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Pedro Sienna, los versos, el cine

A mi edad, las que llamamos viejas amistades suelen remontarse a dos, tres o cuatro décadas. Por ejemplo, uno de mis más viejos (y queridos) amigos es Pedro Sienna. Lo conocí en 1924, un invierno que llegó a Quillota como galán de una compañía teatral. Fui a visitarlo a su hotel, acompañando al poeta Romeo Murga, hacia el mediodía, y lo encontramos en cama. No era raro, no tenía por qué extrañarnos: él mismo había definido su vida de actor en un poema de su libro “El tinglado de la farsa”:

“Levantarse a la una de la tarde. Vestirse

con toda la pachorra de un millonario inglés.

Colocar una perla en la corbata. Irse

al ensayo, que empieza a las dos o las tres”.

Lo que más he admirado siempre en Pedro Sienna es el fervor con que se entregó a todo lo que hizo. ¡Y vaya si ha hecho cosas, a partir de los primeros versos escritos en la década del 10 al 20! Ha sido poeta, actor, dramaturgo, cinematografista, director de teatro y de películas, periodista, pintor. En todo puso su inteligencia y su corazón, generosamente, con un entusiasmo que era la mejor expresión de su amor a la vida.

 

LOS POETAS

Cuando digo que conocí a Pedro Sienna en 1924, quiero decir que entonces estreché su mano y hablé con él por primera vez. Porque lo conocía desde mucho antes. Tendría yo doce años cuando mi hermana compró un ejemplar de “Selva Lírica”, la rica antología de Segura Castro y Molina Núñez. Hojeándola, leyendo algunos poemas, mirando las fotografías de los seleccionados, fue como me di cuenta de la existencia de tantos poetas a quienes tendría más tarde la suerte conocer (Zoilo Escobar, Víctor Domingo Silva, Lagos Lisboa, Jorge Hübner, Pablo de Rokha, Vicente Huidobro, Verdugo Cavada, Daniel de la Vega, Carlos Barella), y de otros con quienes habría de cultivar amistad estrecha, como Ángel Cruchaga, Gabriela Mistral, Pedro Sienna, Roberto Meza Fuentes. No tengo a la mano “Selva Lírica”, pero me parece estar viendo la fotografía redonda de Pedro Sienna, de perfil, realmente un hermoso perfil de medalla antigua.

Y entre “Selva Lírica” y este encuentro en un hotel de Quillota, había admirado a Pedro Sienna en otro aspecto de su actividad artística: el cine.

 

EL LLAMADO DEL CINE

Era un hombre demasiado dinámico como para vaciar su inquietud solamente en los versos. Creo que aunque en Chile hubieran existido las condiciones para que los poetas vivieran del producto de sus versos, Pedro no se habría aguantado en la paz de un escritorio, buscando rimas o cazando imágenes. Tenía que hacer otras cosas para ganarse el sustento y para gastar ese generoso chorro vital que emanaba de sí mismo.

Entusiasmado por el actor español Jambrina, Pedro Sienna entró al teatro, a la “farándula”, como se decía entonces, y tal vez durante unos quince años recorrió el país, formando parte de compañías nacionales que montan obras de Armando Mook, de Hugo Donoso, de Víctor Domingo Silva, de Germán Luco Cruchaga o del propio Sienna, que escribió para el teatro, entre otras cosas, “La pagoda azul”, “Las cabelleras grises” y “Un disparo de revólver”.

Pero precisamente en esa época, en los finales de la segunda década, el cine había alcanzado un momento de culminación. Llegaban a Chile películas europeas y norteamericanas de clima dramático, que mudas y todo, no dejaban de ofrecer parentesco con el teatro. Los actores más populares entre nosotros eran Chaplin, Eddie Polo, las hermanas Lillian y Dorothy Gish, William Hart, Perla White, George Walsh, las italianas Francesca Bertini y Pina Menicelli, la danesa Theda Bara, primera vampiresa de la pantalla. El gran galán era Wallace Reid.

Actores, escritores y, en general, gente inquieta, se sintieron atraídos por el cine y comenzaron a ensayar: Coke, Nicanor de la Sota, Pedro Sienna. Rafael Maluenda hizo una película: “La víbora de azabache”, tan mala, que la bautizaron “La víbora en escabeche”.

A mí me entusiasmaban las de Pedro Sienna. No logro recordar las fechas en que se estrenaron, ni importa gran cosa. En “El hombre de acero” hacía el papel de un joven que, a fuerza de voluntad, lograba superar una difícil situación creada por la ruina y suicido de su padre. En “Un grito en el mar”, era un oficial de Marina que aceptaba una falsa declaración pública, truco destinado a descubrir a una banda de espías extranjeros. En “La avenida de las acacias”, filmada en Quilpue, recuerdo que había un crimen de por medio, que se poseía en claro apelando a un truco bastante ingenuo. En “El húsar de la muerte”… ¡No, pero “El húsar de la muerte” merece párrafo aparte!

 

NUESTRO “ACORAZADO POTEMKIN”

El húsar (Manuel Rodríguez, naturalmente) se prestaba para desahogar una vez más el temperamento romántico de Pedro Sienna. La vida del guerrillero ha sido y sigue siendo una fuente de inspiración para escritores y poetas. Era una película histórica y cinematográficamente seria, sobria y vital, tan buena, que ha resistido casi incólume los embates del tiempo. A pesar de los inmensos progresos que el cine ha experimentado desde comienzos de la década del 20, cuando fue filmada, y de todo lo que ha cambiado, lo que podríamos llamar la conducta cinematográfica, El húsar sobrevive. La volví a ver hace unos tres años, en copia presentada por la cineteca de la Universidad de Chile, me parece que en homenaje a su autor cuando se le dio –muy tardíamente, como va siendo ya costumbre-, el Premio Nacional de Arte. El tiempo la ha respetado, caso que les ocurre a muy pocas obras cinematográficas. En mi fuero interno, cada vez que pienso en “El húsar de la muerte”, la califico como “nuestra Acorazado Potemkin”.

Como actor, Pedro Sienna se identificó en el ánimo popular con el personaje que encarnaba en ese film: Manuel Rodríguez. Cuenta Daniel de la Vega que en una ocasión en que Sienna filmaba en Recoleta, en plena calle, un “paco” de esos de casco blanco, intervino, porque el gentío que presenciaba las tomas estaba formando demasiado jaleo. El “paco” no conocía a Pedro, quien se subió a una ventana y arengó a la muchedumbre: “Ustedes me conocen. Díganle al guardián quién soy”. Y mientras unos pocos decían “Pedro Sienna”, la mayoría gritó entusiasmada “¡Manuel Rodríguez!”

Hace años que no veo a Pedro Sienna (casi nadie sabe que su nombre civil es Pedro Pérez Cordero), pero me imagino que hoy, a los setenta y seis, sigue escribiendo, aunque no se ocupe mucho de publicar. Nunca lo ha hecho y así se explica que la lista de sus libros, que se inició hace más de medio siglo, con “Muecas en la sombra”, versos de 1916, no llegue a la decena. Pero estoy seguro de que Pedro Sienna escribe y está, como siempre, lleno de proyectos.

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