Tres poetas nativistas

Debemos analizar este adjetivo, cuya acepción falta en el Diccionario de la Lengua, pues nativo es el ser originario de un sitio determinado, y en cuanto a nativista solo se refiere a una teoría psicológica vinculada a la percepción visual, física, sin participación significativa respecto al entendimiento. Queremos catalogar a tres poetas chilenos que corresponden a etapas literarias, alejadas entre sí, pero que pueden definirse como cultivadores de un sentimiento patrio, ligado hondamente a las características del paisaje nativo. Esta cualidad pertenece a varias escuelas, pero nos vemos obligados a decir nativistas, porque estos poetas a que aludiremos crearon una nueva idea de nativismo que justifica la creación del vocablo haciendo más elástica y precisa la acepción académica.

En el siglo pasado, nuestras letras fueron muy desprovistas de color. El paisaje fue un telón de fondo, a modo de un decorado escenográfico, de suerte que los relieves de nuestra rica naturaleza no salían a primer término para fundirse con el hombre, olvidándose así que toda vida human responde al ambiente en que se desarrolla.

Tímidamente iniciaron algunos pintores sus primeras loas a nuestra naturaleza creyendo que ella pertenecía como signo semejante y común a todos los países, pero día llegó en que hubo quienes comprendieron lúcidamente que la palabra nación está relacionada directamente, de forma consustancial, con el molde que marcó las virtudes y defectos ciudadanos. Este movimiento de estudio y, por consecuencia, de comprensión, se anticipó en varias décadas a lo que ha sido calificado de criollismo, concepto muy difundido, que tuvo mantenedores en novelistas como Rafael Maluenda, Labarca Hubertson, Mariano Latrorre, Marta Brunet, Luis Durand y otros. Pero criollismo tampoco confiere calidad determinada, pues más apropiado es hablar de nativismo, ya que lo criollo significa trasplante de lo europeo al suelo americano. En esta acomodación quedan, como es lógico, las raíces europeas, y lo nativo es por el contrario genuinamente autóctono, es decir lo que surgió de la tierra para resaltar los valores de la tierra misma.

En el arte nacional, los pintores se anticiparon a esta afirmación nacionalista, pues teniendo frente al caballete la visión de nuestros paisajes no pudieron traer reminiscencias ajenas, limitándose a lo que percibían sus ojos. De ellos surgieron pintores como Pedro Lira, Gordon, Valenzuela Llanos, Rebolledo Correa y otros, muy bien dotados para interpretar una naturaleza que tiene cambiantes, según las regiones, pero que mantienen cierta unidad inconfundible que le imprimen la colaboración mineral de cerros, el tono algo sequizo de la vegetación y especialmente la luz que no tiene la crudeza de soles más ardientes.

Al finalizar la centuria pasada, un poeta que sobrepasó hasta hace poco los noventa años, y cuya desaparición lamentamos amigos y admiradores, descubrió el valor de lo nativo inventariando, si así pude decirse, todo lo que ofrecía una impresión de belleza que cobraría eco en la sensibilidad de los chilenos. Los pájaros tuvieron su nombre popular en su poesía, las cordilleras empezaron a ser nombradas de acuerdo con la nominación orográfica, y en suma nuestra naturaleza comenzó a tener sus signos diferenciales.

Diego Dublé Urrutia fue este precursor. Releyendo su magnífica compilación poética que abarca mucho más de medio siglo en su obra “Fontana Cándida”, nos encontramos con esta iniciación nativista que habría de sentar escuela, teniendo por tanto entusiastas seguidores. En su primer libro de versos, “Veinte años”, publicado en 1895, Dublé revela lo que ha de ser su comprensión y alabanza de buen nativo. Silva Vildósola, su coetáneo, por haber nacido ambos en tierras de la Araucanía, saludó a Dublé con un estudio muy sagaz, pues el joven poeta a la sazón unía al verismo del paisajista el espíritu de quien sabe interpretar los dolores humanos, siendo uno de los primeros escritores que se preocuparon por la condición vital de los menesterosos. Silva Vildósola dice: “Nadie ha descrito jamás los campos chilenos con más delicada penetración de su íntima poesía, de su pobre belleza triste, desnuda de toda majestad, de su humilde encanto y del amor fuerte y heroico que el sueño, fecundado con tanta sangre, retiene a sus hijos adheridos a la tierra, a las montañas y a sus cosas”.

Más tarde Dublé en su magnífico libro “Del mar a la montaña” reiterará el haber encontrado un camino del cual no se apartará por ser este una nota capital de su temperamento.

Su descripción de la “Procesión en el mar”, tradicional en la bahía de Talcahuano y sus poemas “La voz de la patria” y “Las minas”, revela su amor a la tierra y por añadidura al pueblo que está cerca de ella y la sufre. El sentido de lo social, palpitante de emoción en este canto lo confirma. Baldomero Lillo, de ser poeta, hubiese sucrito con orgullo esta poesía. Dublé fue un poeta de la raza. Su piedad por lo humano está ausente de su corazón. Fue liberal, más aun librepensador, y más tarde, en conversión ejemplar, cristianísimo. Su voz de amor hacia el pueblo siempre fue la misma.

El segundo poeta ha sido Carlos Pezoa Véliz. Le conocimos en Valparaíso antes del terremoto de 1906, en nuestra casa paterna, a la que acudían con frecuencia Augusto Thomson (D’Halmar), Horacio Olivos y Carrasco, Leonardo Eliz y otros poetas porteños. No olvidamos su rostro pálido, sus cabellos castaños, desmadejados, y aquellos ojos azules, inteligentes, penetrantes, que mezclaban el dolor con la dulzura. Pezoa Véliz fue nuestro Verlaine, claro está que en un solo aspecto de su poesía. Una cuerda sensible, como la del pauvre Lelían se estremece en su lira. Es una página inolvidable su “Tarde en el hospital”. Pero donde su fisonomía de nativista aparece con todos sus apreciables perfiles es en “Nada”, “Alma Chilena”, y “Pancho y Tomás”. También cultivó la ironía a la manera del catalán Bartrina y del colombiano Carlos Luis López, pero no ha de ser en este género poético ni en sus prosas donde alentará lo mejor del nativista. “Nada” es el acento gris del anonimato absoluto; “Alma Chilena”, una recia aguafuerte en la que el habla del pueblo campea con sus giros peculiares; y “Pancho y Tomás” es como una acuarela agreste, olorosa a toronjil y a madreselva.

Pezoa Véliz, muerto en 1908, dejó la huella triste de su vida bohemia inmersa en melancolía. Su voz de hombre nativo no es amarga y rencorosa. Diríase que en sus propios intentos de zarpazo, ya en sus versos como en su prosa, hay algo de ingenuidad, tan clara como lo fueron sus pupilas.

Ha habido sin duda otros poetas que pueden recordarse, entre ellos Antonio Orrego Barros, autor del drama campesino “La Maiga” y Carlos Acuña que en “Capachito” confirma sus sentimientos de pura chilenidad.

Pero ahora tenemos otro poeta a quien también denominaremos nativista, pese a todos sus antipoemas y a sus encomiables arrestos de modernismo: Nicanor Parra, Premio Nacional de Literatura del presente año. Parra no desdeña la guitarra, de modo que su poesía de sabor populista tiene la donosura y el arranque vital de los grandes payadores. ¿Qué otra cosa que payada fina es “La cueca larga”? Poesía de punta y taco que reclama en su fondo una ramada y un bien colmado vaso de tinto. “El chuico y la damajuana”, esa boda digna de una fábula de Baltasar del Alcázar, y “Las coplas del vino”, tienen el ritmo que ha dado fama imborrable a José Fernández, creador del “Martín Fierro”. Parra respira nativismo, es medularmente nativo y tiene a Chile en todos sus latidos: Físicos y morales. No requiere el poeta declamar espíritu adverso ante nada, como quiere hacerlo en sus antipoemas. De su fecundidad no debe surgir lo negativo. El hombre cuando es poeta comprende la vida en su raíz y en su esencia, y su espada debe ser incruenta como la de los arcángeles. Nicanor Parra, nativista, sabe muy bien que todos estamos empeñados en una común tarea de canteros: pulir los sillares de nuestra cultura en nombre de una chilenidad absoluta.

