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Cecilia Casanova: “Poemas y Cuentos”

Los escritores de hoy –poetas y prosistas- se sienten atraídos por la vida cotidiana. Dentro de ella descubren inmensas posibilidades de ser aceptablemente razonables o mágicamente absurdos. Cada cual –al leerles- sale de su rutinaria existencia de cada día y va a vivir durante cierto número de páginas en un mundo que –sea absurdo o razonable el autor- se parece al que abandona cuando empieza la lectura.

La realidad se divierte disfrazándose, cambiando, transfigurándose en la medida en que los escritores lo desean o sumisamente lo aceptan. Lo tremendo suele ocurrir cuando la realidad le impone al novelista o al poeta que la copie con la mayor exactitud posible. Todos pierden: la realidad, que se torna inaguantable; el escritor, que se vuelve una máquina fotográfica; el lector, que se aburre, porque sigue inamoviblemente donde está, cuando quisiera irse de sí mismo y de sus cosas.

Estamos ante un caso interesante: un libro donde –en verso y en prosa- la vida cotidiana, sin ser copiada, es tal es, y al mismo tiempo nos da la sensación de ser distinta. Cecilia Casanova es la poetisa y la cuentista de esta realidad tangible, que todos en seguida reconocemos, y que repentinamente, por aquí y por allá, en cualquier inesperado pormenor, se nos muestra sorpresiva.

“Poemas y Cuentos” es un libro breve de título modestísimo. A nadie le guiña un ojo con picardía, prometiendo diversas cosas tentadoras. Ahora bien, los poemas tienen un título propio: “Los juegos del Sol”. Los cuentos, el suyo: “El Paraguas”.

El nombre a cuyo amparo se colocan los poemas, está lleno de sugestiones; el del grupo de cuentos, a fuerza de corriente y casi mudo, promete mucho a quien supone, como cualquiera de nosotros, que un paraguas puede ser punto de partida de muy agradables aventuras. Pero no es esto lo que debemos decir, porque el libro espera, y su título –bueno o malo- es lo que menos importa. ¿A quién se le ocurriría no mirar ni siquiera de reojo a un individuo por la simple casualidad de llamarse Juan o Pedro? Pudo llamarse Nabucodonosor o Temístocles, y sería el mismo.

“Poemas y cuentos” tiene una importancia: he aquí un libro cuya autora se coloca en medio de la realidad más común y con notoria espontaneidad nos va dando a conocer el sentido de las cosas vulgares cuando se las mira con agudeza, penetración, ingenio, cariño, capacidad transmutadora. Los poemas, tan precisamente como los sueños, constituyen un mundo sin sorpresas aparentes, pequeño e inmediato, en el cual la sensibilidad y la rápida imaginación de una escritora esconden estímulos para el asombro, imágenes que de pronto relampaguean, emociones donde una ternura muy femenina queda en evidencia.

En “Los juegos del sol” vivimos junto a la naturaleza; el aire, la luz, los pájaros, las plantas. El lenguaje es el de todos, sin altibajo, y sirve muy adecuadamente para la comunicación de sensaciones fugitivas, para la evocación de momentos de la infancia, para el propósito de poner al lector en contacto directo con lo inmediato, lo doméstico, lo que captan los sentidos en cualquier instante y lugar. Es el suyo un mundo concreto, donde los objetos y los seres se hallan particularizados, son visibles, palpables, no se ocultan tras palabras o frases desorientadoras. Un ejemplo puede bastar para que se advierta la actitud de Cecilia Casanova junto a su poesía, cuando la lleva a un lugar determinado, en un momento definido. Veamos el poema que titula: “Igual a cuando éramos niños”:

“El sol viene a pasear por la mesa

mientras almorzamos.

Come de nuestros platos, regalón,

y se acuesta en la uva,

somnoliento, cansado,

despidiendo rayos

que parten desde el frutero

al techo.

Hoy no vino

y me gustó que preguntaras por él

como por un amigo.

Subí la voz dándole tiempo

a que llegara,

metiendo ruido,

pero ya íbamos en el café

extrañándolo, dependiendo de él

igual a cuando éramos niños

y esperábamos

que pasara la lluvia

con la nariz aplastada contra el vidrio”.

Tema simple, desarrollado con fina sencillez. No se trata de una anécdota, de una estampa que pudo trazarse en prosa y no queda del todo bien acomodada en el verso. Es –no se necesita subrayarlo- una hora de la vida cotidiana que se hace poesía. No hay esfuerzo. Libremente acuden las palabras, forman el ámbito poético. Igual cosa sucede en los demás poemas, siempre limpios, soleados.

El paso de la poesía a la prosa, en este libro, no es largo ni difícil. Los mismos elementos, idéntica sencillez, vocabulario nuevamente eficaz. Los cuentos son nueve. Cortísimos. Algunos, poco más de un par de páginas corrientes. En ellos nada sobra ni falta. Tienen la dimensión justa. Los escenarios son corrientes: cuartos de alguna casa parecida a innumerables otras de cualquier sitio urbano; calles sin nombre, vulgares; una residencial pobretona; rincones donde parece haberse dormido la vida y hasta la muerte ha olvidado. Los personajes son gente de costumbres burguesas, acomodados a la monotonía del existir que va agotándose sin sobresaltos. Pero la autora tiene humor. De la manera más imprevista crea un final de cuento que eleva la categoría del relato. En ninguno hay un argumento dibujado con firmeza, con detenimiento, con ánimo de remover suspensos y efectismos. Empieza la historia sin preparación alguna. Sin demora se halla el lector ante un hecho menudo que, por sus dimensiones, sospecha uno que va a adelgazarse, a mostrar un perfil tan sin espesor que tendrá un desvanecimiento repentino e imperceptible. Ocurre que esos finales de cuento son o un gesto que no se podía prever, o una palabra irónica, henchida de risa, que no se anunciaba en absoluto.

Entre objetos vulgares y personajes corrientes, movidos por un lenguaje que no se empina para dar el do de pecho, una vida verdaderamente interesante circula de principio a fin de estas páginas. La poesía es auténtica. El cuento es muy de todos los días, realizado con una penetración, una síntesis, una imaginación de día de fiesta.

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