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Julio Barrenechea: “Sol de la India”

Un nuevo libro de poemas acaba de publicar en Nueva Delhi, donde ejerce el cargo de Embajador de Chile, nuestro lírico Julio Barrenechea.

En “Sol de la India” el poeta neorromántico se despoja de toda retórica para mostrar objetivamente la vida íntima de la tierra hindú calcinada, quemante, “de fuego puro”, como canta Barrenechea.

El lírico recibe esta vez el don poético para infundir luz y color al pueblo indio; para verlo iluminado por el sol que deslumbra al neorromántico Barrenechea, y arranca a su corazón optimistas sentimientos de amor y admiración. La característica de este poeta chileno es saber mirar las cosas, aun las tragedias íntimas, en sentido favorable. Así la India ha cautivado el espíritu del hombre sensible.

A través de las páginas de “Sol de la India”, palpita un hondo cariño y entusiasmo por todo lo que se relaciona con la civilización brahmánica y su pintoresca mitología. El autor se ha convertido en un ferviente indianista avisado y perspicaz, que mira con ojos de artista la patria legendaria de las vedas o sabios y de los poetas del “Mahabharata” (el gran Barata) y el “Ramayana” (lo de Rama).

En un ambiente de tanto color y misterio, no era difícil que se avivara el numen de Julio Barrenecha para representar en sus estrofas esas imágenes percibidas por su rica sensibilidad poética.

En el poema “El Sol de la India”, de versos breves, diminutos, claros, expresivos y pintorescos, está como la quintaesencia de la vida hindú: cada estrofa es una miniatura suavemente dibujada por el estro limpio, leve y diáfano de Barrenechea:

“Sol de la India

fruto maduro,

savia del aire,

oro del muro.

Sol de la tarde

como ninguno.

Muerte redonda

de fuego puro.

Sol en los ojos

de carbón fijo.

Sol en los dientes

de espuma dura.

Sol de faroles

entre el follaje

haciendo fiestas

en el paisaje.

Va tu mirada

por los trigales

por cañas verdes,

por arrozales.

Pastor de templos,

pastor de tumbas,

torrente claro

que todo lo inunda.

Sol en pulseras

sol en collares

en los mercados

y en los bazares.

Sol de la India

quémame entero,

quema mi cuerpo.

Quémame adentro.

Sol de la India,

razón de vida,

muero en las tardes

con tu partida”.

“Cementerio de Agra” es otro de los grandes aciertos pictóricos del poeta:

“Cementerio sin árboles, sin flores,

cementerio sin lágrimas, sin deudos

cementerio elegido por la muerte,

cementerio que muere”.

Uno de los mejores poemas de este libro es “Canto a las manos indias”. En él, como un orfebre de la palabra, exalta la agilidad y destreza de las manos del artífice hindú que logró levantar ese bello y típico conjunto de luz que

“sigue

el perfil de las torres.

La frente de las casas,

el marco de las puertas y ventanas.

Manos bordando el mármol como una seda dúctil

repitiendo en los templos las blancas sucesiones.

Manos desconocidas, incansables y anónimas

de un numeroso artista proyectado en el tiempo”.

Como es imposible transcribir todas las estrofas, copio la última:

“Canto a tus manos, India, tus manos numerosas

que dieron a la vida traducciones del sueño.

Tu artista es tan inmenso, está en todas las cosas,

tu artista tiene un solo nombre, se llama Pueblo!”

El elogio de la mujer hindú es quizás el más bello y emotivo homenaje hispanoamericano a esa raza mitológica:

“Y hablo y canto a la madre pobre

que por llevar la creatura

ha logrado formar en su cuerpo

como una pequeña montura.

Y es así como en la saliente

que hace con la gracia la cadera,

va asido el tierno ser desnudo

como al tronco la enredadera.

Para vosotras madres indias,

para vosotras laboriosas

digo estas cosas en mi idioma,

y nunca oiréis estas cosas”.

En “Cachemira”, el penúltimo poema de “Sol de la India”, muestra el autor la semejanza de ese país con Chile; y realiza un retrato o paisaje de fina fantasía, deslumbrante de color:

“Amo esta tierra hermana de mi tierra,

el rostro de mi sur lo veo en ella.

Los pinares, los lagos, y las nieves eternas,

tempestades que aparecen con sus celestres baterías, remeciendo viviendas y árboles altos y viejos.

Tierra plácida hasta el amor,

o hasta el pavor enfurecida.

Enorme, verde espejo,

donde el sur de mi tierra mira desde lejos”.

Si la poesía chilena e hispanoamericana se enriquecen con la obra de Julio Barrenechea, la India tendrá en ella un monumento perenne.

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