Un desterrado y su tristeza. Pedro Lastra, “Y éramos inmortales”

Un breve cuaderno publicado en Lima por Ediciones de la Rama Florida, es la tercera entrega de su poesía que nos hace el Prof. Pedro Lastra. Antes publicó “LA SANGRE EN ALTO” (1954) y “TRASLADO A LA MAÑANA” (1959). El Prof. Lastra ha conquistado reputación internacional como autoridad en estudios de Literatura Latinoamericana. Su actividad poética aparece entonces como un quehacer tangencial, pero ello ocurre más por la índole de esta poesía que por la importancia que para el autor tiene (que es mucha). Hay aquí una primera contradicción, que en Pedro Lastra tiende a resolverse negativamente; siendo para él la poesía algo muy importante, sin embargo, no se juega por ella y se circunscribe a límites reducidos.

Lastra es un poeta deliberadamente menor. Sus poemas no se proponen en ningún momento evadirse de ciertos lindes, ir más allá de un cierto espacio, de una atmósfera en que solo habitan el amor y una melancolía irremediable. Dentro de tales dominios, la poesía de Pedro Lastra logra un registro de tanta jerarquía y calidad que (teniendo en cuenta sus autorestricciones y la solución negativa de ciertas contradicciones), tengo la exacta impresión de encontrarme ante un autor que simplemente se cierra a sí mismo el paso, que se niega a ser un gran poeta. No se trata de que sus versos no nos hablen de grandes asuntos: el amor y la intimidad desgarrada de un hombre son asuntos grandísimos. Pero en el modo de abordarlos Lastra se establece un cerco que lo retrae de horizontes en expansión.

En el orden expresivo el lenguaje de Lastra acusa un desarrollo magnífico respecto de su libro “TRASLADO A LA MAÑANA” (no conozco el libro de 1954). Una enorme capacidad de concentración y síntesis, un singular talento para condensar en poquísimos versos la médula exacta de la intuición, me parecen el síntoma más claro de la madurez del verbo en Pedro Lastra. Todo un complejo de vivencias logra su traducción justa en tres líneas: “El desterrado busca, / y en sueños reconoce su espacio más hermoso, / la casa de más aire”. (“El Desterrado Busca”). O en la maravilla de una línea solitaria: “Dolor de no ver juntos lo que ves en tus sueños” (“Copla”).

Pero en estricto rigor el ámbito de la poesía de Lastra no se ha expandido, no se ha desarrollado correspondientemente desde 1959 hasta acá. ¿No es sintomático que un poema del libro anterior –un bueno poema: “Estudio”- encaje perfectamente en la tónica central de esta nueva recopilación?

Examinemos esta tónica central. El personaje de estos poemas es un hombre cuyas apetencias vitales –el amor, la amistad, la alegría, la plenitud de la comunicación- solo se dan en un contexto de melancolía sin tregua, de tristeza sin remedio. Más aun: es una atmósfera de derrota inapelable. También esta contradicción interior del personaje poético –una vocación de plenitud enfrentada a las duras contingencias del vivir-, se resuelve de un modo negativo. El personaje no se sitúa de verdad en actitud de conflicto frente a las oleadas de desencanto que el mundo lanza contra él a lo largo del tiempo. Solo les opone una réplica de melancolía o de resignación defensiva:

“Ya hablaremos de nuestra juventud,

ya hablaremos después, muertos o vivos,

con tanto tiempo encima,

Hablaremos sentados en los parques

como veinte años antes, como treinta años antes,

indignados del mundo,

sin recordar palabra, quiénes fuimos,

dónde creció el amor,

en qué vagas ciudades habitamos”,

o conversando consigo mismo, sus palabras no son de rebeldía ni de protesta, solo consuelo:

“No te preocupes, ya tendrá la noche

No te dejes ganar por la impaciencia.

Deja pasar el tiempo,

todo sirve

para el tranquilo oficio de vivir”.

(“Instrucciones para la Vigilia”).

Tal ausencia de una real dinámica conflictiva en el interior de la poesía de Lastra, me parece el más grave peligro para su desarrollo.

Este mismo aspecto, desde otro ángulo, aparece como una constante negación del existir concreto y presente en beneficio de escapes de refugio hacia el pasado o el porvenir:

“Ya hablaremos de nuestra juventud

casi olvidándola,

confundiendo las noches y sus nombres”.

La desolación y la inseguridad frente al AHORA son tan grandes en el personaje poético, es tan grande su dificultad para aceptar y enfrentar el presente de existir concreto que hasta lo más definitivo y evidente para su conciencia –su propio ser y el de la mujer amada- surgen cuestionables:

“¿Y si hubiera nacido en otra parte,

en el Perú, en Praga, por ejemplo,

ya que amo esos lugares,

no serías el nombre, la figura que eres,

creada paso a paso

en estas calles tristes de Santiago,

no existirías tú, ni existiría

la presencia que soy, la que me has dado?”

(“El Azar”).

La demostración definitiva de esta negación del AHORA y del existir concreto en el personaje de estos poemas de Lastra, aparece cuando declara sus preparativos PARA EL CORAJE DE VIVIR:

“Vuelvo sobre lo mismo, pienso con gran cuidado

en lo que no nos pasa todavía,

preparo tus recuerdos y los míos

(¿son una sola cosa?)

antes que la memoria nos juegue con cartas marcadas”.

Enfrentar el presente preparando recuerdos no es precisamente un modo de asumir el AHORA concreto y este es el drama básico de que nos hablan los poemas de Lastra.

Ellos son verdaderamente hermosos, sin embargo. Vienen en este breve cuaderno algunos de los más logrados versos de amor que he leído en la reciente poesía chilena. Excepcional me parece –y concuerdo en ello con otros comentaristas que han disfruta esta obra- el poema “Serial”, una joya de exactitud y de síntesis expresiva, y que comienza con el verso que da título a la recopilación:

“Y éramos inmortales,

nuestras flechas daban justo en el blanco:

el Gran Jefe piel roja caía sin remedio.

Las hermosas muchachas eran siempre las mismas

y nos miraban con orgullo”.

En otro poema muy bueno, “La Tierra de Todos”, el impacto de la Revolución Cubana y el recuerdo de los viejos compañeros de adolescencia perdidos en la vida se conectan en un texto cuya fuerza y contención verbal se alimentan mutuamente. Solo aquí la tristeza del poeta deja una brecha para permitirle entrever una posibilidad de alegría: “y entonces las conversaciones y las cartas / me descubren una como alegría verdadera”.

Tal vez el personaje poético de Pedro Lastra necesite en algún momento cambiar uno de sus versos y decir:

“Borges, qué poco razonable

me parece lo que usted escribe

para acostumbrarnos

al desencanto del mundo”.

Entonces es posible que el poeta no necesite escribirse un “In Memoriam” prematuro, y que tampoco necesite refugiarse ni en la “inútil belleza” de la infancia ni en la preparación de recuerdos.

Pedro Lastra nos ha entregado un manojo de poemas finísimos. Nos debe sus poemas mayores, los que corresponden a una expansión inevitable de su talento poético.

Luis Vulliamy: “Déjenme en el Paraíso”

Siempre es grato encontrar un poeta en cierne tras un nombre que no nos decía nada.

El de Luis Vulliamy tiene a su haber, desde 1954, varios libros de poesía y narración. No los conozco; hubiera dicho por este último que se trataba de un poeta muy joven en su vigoroso impulso inicial. Al parecer, sin embargo, lo acredita ya una historia casi larga de cuento y poesía mapuche y también de creación personal. Leyéndolo como a un autor nuevo, descubro en él una frescura jovial que la noticia de su trayectoria pasada no tiene por qué alterar. La lectura inocente tiene la palabra (no se trata, por lo demás, de un escritor hecho; quince años de tentativas son todavía un comienzo).

El principal interés de esta poesía reside en asimilar venas líricas –de experiencia y de lenguaje- que no suelen darse juntas: un elemento nostálgico, lírico y “lárico” ligado a la tierra y a la infancia, que nos recuerda a Jorge Teillier, y a una dimensión irónica y ácida que se expresa en la palabra conversacional de la familia parriana. La síntesis no es un ensayo de laboratorio: ambas raíces brotan de una unidad personal que se siente vívida, en sus mejores poemas.

De entrada se nos sitúa en un clima de nostalgias paradisíacas, de añoranzas de la naturaleza y de la niñez, en pugna con una circunstancia de civilización y cultura. El poeta, sin embargo, no rehúye el mundo exterior por la ruta del intimismo: las connotaciones históricas y sociales están presentes en su experiencia, y de ellas mismas, enfrentadas y no rehuidas, arranca su decisión arcádica, su problemático “Beatus ille”:

“El hijo del hijo de un poeta no servirá para astronauta,

no correrá hacia Marte.

Descubrirá el corazón inexplorado de las margaritas,

las caras de las agujillas de los pinos,

el salmón arcoiris que relumbra en la hierba,

la primera muchacha que lo acompañe al estero

¡Recemos para que el polvo maldito de la luna

no llegue todavía a la tierra!”

Este arraigo en paraísos perdidos establece una alianza connatural con ciertos tonos de ironía que evitan todo dramatismo al respecto, o que prefieren envolver los dolores del exilio en aires festivos:

“Mi vista merece un capítulo extraordinario.

… De todas mis gracias es la que más amo,

la que resguarda con mayor fidelidad

mi predilección bucólica”.

Diríase que el poeta está dispuesto a resistir la tentación elegíaca, las lágrimas derramadas sobre la Arcadia imposible, y que la ironía le suministra el elemento justo para distanciar su emoción. Ironía que asume a ratos la forma de lo grotesco, de la fábula gótica, de la aprehensión de lo humano bajo las figuras fantásticas de la vida animal. Así el autor se presenta bajo la mascarada del Pingüino Literato; así hace hablar al burro de su pellejo:

“Me lo hizo mi padre,

porque no sabía dónde meterse.

Ocurrió en una pesebrera sombría, llena de moscos,

donde con sus dientes de burra

mi madre comía haciendo morisquetas”.

Pero su tono dominante es solo moderadamente cáustico: la tragedia de lo perdido y del tiempo destructor suele expresarse como en sordina, en la austeridad de un lenguaje narrativo escueto y aún sentencioso:

“Entonces mi hijo será capitán de barco,

y por encima de los senderillos se besarán nuestras lápidas.

Porque los cementerios del mundo son los que más crecen.

Nuestra fe necesita cierto espacio

y lo toma con largueza de la muerte”.

Se alternan en esta poesía las situaciones inmediatas, tratadas con un descaro narrativo y juguetón, y el tono casi filosófico de las definiciones esenciales sobre la vida y la muerte. A su vez la ironía hace contrapunto a los sentimientos nostálgicos, y la palabra coloquial y narrativa se consuma en asertos sentenciosos y parabólicos. A estos heterogéneos elementos debe agregarse aun cierto leve hermetismo verbal, en virtud del cual la palabra convoca un mundo poético coherente donde los significados se ahondan y trascienden la superficie de los enunciados directos.

Una salud silvestre y despreocupada se manifiesta en estos poemas, una capacidad espontánea de poetizar las situaciones diarias y leves donde queda prendido un instante vivo de la existencia. Obras de una estructura muy libre y desenvuelta, su unidad interna no viene dada por el objeto ni por el lenguaje que suelen operar en múltiples registros, sino por una coherencia interior al sujeto poético, que le permite hacer acotaciones marginales, o interrumpir con gracia el discurso y anotar de paso: “Por casualidad no me refiero nuevamente a la violeta, / a su importancia pregonada solo de tarde en tarde”.

Estas son las mejores cualidades de Vulliamy. Por cierto que ellas no son constantes, y a menudo se pierden o quedan a medio camino. A ratos sus recuerdos y nostalgias se hacen obvios; su ironía no siempre llega a ser sutil; el tono narrativo se torna aquí y allá plano. Y sobre todo, a veces no termina de darse a entender, y el poema queda suspendido en una indeterminación no resuelta poéticamente, como si la clave de su emoción permaneciera inexpresada en el autor; el lenguaje, entonces, adquiere oscuridad e imprecisión, y gira alrededor de una intuición que se adivina real pero no se revela.

Sin embargo, sus aciertos son muchos y, sobre todo, se trata de un libro de poemas que resiste varias lecturas; que incluso las alienta y favorece con la sucesiva entrega de sus registros múltiples, de su vigor expresivo. Juvenil y promisoria me parece esta obra de un joven poeta que, llevando algunos años en el oficio, escribe como si empezara a encontrar hoy su lenguaje y su definición.

Sombras en el estío

La poetisa chilena residente en Buenos Aires, Madge Hanna, acaba de editar en la capital rioplatense un libro de poemas con el sugestivo título de “Sombras en el estío”. La autora de “Cantares del silencio” entrega nuevamente las “esencias más puras de su espíritu”, las emociones de su alma generosa, con esa alegría tan peculiar de quien recibo todo lo que Dios le ofrece, en su vida bien lograda, venturosa y refulgente; pero no exenta de sombras ni de nubes, invariablemente disipadas por su cristiano optimismo:

“¡Ay si mi mente quedara envuelta en nubes,

no tendría en qué pensar;

dejaría en suspenso mis cantos

y perdería, las ansias de amar”.

En estos versos, como en los de “Cantares del silencio”, predomina la sencillez, embellecida por la palabra limpia, diáfana, trémula, a veces de pasión y dolor.

Nada hay de raro, de extravagante, ni de violento en estos poemas: la estrofa corre blanda, leve y armoniosa, como esos manantiales de aguas frescas y azuladas procedentes de las montañas vírgenes. En vano se buscan en estas páginas esos exabruptos, o versos rechinantes de lo que hoy se ha dado en llamar antipoesía; al contrario, Madge Hanna rehúye lo estrambótico; su verso es absolutamente libre, desembarazado y de airosa levedad.

Madge Hanna convierte su estro en un juguete:

“En sueños he jugado

como sueñan los niños,

con juguetes, solados, hadas y castillos.

He soñado volando en blanca alfombra de armiño,

y las nubes eran mi barco sin un solo marinero”.

Hasta en sus poemas graves, como “Crepuscular”, por ejemplo, se advierte ese retozo, espontáneo mensaje de su espíritu henchido de simplicidad y amor:

“Si tú me sorprendes muerte,

con mis cantos, con mis versos.

Yo dejo a los que van cantando,

me lleven en sus ecos.

No tengo prisa, no vengas,

aguarda un instante,

déjame saborear la savia de mi planta virgen

que, floreciendo, con el rocío y el sol,

hará un marco de enredadera

para mis etéreos deseos.

No podrás sorprenderme, porque te presiento;

en mis noches de silencio,

conoces mi corazón,

y mis íntimos secretos;

deja deleitar mis ojos,

cuando nazca la flor que adornará mi huerto.

Estás sola y quieres que te acompañe,

en tu helado y vaporoso vuelo.

No, no vengas aún, aléjate de mi aposento.

-No te des prisa, muerte,

pasa de largo, ¡hoy día soy feliz! No te espero”.

(Págs. 33-34)

La autora es sincera: sabe que la muerte vendrá porque el final de la vida llega y aquella no se deja vencer por los ruegos; sin embargo, la poetisa es feliz, la vida le sonríe, lo cual no significa rebeldía en su alma ante el querer divino; de ninguna manera, en “Plegaria”, no solo da las gracias al Señor por el don de su hijo único: “El árbol que me confiaste / celosa lo he cuidado, del sol y de las lluvias”; sino también se dirige a Dios para implorarle: “Quiero vivir, hasta alcanzar la caridad / infinita de su misericordia, amén”. (Pág. 25)

El numen de Madge Hanna es muy personal; sin embargo, si quisiéramos comparar su verso con el de algún poeta chileno, tendríamos que recurrir al neorromántico Julio Barrenechea, y vaya un ejemplo: la poetisa canta en “Vivencia”:

“Esos ojos que he besado, sin luz no quedarán

dichosa de haberlos rozado, y darles más claridad”

(Pág. 41)

Julio Barrenechea en “Definición de suavidad” dice:

“Hoy he besado rosas blancas,

y sé lo que es la suavidad.

Las rosas blancas que he besado

me revelaron la verdad”.

“Sombras en el estío”, como “Cantares del silencio”, revela que Madge Hanna ama la vida y la canta con la alegría de una niña juguetona, que hoy ríe y mañana llora.

