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Un libro de versos

Acabamos de leer un tomo de poesías publicado por el señor Federico Gonzá­lez G., titulado “Oleajes”. De vez en cuando llegan a la mesa de trabajo de los periodistas, junto con el aturdido ro­dar de los sucesos, de las noticias y los ásperos cambiantes de la vida, alguna de estas delicadas notas poéticas que un trovador hace vibrar olvidado del oro, de la ambición y del trabajo.

Esos pequeños libros traen desde el fondo un poco tosco y agitado de la vida moderna, un refrescante soplo de paz, un dulce engaño que halaga, que pasa y que alegra el corazón. Se creyera que en medio de un rudo combate, en tanto que la ola de sangre avanza al tronar de los cañones, se oye el vuelo vago y ligero, casi vaporoso, de un suspiro de amor o de un ritmo.

Los poetas son amados de todos porque con sus cadencias engañan la existencia. Cantan al amor, a las flores, a los sueños. Mientras el dinero cae pesadamente en la caja del mercader ellos, olvidados de la vida y sus martirios, de la lucha y del dolor, cantan. Y su
voz sube entre las rudas agitaciones del trabajo que le rodea. A nadie hacen mal. Cumplen su misión. Nacieron para cantar al aroma de las rosas, a la melancolía de los lirios, a las irisaciones del color, a los amores románticos y dolientes que afligen a los corazones.

Es preciso amar a los poetas, Tienen casi siempre el alma llena de virtudes. El mismo candor con que miran la vida, la ingenuidad con que todo lo ven y observan, es prueba de bondad.

Platón desterraba a los poetas de su república. Hacia mal. Él no presentía a todos estos grandes pensadores poetas que han hecho con sus cantos removerse en el alma los más sublimes pensamientos. Los poetas han llevado a los pue­blos al heroísmo, les han hecho luchar por ideales bellos y nobles, les han he­cho combatir la tiranía, la maldad, la opresión. Con su lira poderosa y su voz potente, han empujado a la humanidad hacia orientes más luminosos y más puros.

El libro del señor González es una nota que no desafina en el concierto de armonías de que algunos buenos poetas chilenos nos han hecho disfrutar últimamente. Hay en él versos inspirados, cadencias y ritmos que quedan en el oído después de ser declamados. Las composiciones “A mi madre”, “La última carta”, “El poeta”, “La luna”, tienen un sabor penetrante de espontaneidad. Hay en ellas estro, inspiración, las vibraciones de una conmovedora sinceridad. En el canto titulado “América y Colón” se oyen enérgicos clamores de mar y de batalla. Los versos ruedan velozmente dejando en su fuga el eco de su ritmo.

La característica de este libro es la soltura, la sencillez elegante con que parece haber sido hecho. La poesía vuela entre los versos como las abejas so­bre el cáliz de las flores. Nada la detiene. Un ligero vientecillo de calma cir­cula tenuemente entre el follaje. Una perspectiva policroma llena los paisajes. El lector ve deslizarse una inspiración entre rosas y lirios.

Estos libros no deben pasar aplastados por el silencio. ¿No es justo que los hombres que vivimos en medio de la lucha tendamos una mirada a esas alon­dras que pasan por el cielo cantando una canción de paz, de consuelo y de es­peranza? Todo cabe en la vida. Y si se puede oír vibrar dulcemente una nota de cítara junto al golpe formidable del martillo, oigámosla. Es una armonía que pasa y que alivia.

Se ha comparado a los poetas con los ruiseñores. La comparación es en parte justa. Los primeros cantan y su gorjeo se pierde en la noche, sube a las estre­llas y muere en el silencio. Los segun­dos modulan sus himnos y alientan al hombre a proseguir su tarea. Desparra­man esperanzas y clemencias, ofrecen paraísos ignorados y acumulan a veces montañas de armonías en marcha que aplastan el dolor, la mentira y la traición.

Honremos a los poetas. Ellos ponen una cadencia al lado de la lucha por el ideal.

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