudo y amargo, malo casi, casi ruin, yo me inclino lleno de admiración y gratitud…