Cuenta su Poesía: Nicanor Parra: Premio Nacional de Literatura

El poeta Nicanor Parra obtuvo ayer el Premio Nacional de Literatura, correspondiente a este año, en reconocimiento a su obra “que ha sabido interpretar los sentimientos y las experiencias del hombre contemporáneo y por haber logrado, al mismo tiempo, la universalidad y chilenidad de sus trabajos”.

La distinción máxima de nuestra literatura le fue concedida a Parra por unanimidad, por un jurado que presidió el Rector de la Universidad de Chile, Ruy Barbosa, y que integraron Guillermo Atías y José Miguel Ibáñez Langlois, en representación de la Sociedad de Escritores de Chile; Jorge Millas, por la Academia Chilena de la Lengua, y Ernesto Livacic, Subsecretario del Ministerio de Educación.

El secretario y ministro de fe de ese acto, Luis Arenas Gómez, manifestó al término de más de una hora de deliberaciones del jurado, que también, entre los fundamentos que operaron para discernir el Premio Nacional se había considerado la contribución de Nicanor Parra al lenguaje poético y a la valoración internacional del poema chileno.

Habiendo transcurrido el jurado exclusivamente sobre autores de poesía, se dejó constancia, además, de los méritos indiscutibles que tenían para hacerse merecedores a la distinción, Humberto Díaz Casanueva, Braulio Arenas, Eduardo Anguita y Gonzalo Rojas. Se incluyó en el acto el reconocimiento del jurado hacia la labor literaria de Andrés Sabella, quien ha sabido dar a conocer en sus escritos el esfuerzo y nobleza del hombre norteño.

 

POETA Y PROFESOR

Nicanor Parra, además de poeta es profesor de Alta Matemática y Física. Nació en Chillán en 1914. Proviene de una familia de poetas y artistas. En 1937 publicó su obra “Canciones sin Nombre”, con la cual obtuvo el Premio Municipal de Poesía de ese año.

En 1953 ganó el Premio “Juan Said”. Durante un concurso organizado por el Sindicato de Escritores de Chile, ganó el primer lugar con su obra conocida como “Poemas y Antipoemas”, que es la que le ha dado mayor renombre. También publicó posteriormente “La Cueca Larga” y “Versos de Salón”. Su última antología poética se publicó con el título de “Obra Gruesa”. Fue Subdirector de la Escuela de Ingeniería, realizando estudios especializados en Estados Unidos, primero, y después en la Universidad de Oxford. Ha realizado numerosos viajes por el extranjero.

 

VOCACIÓN SIN TROPIEZOS

Nicanor Parra vive en una casa afincada en los faldeos de las colinas que circundan el sector de La Reina. Una casa que es como una atalaya que lo defiende del ajetreo urbano, pero que no impide el sonido cordial de la palabra amiga. Recibe a todos con entusiasmo y un tradicional vaso de “bon vino”, de aquel que cantara hace más de cinco siglos el padre literario de nuestra lengua, Lope de Rueda.

Rotundamente afirma: “No he tenido problemas de vocación. Mis primeras poesías las escribí en el Liceo de Chillán cuando cursaba el Primer Año de Humanidades. Ya entonces concebí un poema ultra ambicioso que perdí más tarde, pero cuyo plan creo que realizaré algún día. Se trataba de una trilogía compuesta de Los Araucanos, Los Españoles y Los Chilenos. Ahora interpreto eso como una premonición de un proceso dialéctico puro con su tesis, antítesis y síntesis, es decir, los que estaban, los que vinieron, los que somos.

Solo empecé a escribir con cierta regularidad algo más tarde, durante mis estudios humanísticos –recuerda el laureado poeta-. Claro está que mis recursos eran mínimos. Mis maestros habían sido Alejandro Flores, especialmente su poema “Señor”, mi padre que fue un poeta frustrado y un trovador y mi tía Isaura Parra, que tocaba muy bien el arpa y se parecía enormemente a mi hermana Violeta, de quién ésta derivó su vocación”.

 

HACIA LA POESÍA METROPOLITANA

“Mi actitud frente a la poesía como destino se dio primeramente en una forma discontinua. La etapa inicial surgió en el Internado Barros Arana junto a Jorge Millas, Luis Oyarzún y Carlos Pedraza. Pasé de la poesía provinciana a la poesía metropolitana. Es la época en que conocí a Neruda, a la Mistral y a Huidobro. La Antología de la Poesía Chilena Nueva de Eduardo Anguita y Volodia Teitelboim, tuvo una importancia decisiva para mí. También desde esa época conozco a García Lorca y Rafael Alberti, a través de la Antología de José María Souvirón. A partir de ese momento me sentí un poeta, pero estaba equivocado. Años después, a los 29 de mi edad, me tocó viajar a los Estados Unidos para estudiar. Allí me interesé por la obra de Walt Whitman. Fui a estudiar Física Atómica, en una época muy anterior a la vulgarización del átomo, lo que fue para mí como una especie de intuición artística de lo científico”.

 

FIN DE MIS PREPARATORIAS POÉTICAS

“De vuelta a Chile –recuerda con una sonrisa socarrona, Nicanor Parra- consideré terminadas mis preparatorias como poeta. Pero de nuevo me había equivocado. Me faltaba la experiencia poética fundamental que me la dio la poesía inglesa. A los 35 años de edad, en 1950, mi contacto con poetas como William Blake (El Matrimonio del Cielo y el Infierno) y John Donne, el genial autor de los sermones, Keats, sin contar a los poetas contemporáneos, los imaginistas de la generación de T. S. Elliot y Ezra Pound, fue decisivo. Sin esta experiencia no hubiera sido posible mi desarrollo poético”.

 

LA POESÍA RUSA

“Todo esto lo he completado con el estudio de la poesía rusa. Traduje a 33 poetas que van desde Alejandro Block, Maiakovski y Pasternak hasta Margarita Aliguer, Evtuchenko, Votnisiesvski y Bela Ajmadulina”.

 

APRENDO DE LOS JÓVENES

“También estoy siempre alerta a los trabajos de los poetas jóvenes, de los cuales estoy aprendiendo permanentemente, como es el caso del nicaragüense Ernesto Cardenal, del chileno Enrique Lihn, de los peruanos Antonio Cisneros y Germán Belli, del argentino Juan Gelman, de Alberto Jitrik. De similar importancia para mí fue el contacto con los poetas cubanos jóvenes. En 1965 dirigí un Taller de Poesía en La Habana. Tuve entonces la oportunidad de alternar con poetas como Roberto Fernández Retamar, Herberto Padilla, Fayad Hammin, Lezama Lima, Nicolás Guillén y Rodríguez Rivera”.

Nicanor Parra

Antología de Pablo de Rokha

Bajo el título de “Mis grandes poemas” aparece hoy en Editorial Nascimento una cuidada y extensa antología de la obra poética de Pablo de Rokha, cuya selección hizo el propio autor semanas antes de morir. Obra del todo indispensable, por la multiplicidad y la escasez de los libros originales –más de treinta volúmenes de pésima circulación-, la lectura global de esta antología da idea de la influencia que De Rokha ejerce hasta hoy en las letras nacionales. Ese tono suyo de la vivencia desgarrada y del lenguaje fluvial se vuelve a encontrar siempre aquí y allá entre nuestros escritores. Y, cosa curiosa, más en los narradores que en los poetas, al amparo de la corriente de conciencia y del monólogo interior; transposición explicable si se piensa en el distendido régimen verbal rokhiano, en el dispendio nada poético de su desordenado versículo. En todo caso, sus herederos más visibles son narradores de probado sentido lírico, como Carlos Droguett y Alfonso Alcalde. La obra de Pablo de Rokha ha traído a nuestro ámbito narrativo una generosa e inusitada corriente de intensidad vital, de fuerza emocional, y también una oleada de incontinencia literaria, una forma impulsiva y visceral de escribir a borbotones, en la que algunos –los mejores entre sus discípulos- encuentran una eficaz liberación, y los más son sepultados por su propia diarrea mental.

Cada página de esta obra es una intrincada mezcla de hallazgos sorprendentes con materiales a medio hacer, de intuiciones fulgurantes con caídas abruptas en el verbalismo y en el mal gusto. Hay detrás de cada poema ese tremendismo, esa voluntad de lo volcánico y lo inconmensurable, que tan pronto se condensa en imágenes justas y fuertes, como se disipa en la palabrería impotente, incapaz de adecuarse al flujo biológico de su intención creadora.

“En grandes, terribles aguas, como entre plomos cósmicos y abejas,

acumulando en manzanas de fuego y hierro primitivo,

el terror auroral del límite, la sangre, la cuchilla, la muerte, la esmeralda incendiada de los lagartos y el puntapié de los humillados y los ofendidos del mundo;

contra serpientes y llamas, contra leones y sombras,

navegaba la criatura popular, ardiente y bramando la soledad dramática”.

En el fondo de este versículo entre whitmaniano y huguesco, en el fondo también de su retórica de signo barroco, habita un sentimiento vivo de la inmenso y de lo agónico; solo que no siempre expresado o formado verbalmente en el poema, sino a menudo simplemente connotado desde fuera, anunciado, dicho, como si excediera a cada paso sus recursos concretos de expresión. Entonces se cargan las tintas en el léxico tremendista, del cual entresaco en una página cualquiera: volcán, aúllan, montañas paridas, clamor gutural, catástrofe cósmica, rugiendo, espantoso océano, agonizando, cataclismo, asesinada, alarido, infierno, degüellos, masacres, infinitamente, entrañas, trueno, desgarradora. Se produce la inflación de las palabras tremendas. Se vencen en el lector los resortes de la sensibilidad dramática y del superlativo: no hay interés que resista ese aluvión de inmensidades verbales. Y surge, por contraste, el peor enemigo de la grandeza: el aburrimiento. Para no hablar de cierta adjetivación grandilocuente y retórica que el autor debió sentir cargada de sentidos ocultos –tal vez lo estuviera en su día, fugazmente-, pero que en nosotros opera de una forma harto más banal, como ocurre con los frecuentes “pájaros matemáticos”, “verdades continentales”, “quesos trascendentales”, etc.

Al mismo tiempo, parece que todos los temas o las experiencias concretas que vivifican cada poema se hicieran homogéneos y se confundieran en ese sentimiento único de lo inconmensurable, frenético, sollozante, cósmico, ligado siempre a la autoconciencia hipertrofiada del autor, que lo empareja todo en torno a su propia gigantesca imagen. Cuando el poeta se olvida de sí mismo en favor de lo otro, cuando sus sentimientos se hace plurales y concretos, y su lenguaje se despoja de una caótica arbitrariedad inventiva en beneficio de alusiones más directas y realistas, esta poesía alcanza momentos de gran belleza y vibración. Así cuando el tema le impone un personaje y una anécdota objetiva –Raimundo Contreras, Jesucristo, Moisés- o cuando desgrana sus recuerdos personales en un lenguaje concreto y reconocible, como ocurre con los hermosos fragmentos evocativos de “Satanás” y de “Tonada a la posada de don Lucho Contardo”.

En sus mejores momentos, Pablo de Rokha es casi un gran poeta. También, si lo preferimos, le cuadra el historiado epíteto de “gran mal poeta”; o de “mal gran poeta”, todavía. La grandeza era su domino natural, pero el lenguaje se le quedaba atrás. Sentimos que sería sublime si un mayor equilibrio psicológico le hubiera permitido desaparecer a favor de su obra, o sublimar mejor en la palabra sus tormentos oceánicos.

Hay en él algo informe de perpetuo adolescente. Derrocha en todo momento una generosa ternura por la condición humana, que es también el signo de los marcados por su influencia; pero carece dramáticamente de sentido del humor, de esa pizca irónica –nadie le pide comicidad- que le hubiera hecho distanciarse un poco de sí mismo. Con ella le falta también la sencillez de las formulaciones poéticas austeras y eficaces; las que consigue enunciar, se pierden en un contexto dañado por la obligación en que se sentía de elevarlo todo verbalmente a la enésima potencia. Y a pesar de su arrolladora sinceridad y de sus invectivas contra el arte por el arte, no está libre de un abundante formalismo, ligado a su manera de crear: ese desatar, por obra del sentimiento, los poderes libres del lenguaje, que corre fluvialmente, inventando a destajo las más alambicadas formas, distantes ya del sentimiento original que estaban destinadas a expresar.

He aquí el “arte poética” de su incontinencia:

“Mi ser consciente ruge cuando piensa, brama cuando habla, gime cuando crea, cargado de instinto, discontinuidad y síntesis,

el lenguaje me desgarra el ser, llenándome de sangre bramante, me pare en diez mitades, rompiendo y uniéndome, con su gran pasada de monstruos…”

De todos estos atributos, el único que no le reconozco en el don de síntesis, del que careció. Otra de sus formulaciones poéticas –“las anchas oscuras masas sociales atropellan mi vocabulario”- enfatiza la imagen que tuvo de su propia poesía como voz del proletario, como expresión revolucionaria, como “dando al pueblo voz y estilo”, según su idea del Arte Grande y Popular. Esta idea me parece verdadera en relación a sus intenciones, a sus asuntos, a los sentimientos y conflictos de su obra; no así en relación a su lenguaje, escasamente socializado y popular, y más bien forjado a partir de una idea romántica del genio personal, de una superlativa primera persona singular de la locución poética, y de un individualismo corrosivo hasta la megalomanía. Por las mismas razones, y a pesar del populismo de sus contenidos, tampoco fue un poeta popular, cuando quiso serlo en el lenguaje –“Los arrieros cordilleranos”- fracasó. No podríamos calificarlo de chilenísimo en lo formal de su palabra.

Y sin embargo, entre sus líneas imperfectas aun caóticas se percibe siempre el paso de una vida desgarrada e intensa, de un alma grande y profunda, y aun el lenguaje de un gran escritor que, haciéndose perdonar sin dificultad de falta de una disciplina poética más rigurosa, extiende más allá de su propio género un modo de escritura torrencial que vivifica hoy a una parte importante de nuestra narrativa. Es en este dominio de la palabra, más que en la esfera poética, donde reivindicamos la figura gigantesca de Pablo de Rokha: más grande como escritor que como poeta, más grande como hombre que como escritor.

Las heridas de Gabriela Mistral

Mucho se ha escrito sobre Gabriela Mistral, pero continúa siendo una personalidad con aristas desconocidas. Para algunos era una mujer dulce y apacible. Para otros un ser lleno de rencores que no olvidaba jamás los agravios. ¿Cómo fue Gabriela? En homenaje a los 80 años de su natalicio publicamos estas “aproximaciones” a su personalidad.

 

Se aleja silenciosamente de Chile en 1922, con un nombre literario que ya ha traspasado nuestra Cordillera, pero perseguida por visibles e invisibles personas que tratan de ensombrecer –o ignorar- su obra. Ese año fue llamada por el Gobierno de México para organizar las escuelas rurales. Publicó allí una Antología con lecturas para escolares, en la que seleccionó trozos literarios de escritores de todas partes del mundo. En 1924, es nombrada representante de la Universidad de México en Europa.

Continúan los nombramientos y las solicitudes de todos los países hispanoamericanos, en los que piden a Gabriela Mistral que los visite, dicte conferencias, dé cursos. La Habana y San Salvador la acogen con entusiasmo; la Universidad de San Salvador la recibe oficialmente y le obsequia una orquídea de oro y un broche simbólico. Es declarada “hija adoptiva” de Puerto Rico; nombrada Jefe de Letras y Consejera Técnica en el Instituto de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones en París y Miembro del Comité de Publicaciones Ibero-Americanas.

En esta misma mujer que, cuando niña, en la humilde Escuela de Monte Grande, fue calumniada, acusada de robo y apedreada por sus compañeras. La Directora estampó un juicio cruel sobre la pequeña Lucila Godoy, en el que la califica como “débil mental incapaz de estudiar” (1)(1) Revisar al respecto la entrevista a Mistral realizada por Santiago del Campo en “El Mercurio”, 8 noviembre 1953. (N. Ed.).

Cuando su nombre –ese nombre de ángel y viento que eligió como seudónimo- fue conocido a raíz de los Juegos Florales de 1914 en que se premiaron sus “Sonetos de la Muerte”, no faltó quien, sin base alguna, propagara aquello de que “el Premio se le dio para no declarar desierto el Concurso”.

 

¿PERSECUCIÓN, OLVIDO?

Desde ese día empieza la persecución a esta mujer que unos tratan de hundir inútilmente, mientras otros, los más poderosos, exaltan su voz, proclaman con admiración su talento. Son voces que nos llegan de otros países. Aquí –debemos reconocerlo- jamás falló la admiración del crítico “Alone” que la enalteció y asumió su defensa en muchas circunstancias.

Chile crea el Premio Nacional de Literatura en 1942. El nombre de Gabriela Mistral no se menciona. Debió ser el primero.

En 1945, recibe el Premio Nobel de Literatura: solo entonces el nombre de la olvidada, llena de primeras páginas de los diarios y revistas chilenas, los mismos que antes no la mencionaron, escriben sendos artículos sobre ella.

¿Habrá cicatrizado en Gabriela la herida –nunca dejó de hablar de ella- que le abrió la ingratitud? ¿Qué pensaría, después, ante el homenaje cruel y ridículo que significó para ella, y para muchos, que –seis años después del Premio Nobel- se le concediera, en 1951, el Premio Nacional de Literatura?

Tal vez –pensamos- no fue ajeno a esto el hecho de que, ese mismo año, la Alianza de Intelectuales le rindiera un homenaje con el deseo de promover la opinión pública para otorgarle, aunque fuera tardíamente, el Premio Nacional de Literatura. Pensaban que nunca sería tarde para enmendar un error. Nunca, como ese día, se ha visto el Salón de Honor de la Universidad de Chile tan desbordante de público. Roberto Parada y María Maluenda recitaron poesías de Gabriela; Luis Merino Reyes y Ángel Cruchaga Santa María, hablaron sobre la escritora; todas las instituciones culturales estuvieron representadas en este acto de fervorosa admiración.

Mientras tanto, Gabriela Mistral, que desde 1932 empezó su carrera consular, camina por diferentes países del mundo, que ella va eligiendo: Génova, Madrid, Lisboa, Niza, Rapallo, Petrópolis, etc. También lleva sus palabras al resto de América en 1937, en un largo viaje. Da conferencias y dicta cursos en las principales universidades y Centros de Cultura de Brasil, Argentina, Uruguay, Perú, etc. Su gira terminó en Estados unidos, donde sirvió la Cátedra de Literatura Hispanoamericana.

 

CHILE EN SU CORAZÓN

Todos saben que era despreocupada en su ropa. No le importaba la moda. Cuando regresó de México, vestía un traje sastre muy largo y la cabeza amarrada, sin ninguna gracia, con un velo azul fuerte. Caminaba así por las calles del centro de la ciudad. La gente se volvía para mirarla; otros la seguían. Después ese pañuelo fue reemplazado por una boina, y en otra época usó un sombrero de tipo cordobés, de alas amplias. “Pásame la pipiola”, decía y se lo colocaba de cualquier manera. Allí estaban sus amigas para ponerle el sombrero como debía. Solamente después de su viaje a Europa se cortó su clásico moño, dejándose el pelo suelto en una sencilla melena. El directorio de la Alianza de Intelectuales fue un día, acompañado por Rudesindo Ortega y Tomás Lago, a pedirle al Presidente Ibáñez algunas franquicias para el Congreso Continental de Cultura patrocinado por intelectuales americanos, entre ellos Gabriela Mistral.

“¿Creen ustedes que Gabriela Mistral vendrá a Chile?”, preguntó Ibáñez.

“Si usted la invita, vendrá dichosa, porque vive pensando en Chile”.

“Yo les aseguro que no vendrá”.

“¿Por qué dice eso Presidente?”

“Porque Gabriela me odia…Hubo un mal entendido, créanme. En mi primera Administración, uno de los Ministros me sugirió la conveniencia de suprimir puestos en el extranjero, pero sin nombrar a determinadas personas. Estuve de acuerdo. Hicieron la lista de eliminación y mucho tiempo después me di cuenta de que Gabriela Mistral estaba entre ellas. Cuando me enteré, ordené reparar esa injusticia. Pero había pasado algo de tiempo…Me gustaría que Gabriela supiera esto…”

Mientras tanto, aquella mujer que escucha las voces –inaudibles para otros- de la tierra, siente que sus viejas raíces, que han quedado en el Valle de Elqui, la remecen, llamándola. Vuelve por unos días, invitada ahora oficialmente por el gobierno de Ibáñez y contempla, extrañada, la apoteosis con que el pueblo la recibe. En algunos minutos se pierde su conciencia y piensa: “¿A qué personaje esperará toda esa gente?”. Pronto la golpea la verdad: es a Ella. Y desde muy lejos siento cómo vuelve el recuerdo de su partida solitaria. Han pasado muchos años. Su corazón debilitado, su cuerpo que como un viejo roble se dobla ante las tormentas del tiempo, ya no son capaces de enrostrar, como antes, la ingratitud de los suyos. Ella sabe de algunos nombres. Ahora, solo una sonrisa perdonadora se ve siempre en su rostro enflaquecido.

No ambicionó honores, pero estamos seguros de que ella, mientras en otras tierras recibió homenajes múltiples, soñó siempre que, algún día, Chile la tratara como a hija predilecta.

No ansió la gloria ni sintió la vanidad de su inmenso triunfo, pero se dolió siempre de que esa gloria, ese triunfo, ese nombre, se lo dieran y reconocieran otros países del mundo y no en el suyo.

Siempre volvían a ella las palabras humildes que acogió entre los pobres de su patria y los momentos de éxtasis de su infancia, cuando contemplaba los árboles, las piedras que surcaban su terruño, los hilos de agua que corrían por sus colinas, por ese Valle de Elqui, que la vio nacer. Sus “RECADOS”, publicados aquí y en otros países, hablan de ese amor desmesurado que fue creciendo cuando pudo caminar, libremente por el largo cuerpo de Chile, el que le transmitió e injertó a sus palabras, su vigor animal y vegetal, que ella vació, deslumbrada, en toda la obra de sus últimos años.

 

DIOS Y GABRIELA

Algunos afirman que era esencialmente católica. Sin embargo, nadie ha dicho que ella fuera mujer de prácticas religiosas.

Su Dios era aquel que buscaba afanosamente y lo encontró en su espíritu desmesurado, solitario, rebelde: el Dios que acudía a su conjuro humilde y también a su grito airado; el Dios compañero de sus impotentes esfuerzos para arreglar la vida de los hombres engreídos por el dinero; el Dios que en un instante de pasional urgencia era invocado así:

“…o húndelo en el argo sueño que sabes dar”.

Si retrocedemos a sus primeros versos de niña, comprobamos que no aparece en ellos un mundo religioso ni tampoco la fuerza pasional que caracterizó su obra. En la madurez de su vida, esa palabra, ese símbolo, ese gran Hacedor –Dios-, ese todo para tantos, es para ella la palabra Amor, que coge su corazón oprimido cuando la brújula ha fallado, y es, también, la fuerza vengativa que ella invoca para saciar y calmar, en cruciales momentos, su espíritu en llamas.

Sus “Sonetos de la Muerte” confirman su aferramiento temporal a un Dios fuerte, inmenso, comprensivo de su angustia, de su orgullo, de su despecho y de “su cara caída sobre el polvo”, que luego se alza iracundo y desafía, segura, su poder. No hay en ella búsqueda de Dios. Este es parte de ella misma, que surge imponente cuando la cuerda de la piedad o del odio se hace tan tensa que, al romperse, su sonido forma ese nombre indefinible: Dios”.

No supo ni pudo jamás volverse a los hombres para solicitar algo. No esperó nada. Soporta su soledad altiva con una inconsciente religiosidad que, alucinada y tosca empieza a surgir en su desamparo, en la impotencia de sus primeros años, para luchar con armas que aún no poseía.

No frecuentaba fiestas sociales y nunca se la vio luchando para estar “en primer plano”. Su intimidad, su sobriedad en el vivir e incluso, en su vestuario, la aproximan más a una “hermanita de los pobres” que a sus orgullosos compañeros de letras, exhibicionistas, generalmente, y alardeadotes de un talento, en algunos casos, dudoso.

Tampoco amaba el dinero. Solo lo suficiente para vivir “la hora de paz que vivo” (expresiva parte en la dedicatoria de “Desolación” al Presidente Aguirre Cerda y señora). Cuando recibió el Premio Nobel, compró una modesta casita en California. El resto lo repartió generosamente entre amigos que lo necesitaban. El dinero del Premio Nacional lo entregó íntegro para los niños pobres de Monte Grande, su tierra natal.

En su último viaje a Chile, Gabriela habló reiteradamente sobre la Reforma Agraria. Dijo: “Nunca se podría vivir el absurdo de un campesino sin predio, lechero sin pradera, vendimiador sin viñedo, ni productor de fresas sin huerto, como ocurre en Chile, donde la mansedumbre popular no reclama su partija de tierra para el cultivo: semejante mansedumbre ha hecho concebir esperanzas excesivas a los terratenientes. “Si ellos, los campesinos, no se mueven, ¿a qué moverlos?” –dice. Yo siempre he mirado como cosa América”.

En 1925, en un artículo titulado “Chile país inédito”, insiste con fuerza en lo mismo: “…una hectárea por cabeza de familia resolvería el problema económico del campesino de Elqui, si el horrible y deshonesto latifundio no estuviera devorándonos y hambreándonos allá, como a lo largo del país entero. El latifundismo chilenos forma parte del bloque de la crueldad conquistadora y colonial”.

En 1969 se han cumplido 80 años de su nacimiento. Ella no ha muerto. La tenemos viva, poderosa, altiva y humilde, renaciendo en cada florecer de la tierra chilena que tanto amó; viva, también, en el sentimiento de los hombres a los que transmitió, sin cesar, su mensaje de paz.

Búsqueda de Gabriela Mistral

¿Queda alguna veta desconocida, algún aspecto medianamente inédito en la vasta y enorme Gabriela Mistral? Nada con toda seguridad en su producción. Puede que algo en sus apuntes, en las conversaciones que se le grabaron, particularidad de su carácter con indiscreciones a veces tan sabrosas sobre política y políticos. Resentimientos sobre algunos escritores y leal amistad con otros. “Quiero mucho a Neruda. La gente aviesa trata de indisponernos. Lo conozco desde que era un muchacho tímido y delgaducho. Cuando yo era directora del Liceo de Temuco, Pablo venía a mi casa a buscar libros”.

Sí, algo se halla y porfiadamente se pierde en la eterna búsqueda de Gabriela Mistral. Su rostro en la intimidad, sin poses, veraz, humano. Mucho podríamos hurgar en esta temperamental y triste María Callas de la literatura. Para ellas, las taimadas de siempre, mujeres de genio y de mal genio, lo mismo era no salir a escena o no volver a Chile. La Callas notó cierta frialdad en el público e interrumpió una ópera en el segundo acto, con ruegos, súplicas, imprecaciones dramáticas para que continuara. Gabriela Mistral fue Premio Nobel en 1945 y no le llegó la invitación cálida y generosa que ella esperaba del Gobierno chileno. Hubo que esperar casi diez años a que viniera. En 1954.

 

LA DESCONFIADA

Desconfiada de los políticos. Y no creía tampoco en ciertos engreídos de la cultura. Sí hay que escribir por una urgencia vital que salga de adentro y no por el aplauso de grupos cerrados o de la crítica elogiadora de capillas en que se inciensan mutuamente.

Para ella, mujer de mucha verba y mucho meollo, hay una cultura hueca. Y es la que no tiende a la realidad de un país, la que no intenta mejorar la sociedad, la que no va a la búsqueda de una mejor estructura humana en todos sus ámbitos. En toda su amplia dimensión vital, económica y artística. Frases sueltas y aun escritos enjundiosos de Gabriela disparan en todos estos sentidos.

“Maestro enseña en tu clase el sueño de Bolívar, el vidente primero. Clávalo en el alma de tus discípulos con agudo garfio de convencimiento. Periodista ten la justicia para tu América total. No desprestigies a Nicaragua para exaltar a Cuba; ni a Cuba para exaltar a la Argentina. Piensa que llegará la hora en que seamos uno y entonces tu siembra de sarcasmos o de desprecio te morderá la carne propia. Ayúdanos tú a vencer o siquiera a detener la invasión que algunos creen inofensiva, y que es fatal, de la América rubia que quiere llevarnos todo y poblarnos los campos y las ciudades de sus maquinarias, de sus telas. Hasta de lo que tenemos y no sabemos explotar. Nosotros ensoberbecemos a ese Norte con nuestra inercia. Nosotros estamos alimentando con nuestra pereza su opulencia”.

 

LOS TÍTULOS HABLAN

¿Ha hecho alguien en la literatura chilena algún análisis de títulos? Que yo sepa no. alguien, aisladamente ha podido reparar en la posible significación de alguno, en las peculiaridades íntimas de carácter que pueden sacar a la luz. No existe un estudio detenido sobre cómo los escritores chilenos, la vasta y nutrida pléyade total, ponen ante el lector lo primero que éste conoce de ellos: el título. Es la primera impresión. Un aspecto muy importante y significativo. No se trata ya de decirle “dime con quién andas” sino algo más hondo y revelador: “dime cómo titulas y te diré quién eres”.

En Gabriela hallamos Desolación, Tala, Lagar. El primero es trágico y cortante. El segundo trae el arrancar de raíz, “talar” sin conmiseración. El último, una reminiscencia rural, bucólica, quizás un Valle de Elqui en vendimia. Y los tres, palabras escuetas, precisas, como quien, con pudor, apenas se atreve a lanzar una palabra única que revele su intimidad.

Queden para otra ocasión tantos autores que podríamos explorar y por qué no diríamos “desnudar” en este sentido. Neruda, tan poemático y filosófico: “Residencia en la Tierra”, “Tentativa del hombre infinito”, “Todo el amor”.

Hay una Gabriela aún desconocida en muchas cartas privadas que sé que por allí existen. Algún día con conocimiento de los destinatarios hurgaremos en ellas. Hace años conocía a Cristina Soro, cantante operitas que fue de gran calidad. La Scala la oyó y le dio su beneplácito, su toque de gracia. Un accidente fatal, cadera y pierna, cortó sus posibilidades. En su extrema vejez insistió en hacernos oír sus condiciones, piano y canto a la vez, venas hinchadas, garganta trémula. Y temíamos que en su enorme tensión y esfuerzo fuera el cisne que de súbito da el más bello canto final. Después, amable dueña de casa, nos agasajó el estómago. Y el paladar el espíritu con dos cartas inapreciables. Al querer mostrarlas la vimos buscar ansiosa por el diminuto departamento. No aparecía. De pronto en una caja de zapatos, debajo de un ropero una larga y encomiástica carta de Caruso. Y uno de esos recados de Gabriela Mistral, personalísimo, decidor, más valioso aún porque contenía un soneto dedicado a la cantante.

Hemos visto también correspondencia de la gran escritora con el compositor Pedro Humberto Allende. A ella la entusiasmaron, llegárosle a lo hondo las “Tonadas campesinas”, “La voz de las calles”. Poemas sinfónicos que iban a su misma veta chilenísima: “Maestro –escribía- no le exijo, le pido con fervor, con humildad música para mis canciones de cuna”.

Cuántas cartas habrá por allí en polvorientos cajones de escritores viejos, en buhardillas. Traspapeladas en libros, pegadas en álbumes. O en un marco esplendoroso para ser exhibidas y halagar una pequeña vanidad.

Una Gabriela Mistral en espera de que vengan en su búsqueda.

Más sobre Revolución y Literatura

Las avenencias y desavenencias entre literatura y revolución se han debatido largamente en el reciente Encuentro de Escritores, y es posible que el tema siga abierto a un debate sin fin, dada su índole histórica y conflictiva.

La cuestión parece moverse entre dos posiciones de muy distinta filiación estética y moral. Una de ellas –“arte por el arte” la llamarán sus enemigos-, partiendo de las leyes estructurales de la creación artística, nos asegura que el arte tiene sus propias revoluciones, ajenas en principio al devenir político; su manera interna de modificar la relación entre hombre y mundo y, en consecuencia, las relaciones sociales. Este proceso autónomo posee de singular el hecho de ocurrir dentro de la palabra, del color, del sonido, en la inmanencia del lenguaje y en la irreductibilidad de sus significados internos. Todo arte formalmente innovador, cualquiera que sea su contenido humano y social considerado en abstracto, produce esta clase de mutación histórica, aun si se trata de obras de fondo conservador. Y los efectos externos de esa revolución formal –sus consecuencias morales o políticas- son efectos renovadores de largo plazo, transferidos, difusos, no inmediatos ni utilizables, finalmente asimilados en la unidad de una mutación integral de la vida, en la extensa escala de un ciclo histórico completo.

