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Cantos sencillos y poemas

He aquí una nueva producción artística nacional de la que es consolador tomar nota en estos tiempos que co­rren…

Gustavo Valledor ha hecho el sacrifi­cio de publicar una colección de sus me­jores composiciones poéticas bajo el tí­tulo que encabeza estas líneas; y hay que agradecérselo, porque la cosecha es buena en toda la extensión de la palabra.

Valledor no es un desconocido en el mundo de las letras sudamericanas. Desde 1894, en que principió a publicar sus primeros versos en una revista que él dirigía llamada “El Año Literario”, se reveló como una personalidad litera­ria original en todo el vigor y la madurez de su inspiración. Una de las poesías que aparece ahora en este volumen titulada “A un artista”, publicada en aque­lla revista, mereció del ilustrado critico de “La Nación” de Buenos Aires, Paul Gronssac, un juicio que honraba en mu­cho a nuestras letras patrias, pues en él colocaba a Valledor por encima de los primeros poetas argentinos de aquel tiempo.

Si no recuerdo mal, Gronssac, en su largo artículo bibliográfico, hacía notar entonces la sobriedad, la apropiada con­cisión del estilo, la facilidad impecable de la versificación y el lirio espontáneo del sentimiento que se advertían en aquella composición literaria.

Nosotros pensamos y sentimos al igual que Gronssac al hojear “Cantos sencillos y Poemas'”. Nos encontrarnos en presen­cia de un poeta de verdad que tiene una fisonomía literaria propia en la que no se nota, corno ocurre con tantos de nuestros poetas jóvenes –la influencia de otros autores extranjeros modernos- más o menos afamados. Los maestros han debido ser los griegos y los latinos, esos eternos adoradores de la sencillez, de la claridad y de concisión en la forma, de la que nacen esa profunda armonía, esa inimitable y serena majestad de los modelos antiguos. En los versos de Valledor no se observa ni el estilo grandi­locuente a que nos tenían acostumbra­dos desde niños los imitadores de Quin­tana ni el afectado rebuscamiento de palabras exóticas y vacías de los discí­pulos de Verlaine, Mallarmé y Leconte de L’Isle; todo en ellos es sencillo, espontáneo y a la vez discreto o insinuan­te: jamás una idea repetida; nunca un verso declamatorio o sin objeto, y menos un ripio.

El alma de este poeta está saturada, de imágenes lejanas; sus asuntos, sus ideas, sus sentimientos vagan distantes de la patria, en otros siglos, en otras edades; la Grecia pagana, con sus es­tatuas y sus mármoles  divinos sombrea­dos por los mirtos y los laureles glo­riosos; el Oriente, con el lindo y em­briagador misterio de sus cosmogonías; la Judea, con sus sencillas leyendas de pastores y la profunda poesía de las primeras religiones de la humanidad despiertan siempre su inspiración y ha­cen vibrar su lira.

Este amor por la antigüedad informa todo el libro y le da un encanto extraño, una poesía misteriosa y triste que hacen soñar con el poeta en aque­llas grandiosas civilizaciones enterradas, en aquellos símbolos de otro tiem­po, cuando el mundo era joven… Y ante nuestra imaginación embriagada en los recuerdos pasan, evocados por el poeta, la Venus de Milo, ese mármol viviente que parece alimentar en sus entrañas de piedra el fuego sagrado del amor y del arte pagano; Leonidas y sus trescientos espartanos; y Zoroastro, el re­formador de las antiguas religiones de la Persia; Eliécer, el anciano emisario de Isaac, con su fatigada caravana, y Rebeca, esa purísima rosa del desierto, en patriarcal y tranquila plática junto a la fuente….. Y los versos fáciles y armoniosos parecen envolver y aca­riciar con el fuego de su inspiración todo ese mundo muerto, todas esas en­cantadoras imágenes desvanecidas….

Aparte de las poesías inspiradas en los recuerdos de la antigüedad, hay en el libro un corto número de composiciones que se refieren a nuestro medio nacional y a impresiones más modernas; pero en todos ellos persiste la misma pureza de líneas, la misma exquisita correspondencia entre el fondo y la forma de las otras junto con las propias, imágenes evocadas de la mitología griega y el arte antiguo. Refiere Enrique Heine, ese eterno adorador de los dioses, que en plena Edad Media un joven y galante caballero, paseándose por los alrededores de Roma, a los rayos de la luna, vio desfilar a la hora de la media noche, un extraño cor­tejo. Eran hombres y mujeres de una blancura deslumbradora, magníficamente vestidos que ostentaban coronas de oro y de laurel sobre las frentes triste­mente inclinadas; muchos llevaban vasos de plata y otros utensilios destinados a los sacrificios en los antiguos templos. En medio de esta muchedumbre se erguían enormes toros con los cuernos dorados cubiertos de guirnaldas y de flores, y, por fin, sobre un estro triunfal, vesti­do de púrpura y coronada de rosas avan­zaba una diosa de elevada estatura y de deslumbrante belleza.

No sé por qué extraña asociación de ideas viene a mi memoria esta graciosa fantasía del gran lírico alemán, leyendo los versos de Valledor; talvez será porque “Cantos sencillos y Poemas” está impregnado de la misma intensa y triste poesía que inspiraba a Heine cuando evocaba en sus cantos los destronados mitos de la antigüedad pagana.

En la lenta evolución de nuestras escasas fórmulas literarias, el libro que nos ocupa viene a dejar un fondo surco, un sello profundo y definitivo, bien distinto del que han seguido y siguen los infinitos y fervientes adoradores de las últimas novedades literarias que nos llegan constantemente del viejo mundo. La influencia y el prestigio de la obra de Valledor se irán acentuando de día en día, estamos seguros, mediante el pro­greso del buen gusto del público y de nuestros autores.

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