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Los poetas. Notas ligeras

Durante este mes de diciembre, que finaliza entre los ardores de un estío cada vez más inclemente, los poetas; han entregado un precioso y abundante tributo a la fantasía. Por eso cada mañana, los que tenemos la tarea de escribir para la prensa hemos encontrado sobre nuestra mesa de trabajo algún delicado libro de versos, de cubierta amable e insinuante, y de títulos sugestivos, que a esa lectura regocijada y tranquila que hace olvidar con sus primores, la prosa diaria en que se vive.

Esos lindos libros colocados sobre nuestra mesa nos producen el efecto que nos produjera un fresco y perfu­mado ramo de flores, cortado para nosotros por la mano cuidadosa y enten­dida de una persona de buen gusto.

La inesperada sorpresa de esas flores nos causa un doble placer. A menudo en las mesas no se encuentran sino prosaicos y desordenados volúmenes que hablan de números y estadísticas, ejemplares pesados del código que hablan de la ley y sus enredos, y diarios, revistas, publicaciones, etc., todo ese mundo de vehículos de la idea que van a todas partes por más que no se quiera recibirlos.

En realidad esos libros de versos son un manojo de flores. En ellos hay rosas, claveles, fucsias y gardenias, que forman con sus matices y perfumes un espléndido conjunto.

¿Podría concebirse un poeta que cantara constantemente a las flores?

Cada uno de esos libros es la recopilación de cuánto ha sentido un poeta durante el año transcurrido. Ellos registran una encantadora multitud de ensueños, de doradas quimeras, de ilusiones de amor que se fueron o crecen en el fuego en que alientan. Ellos son el libro sagrado en cuyas páginas un poeta ha estampado sus amarguras, sus penas, sus alegrías, las palpitaciones apasionadas de su corazón. Acojámosle, pues, con cariño y deleitémonos en el rodar de los remos y las estrofas que llevan entre sus velos dorados, y sus sones armoniosos todas las emociones de una alma de poeta. ¿Por qué resistirles? Recibir las impresiones de un espíritu delicado es siempre una tarea amable, que se cumple con gusto, con verdadero placer.

El último de estos libros es el del señor F. Javier Urzúa. Se titula “Notas Ligeras”.  Es un lindo tomito de 139 páginas y de excelente impresión.

Recorrámoslas. Nuestro poeta no es el almibarado romántico de las canciones de amor al claro de luna. Su poesía es robusta y tiende un poco el vuelo hacia meditaciones altas y elevadas. Por entre las luces policromas de sus versos se advierte cierta sombra melancólica, cierta filosofía resignada, una lejana bruma de dolor que pasa arrastrada por los vientos de la inspiración. Agrada dejar rodar el espí­ritu entre esas luces y esas sombras. Se siente vagos deseos de una meditación serena, tranquila, reposada, armoniosa, a cada instante más imponente, sumerge al espíritu en religiosos ensueños.

A veces la poesía del señor Urzúa toma rumbos de guerra y de combate, siguiendo un poco la desusada escuela de los poetas mejicanos. Pero esos bríos son tempestades de verano que estallan de pronto bajo el follaje de sus paisajes, al pie de las colinas apacibles de sus versos, entre las suavidades armoniosas de sus cantos a la naturaleza.
“Notas ligeras” perece, pues, al llegar en medio de la canícula, una ráfaga de aire, un soplo fresco que pasa y deja un vago olor de aromas de campo.

Será el librito que se lea en las playas, mientras las olas besan la arena, y el caer de la tarde se incendia allá en las lejanías del poniente.

El libro del señor Urzúa, llevará siempre, doquiera que vaya, una encan­tadora sensación de poesía insinuante y amable. Será siempre el librito de versos que registra las alegrías de la vida sombreadas por los ligeros dolores que pasan y perfumadas por las rosas, los claveles y los lirios de nuestros campos y jardines.

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