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Dolores Pincheira: Apología de la tierra

Dolores Pincheira renueva con su libro “Apología de la tierra” la vieja alianza entre los poetas y el cosmos. Ella ve lo que tiene más próximo, la tierra nutricia, la comba del cielo, el encaje del árbol, y se muestra adherida a la vida sencilla y a la soledad, tenaz refugio a que ha de acudir en horas de fatiga, cuando se retira complacida de la cotidiana labor de su liceo. Y es en ese cosmos, reducido acaso, en donde se sumerge para encontrar no solo temas de canto sino también imágenes.

Y no es que su poesía abunde en ellas, ni que se la vea ansiosa de lucubrar nuevos extremos y audaces combinaciones. Nada de eso. Su poesía es más bien directa, clara, y como se vierte en la métrica amorfa de uso en nuestros días, poco esfuerzo ha sido menester a la autora para dar acogida en su verso a las imágenes que le sugería el diario comercio de la existencia estudiosa y digna a la cual vive entregada.

Pero cuando quien lee estas páginas llega al verso que dice: “en el derrumbamiento de mis rosas” difícil sería no detenerse y hacer alto. He allí una frase feliz, una afortunada alianza de palabras sutiles y sugerentes. Son sencillas, quién lo duda, quién podría dudarlo; pero son también profundas y apuntan a un hecho cierto del existir humano. En aquellas rosas están portentosamente comprimidas el ansia, la sed, el anhelo de la juventud; el ensueño, la fantasía, los amores juveniles. Pero día habrá de llegar en que esas rosas dejen deslizarse sus pétalos, o de golpe o uno por uno, tallo abajo, entre las hojas, hasta caer confundidos en la tierra. Es el derrumbamiento de las rosas, el desatarse de los lazos de la inquietud, el dejar que los infalibles punteros del reloj cercenen en su marcha el bagaje de las dulces mentiras que colorean la alborada de la vida.

Este libro ha sido escrito, pues, no en los días primeros de una vida afanosa y diligente, sino acaso cuando en ella se insinúa el amor a la quietud y al silencio. Así y todo, algo conserva de los aromas que nos sorprenden si, en pleno campo, nos acercamos a las flores nacidas a la sombra de los árboles. El amor al cosmos primigenio, atisbado por la poetisa en sus andanzas, no le impide allegarse a la historia de su patria ni mentar los nombres de la geografía nacional. La suya, en suma, es una poesía no emanada de la Tierra de Nadie donde la fantasía se dilata, sino de una tierra concreta: Chile.

No sé por qué leyendo el suelto verso de Dolores Pincheira, pienso que en ella hay una recoleta afinidad hacia la forma más severa y estricta del poema, el soneto. No ha escrito uno solo, según parece, y en este libro, desde luego, no veremos ninguno. Así y todo, por el género de su sensibilidad, por la concisión de la frase, por el aliento rítmico, he creído divisar en ella una futura sonetista de fuerza. ¿Labor difícil? Sin duda, pero no para quien lleva; cual se prueba en este libro, hecha buena parte del camino que debe recorrer el aprendiz para ser maestro.

Dolores Pincheira pertenece a una familia de escritores. Ha llegado algo tarde a la cita de su estirpe, pero en su brazada hay rosas, muchas rosas, para deleite de cuantos la contemplan desde el cielo y de cuantos la ven activa y vivaz a su lado.

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