Esta suerte de revolución –que es la vida misma del arte- mantiene por lo general relaciones precarias y conflictivas con la otra revolución, la del orden social y político. Pues los agentes y constructores de esta última tienden, por naturaleza, a instrumentalizar en favor del cambio externo lo que en el arte es menos susceptible de ese trato utilitario; de allí su natural desconfianza hacia unas variaciones internas de largo plazo, que además reivindican para sí una sospechosa y hermética autonomía. Si se agrega que la reacción social y política, por su parte, también sospecha de esta inconfortable alteración vital contenida en el interior de las obras de arte –aunque el recelo toma la forma de una protección nominal-, se obtendrá el cuadro de la soledad, heterodoxia y lejanía en que transcurre la revolución del lenguaje dentro de la historia del arte.

En un sentido afín a esta teoría, pero más próximos a una militancia social progresista, ciertos escritores plantean la necesidad de comenzar cualquier revolución social por la subversión interna de la palabra, es decir, modificando la relación entre las palabras y las cosas. El orden establecido, afirman, no se apoya solo en estructuras políticas, en ejércitos, en intereses creados: se apoya tanto más esencialmente en una relación gastada, mistificada, escindida entre el verbo nominador y la cosa nominada. Toda revolución, entonces, comienza por transformar el lenguaje mismo, medio y vehículo universal de la historia. Por eso el escritor vive en desajuste permanente en relación a todo orden establecido, de cualquier signo político que sea: es el hombre que, desde el interior del lenguaje, cuestiona sistemáticamente toda realidad dada, revelando sus inagotables conflictos y su perenne inadecuación con las posibilidades de la existencia humana, de la trascendencia.

El otro punto de vista parte de supuestos contrarios. Renuncia a instalarse en el interior de las obras de lenguaje, cuyas leyes internas considera siempre relativas, subordinadas, cuestionables, cuando no meros epifenómenos reflejos del orden social. Su punto de partida es ético y político. Le interesa menos la estructura propia de la obra artística, que su efecto psicológico de hecho o su repercusión inmediata en la sociedad humana. Anda detrás de un resultado, la transformación de las relaciones sociales y de las condiciones de producción: con vistas a ese valor que considera primario y absoluto, la literatura le parece una herramienta, un instrumento privilegiado, tanto por la fuerza de la sugestión artística en general, como por la eficacia particular del arte de las palabras, que tan directamente parecen convertirse en móviles, en imperativos de acción, en potencias motrices del devenir histórico.

De allí que esta posición, partiendo de la premisa ética de que todo arte, más allá de sí mismo, es para el bien social, no duda en instrumentalizar la obra estética. “La pluma es el fusil del escritor”, “el poema es la ametralladora del poeta”, “el modelo del escritor latinoamericano es el Che Guevara”, son consignas actuales vinculadas a esta tesis, mediante la premisa menor del valor ético de tal o cual revolución social. Sus formas más mitigadas se acercan a las formas mitigadas de la tesis anterior, en cuanto pueden cifrar la fuerza revolucionaria en la mismísima innovación del lenguaje, o con más frecuencia en una innovación integral de contenidos y formas, concebida, eso sí, siempre como la herramienta de un cambio exterior de las estructuras. La versión más radical de esta tesis –el “contenidismo”-, piensa la calidad formal como un mero instrumento, y postula la utilización de la literatura como vehículo de ideas y motivaciones sociales: su esplendor de belleza no le importa sino en la medida de la eficacia, como le importa que los fusiles guerrilleros disparen bien o que la prensa revolucionaria sea convincente.

Yo no pretendo despachar en breves líneas este dilema sobre la misión de la literatura en la transformación recíproca de hombre y mundo y, por tanto, de las relaciones sociales. Quiero, sí, mencionar las dos cuestiones capitales sobre las que reposa este problema axiológico: cuestiones familiares a los viejos moralistas cuando se planteaban las relaciones entre belleza, verdad y bondad, esos tres atributos del ser que allá arriba, en la majestad de lo Absoluto, son tres nombres de Dios, pero que aquí y ahora mantienen tan desgarradas tensiones dentro de su parentesco original.

La primera cuestión puede resolverse en este juicio, bien abstracto por cierto: la justicia es superior a la belleza; la obra de arte es para el hombre, y se integra en los finalismos éticos superiores de la existencia humana. La conciencia moral y política del escritor no queda en suspenso ni se abole a sí misma al ingresar en la esfera de la expresión formal. La autonomía de esta es siempre relativa y funcional, en cuanto que no representa jamás el destino final del ser humano, ni posee las dimensiones de lo Absoluto.

La segunda cuestión se resuelve en un juicio de apariencia inversa: el arte no es nunca un instrumento, un puro medio, un arma utilizable con vistas a un bien que le sea externo. Pues la obra posee una relativa calidad de fin en sí, de donde nace la autonomía de su legalidad intrínseca. De hecho, y a contrapelo de cualquier moralismo, en arte el bien solo es operativo como belleza, el compromiso social solo se hace efectivo en la forma de un lenguaje. La realidad creada en la obra, en cuanto puramente contemplada por una mirada que la hace existir estéticamente, no es homogénea con respecto a la “otra” realidad, la del puro y simple vivir, la del imperativo moral, la del manejo político, aunque tampoco se pueda hablar de mundos heterogéneos.

La conciliación de ambos órdenes de principios, aparte de ser tarea que excede estas notas, no parece que esté sin más resuelta en ningún sistema establecido de ideas. La axiología cristiana posee elementos de valor permanente en su resolución; tendencias ligadas al existencialismo y al pensamiento marxista, plantean hoy de lleno esta cuestión desde sus propios supuestos. Es cosa de que cada cual, desde los suyos, se sienta urgido a un esclarecimiento que, por lo demás, nunca dirá la última palabra sobre una materia histórica cuyos mismos términos se alteran problemáticamente de siglo en siglo, de revolución en revolución.

“Aún”, poemas de Pablo Neruda

Como de todas maneras, tarde o temprano, con o sin gusto, es preciso tener una idea del universo, acercarse a la metafísica, he aquí que Pablo Neruda, poco a poco y no sin hacerse rogar, ha llegado a formarse una especie de filosofía no distante de cierto panteísmo humanitario, por lo demás eminentemente poético.

A él le convienen las imágenes de las cosas y saborear con apetito las sensaciones. No hay más goloso de tanto: en eso, en tanto más, parece un niño. Todo quería tocarlo, poseerlo, confundirlo.

¿Cómo ubicarse en medio de ese caos? ¿De qué modo dirigir la corriente? ¿De dónde hacia dónde?

En esa emergencia, flotante, el panteísmo acude con el cortejo de sus dioses y su divinidad vaga, universal, su amplitud que permite imprimir al caos cierto orden, un amor a los seres y las cosas, indistinto, que entrega al poeta el don insigne de encontrarse a sí mismo como parte de la inmensa sinfonía. La fábula brota entonces y la metafísica se torna mitológica.

“Si hay una piedra devorada

en ella tengo parte:

estuve yo en la ráfaga,

en la ola,

en el incendio terrestre.

Respeta esa piedra perdida.

Si hayas en un camino

a un niño

robando manzanas

y a un viejo sordo

con un acordeón,

recuerda que soy

el niño, las manzanas y el anciano.

No me hagas daño persiguiendo al niño,

no le pegues al viejo vagabundo,

no eches al río las manzanas”.

La expresión poética, el hablar mitológico, se le ha vuelto a Pablo Neruda en una función de su temperamento, una manera de ser. Diríase que asiste al espectáculo habitual de su yo en trance lírico, sin exaltaciones convencionales, ritual, naturalmente, como quien respira y anda. Como el que juega un tanto maravillado de que, al golpe de una varilla de palabras puras, cosas y seres se pongan a vivir, transfigurados, cual si un momento volvieran a su primitiva libertad y al goce de existir.

Este “Aún” de circunstancias, tarjeta de cumpleaños e invitación amiga, trae su mensaje descuidado, dejando fluir el mismo manantial de para la misma sed. No para otros. Solo que esos pocos a quienes se dirige forman una multitud e invaden los dominios del poeta, multiplicados en torno suyo como las arenas, como las olas, innumerables y renovándose respuesta del coro anónimo a la voz magistral que no se agota, unida a sus propios ecos, hecha una con todos, panteísticamente, de un mar a otro mar.