Crítica aparecida en el día . Autor:

Recuerdos de un poeta

Un poeta menos. Pareciera que los poetas debieran morir en la frescura de los campos, entre las flores, en las apoteosis de la luz y de la gloria. Ellos han cantado tanto a la belleza, al amor, a la dicha.

Sin embargo, mueren con frecuencia en los lechos fríos de un hospital, sin otro horizonte que un muro pálido sobre el cual se dibuja la silueta de un desconocido que agoniza.

Así ha muerto Pedro A. González. ¿Las cosas que él había cantado con tanto estro no le debían un último consuelo? El había cantado a las rosas, al cielo azul, a los buenos corazones que había visto amar y sufrir. Había tenido siempre un eco para los sollozos ajenos y para las alegrías que había visto pasar a su lado como una visión de rosa. Todo eso le faltó en la hora de su muerte.

Si los seres forjados por la cálida imaginación de los poetas vivieran, en un mundo ignorado y misterioso, ellos se asomarían al borde del lecho de aquel que les dio vida.

Junto al lecho de González habríase visto desfilar entonces la figura sombría de un monje, la visión pálida de una novia, el rostro frío de un proscrito, de un vencido, de un desterrado de todos los placeres de la vida. Sombras de bardos rodearían el lecho. Y juntos, en esa hora suprema en que va a morir el poeta, ellos habrían elevado al cielo la dulce y última letanía que se canta por los muertos.

Nosotros conocimos a González. Fue en una noche de juventud, en una pequeña sala de Restorán Gage en donde nos habíamos reunido, unos cuantos amigos de las letras. Noche amable de buenos recuerdos. La lluvia caía afuera y parecía acompañar con su música melancólica las historias, los versos, las impresiones que pasaban por nuestra charla.

El poeta habló. Se puso de pie. Tenía una cabeza atormentada, de bardo romántico. Habló de la belleza. Jamás he percibido mejor hasta qué punto admiraba y sentía González la belleza. Por su discurso cruzó todo el pasado. Grecia y sus mármoles, sus oradores, sus filósofos; Roma sus monumentos y su grandeza; la Edad Media con sus filigranas, sus templos, sus monjes, sus catedrales; la época moderna con su poder, con su fuerza, con el empuje arrollador de sus ideas y su progreso.

¡Cuántas delicadas sensaciones de arte gastadas en un instante, en la luz tibia del comedor, junto a tantos buenos amigos, mientras la lluvia entonaba afuera su canción!

Después encontramos a menudo a González. Le buscábamos. Era tan agradable oír los estímulos, los votos de aliento con que tan cariñosamente nos empujaba hacia adelante. Cuando uno se apartaba de él experimentabanse sensaciones de vuelo, de alegría, de esperanza en el corazón.

Una vez disfruté de su charla en otra sobremesa. Habíanse reunido varios literatos en casa de una bondadosa familia que gustaba oír de vez en cuando estos cantos de pájaro con que los poetas y los escritores jóvenes alborozan una reunión. Estaban allí casi todos los jóvenes que hoy se forjan o tienen un nombre en las letras militantes.

La conversación tomaba mil giros improvisados. Se deslizaba, iba y venía, con su mundana coquetería. Y siempre, en el vuelo que emprendía a través de los labios, arrancaba un pensamiento, una idea, una forma original.

De pronto alguien tuvo la extraña y peregrina idea de pronunciar el discurso con que honraría, al borde de la tumba, la memoria de un amigo que tenía al lado, para cuando este muriera…

La extravagante idea tuvo imitadores. Todos hablaron. Una atmósfera triste, casi enrarecida, pareció poco a poco, envolvernos. ¿Por qué no? ¡Había tanto sentimiento en aquellas expresiones enlutadas! La voz tenía en esa ocasión vibraciones tiernas y sinceras.

¿Quién de nosotros, dijo un poeta, será el primero que levante su carpa?

Nos miramos, reímos. Había, sin embargo, en el fondo de nuestra sonrisa una extraña frialdad.

Ayer González ha levantado su carpa, el primero. Ha llegado, pues, la hora de ir al borde de su tumba a decir llorando lo que entonces –en ese lejano invierno- se dijo con la risa entre los labios.

¡Cuánta tristeza hay en la muerte de un poeta! Son los únicos hombres que no mueren odiados. ¿Quién puede odiar a los que han pasado toda una vida cantando a las flores, a la luz, a la naturaleza, al amor?

Cuando supimos la noticia de la muerte de este poeta, nosotros miramos un momento, en la hora temblorosa del estupor, hacia atrás.

¡Cuánto recuerdo perfumado de lejanas primaveras!

Asomó al punto a nuestro espíritu toda su juventud, el recuerdo de aquellos días en que nuestro corazón abría las alas y dirigía sus vuelos por esos buenos mundos del ensueño, paraísos que se perdieron, que se alejaron para siempre, que el alma no encontrará jamás.

Era en un lindo balneario del sur. Pasábamos allí las vacaciones. Una pequeña sociedad deslizaba sus días en la alegría de aquellos días de descanso, de placer sano y agreste; junto al mar, al pie de la montaña. Era el año en que se publicaron los “Ritmos” de González. Sus versos llegaron allí como una pri­mavera. Al rumor de las olas, en esa pereza deliciosa de las horas de playa, sus estrofas iban y venían, de labio en labio, como una música llena de ar­monía y de color. Los versos de los poe­tas no son nunca más bellos que cuando son murmurados junto a una mujer que se ama, a la orilla del mar, en el dulce ir y venir de las olas que se alejan y vuelven arrullando a abrazar la playa. ¿Quién no se siente poeta? ¡Quién no vibra al beso delicado de unos versos que interpretan nuestros mismos sentimientos, nuestras mismas pasio­nes, el estado delicado de nuestro cora­zón!

Después, los años pasaron. A veces el libro caía en nuestras manos y al hojearlo, al deslizar la mirada por esos versos que en otro tiempo murmuráramos con el alma y los alborozos de la primera juventud ¡cuánto recuerdo voló en el fondo de nuestra alma, cuán­tas lejanas memorias brotaron como flo­res en nuestro corazón, cuántos per­fumes, cuánto aroma lejano, cuántas sensaciones de alegría, de tristeza, de melancolía se irguieron al calor de esa primavera lejana, vivida en todo su encanto, y resurreccionada de pronto al golpe mágico de los versos de un poeta.

Hace poco nos dijeron que el poeta había muerto. No tuvimos valor para coger el libro. ¿Para qué recordar un pasado sobre el cual ha caído el doble luto de la desilusión y de la muerte?

Luego, sería muy triste ver desfilar las auroras, los ensueños, las creaciones de un poeta que aún no se hiela, allá abajo, en el sitio en que reposan los muertos.

He meditado en la despedida de ese poeta. Le he visto muerto sobre el le­cho de un hospital. Y me he puesto a escribir con pena. ¿Por qué? ¡Quién sabe!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *