Crítica aparecida en el día . Autor:

porque escribí estoy vivo…

Enrique Lihn, “La Musiquilla de las Pobres Esferas”. Poemas. Santiago, Editorial Universitaria, 1969, Colección Cormorán: Letras de América, 84 p.

 

Voy a sostener aquí, una vez más, ignorando el refunfuñar del afectado, que Enrique Lihn es el único verdadero y gran discípulo de Neruda que yo conozco, el único que, habiéndose sumergido en una de las zonas más profundas del océano nerudiano, logró llegar a la otra orilla y emerger más dueño de sus propios recursos, más entero, más individualizado. Con lo cual estoy diciendo que no veo en Lihn a un imitador de Neruda y que tampoco me interesa detenerme en el examen detallado de un problema de influencias. “Esta no es más que una acotación en sordina” –uso palabras de Lihn- sin más propósito que el de establecer en términos muy generales una premisa: la poesía de Lihn se sitúa en una tradición lírica directamente conectada a “Residencia en la Tierra” (libro que Lihn conoce de memoria). A partir de “La Pieza Oscura” (1963). Lihn nos viene entregando sus propias residencias (ya van cuatro), personalísimas e intransferibles sin embargo, como corresponde a un auténtico creador que logra configurar lo más suyo justamente al asumir la tradición de sus mayores, al digerirla y superarla de verdad.

El signo de filiación más notorio es precisamente el que define e individualiza la poesía de Lihn. Hablo del modo de relación entre esta poesía y la experiencia viva y concreta del autor. Hablo del apoyo inmediato y sin distanciamiento que el poeta reclama y extrae de su propia biografía personal, hasta el punto de que la hazaña poética de Lihn se puede medir justamente por el grado de contagio y comunicación que establece con sus lectores a pesar del sustrato críptico –por ser anecdótico- que a menudo sostiene sus versos. Leyendo los poemas “Alma Bella” y “Desenlace”, ambos de esta Musiquilla, imposible no evocar el “Tango del Viudo” nerudiano. Pero qué distantes y distintos al mismo tiempo, cómo aquellos son inconfundiblemente lihnescos.

Reaparecen en esta compilación ciertos temas obsesivos que poblaron “La Pieza Oscura” y que le salieron al camino a “Poesía de Paso” (La Habana, Casa de las Américas, 1966); terrores de infancia, pesadillas de colegio de frailes, angustia hecha de miedo y de avidez frente a la vida, frente al sexo, frente al cosmos (porque todo lo que latía con vibración de sangre llegó con signos degradados y siniestros a la niñez de Lihn, llegó asfixiándose bajo sotanas de colegio o entre telarañas y prejuicios de caserón familiar). También reaparecen antiguos amores fracasados y otros aspectos de una atormentada biografía: “mi soledad babea tanto a tango / el repertorio de las que se fueron”.

Pero estas reparaciones asoman levemente, rozadas de soslayo o interpoladas como material de referencia, son aspectos de un antiguo transcurrir, restos que en cierta medida el poeta aún necesita vigentes y activos para que le sostengan su vaciedad, para sobrevivir en ellos:

“estos datos que se reúnen inextricables,

digámoslo así, en el umbral del poema,

cosas de aspecto lamentable traídas no se sabe para qué desde todos los rincones del mundo.

restos odiosos amados en una rara medida

que no es la medida del amor” (p. 26).

Ya en su libro anterior, “Escrito en Cuba” (México, Era, 1969), Lihn se refirió también –y mejor- a estos materiales de su existencia pasada, una y otra vez acarreados al interior de sus poemas: “estos restos que no se me disputan sobre los cuales ejerzo un imperio total, ilimitado y estéril” (p. 15); “todo lo que quise decir lo encuentro aquí esparcido en el Gran Libro de los Restos” (p. 18). Lo importante es que tales restos tienden a disminuir sus apariciones en el mundo poético de Lihn, tal vez por agotamiento natural o porque la intuición del poeta rechaza decididamente los cadáveres.

En “La Musiquilla de las Pobres Esferas”, en cambio, tiende a tomar creciente relieve y a agudizarse el dominio temático de un cierto asunto que asomó –creo- al final del poema “Nathalie” en “Poesía de Paso”: “Me hago literatura. / Este poema es todo lo que podía esperarse / después de semejante trabajo, Nathalie” (p. 76). Me refiero al hecho de que allí Enrique Lihn empezó a cuestionarse, a poner en el banquillo una y otra vez su propio quehacer poético, la faena misma de su escribir. El proceso alcanzó (o parece haber alcanzado) su nivel más agudo en ciertos momentos del libro “Escrito en Cuba”: “No he colgado mis hábitos de la poesía, pero lo sé demasiado bien: ella no lleva a ninguna parte” (p. 14): “la poesía no está en las cosas y es simplemente el espejismo que somos” (p. 35).

En “La Pieza Oscura” y libros anteriores no encuentro síntomas de una tan radical falta de confianza en la poesía. Allí Lihn trabajaba aún ciegamente, con seriedad de feligrés convencido, con esperanzas de creyente. Aún no se veía a sí mismo vagando “en el mundo de la fragmentación como un clochard escarbando en el basural de las palabras, en el basural de las cosas, / con mi saco de alma a la espalda”. (“Escrito en Cuba”, p. 14).

Su reciente “Musiquilla” contiene elementos que me sugieren una etapa nueva, o diferente al menos, en el desarrollo de este proceso. Por una parte parece acentuarse la falta de fe en la poesía, la que es cuestionada con metralleos irónicos, con escépticos desenfados, con rotundas degradaciones, como cuando escribe a propósito de Rimbaud:

“El botó esta basura

yo le envidio su no a este ejercicio,

a esta masturbación desconsolada.

Me importa un trueno la belleza

con su chancro” (p. 70).

Pero por otro lado Enrique Lihn afirma sus fueros de poeta y por primera vez se atreve a declarar el valor de salvación que la poesía ha tenido siempre para él. Pienso que al intensificar en “Escrito en Cuba” el enjuiciamiento desesperado –y suicida- de su poesía, de su escribir, Lihn desencadenó sin pretenderlo un meditar a fondo, un proceso de reflexión fundamental sobre su propio trabajo.

Y en este meditar Lihn ha llegado a un punto muy importante, tal vez decisivo para el destino de su obra futura, y que se nos revela al leer con cuidado su “Musiquilla”. Ocurre que por primera vez (si no me equivoco) Enrique Lihn piensa su poesía como un trabajo, como un oficio, y no como un inútil parloteo en el vacío. Se trata de algo difuso, de un trabajo cuya finalidad u objetivo no están claros ni siquiera para el poeta mismo. Es una intuición en conflicto, incipiente, en gestación difícil y turbulenta, pero solo ella permite comprender ciertos aires de altivez, ciertos ademanes de protesta, ciertos gestos en que Lihn se rescata a sí mismo en su dignidad de escritor, de poeta. Lo que estimo de máximo interés es el vínculo entre ciertos momentos de la “Musiquilla” y la noción de la poesía como trabajo, como oficio, sin descontar lo contradictorio de las formulaciones concretas ni el conflicto que ellas revelan “Los poetas somos mendigos…Peor que mendigos. Nos reducimos a la mendicidad, o será que solo yo he tomado en serio mi OFICIO” (p. 73).

La relación poesía-trabajo surge en Lihn con dificultad, con violencia, como a contrapelo, tal vez porque se trata justamente del problema central que el poeta nunca ha resuelto ni en su vida ni en su literatura. Las debilidades y fracasos que ocurren en la obra de Lihn –que en conjunto siempre me han parecido de altísima calidad- se explican por el insuficiente grado de claridad que él tiene sobre el significado y trascendencia de su quehacer. Más aun: el destino y las posibilidades de apertura y de enriquecimiento de la poesía de Lihn –que me parece ya en el límite de sus virtualidades “residenciarias”- depende mucho del esfuerzo de profundización que realice el poeta acerca del significado concreto de su literatura en cuanto actividad vital.

Desde luego es muy importante que, pocos versos después de afirmar: “la poesía, este gran fantasma bobo” (p. 28), Lihn deslice, por primera vez DESDE UNA PERSPECTIVA HISTÓRICA, una caracterización o imagen positiva del oficio poético:

“Que otros, por favor, vivan de la retórica:

nosotros estamos, simplemente ligados a la historia,

pero no somos el trueno ni manejamos el relámpago.

Algún día se sabrá

que hicimos nuestro oficio, el más oscuro de todos, o que intentemos hacerlo.

Algunos ejemplares de nuestra especie, reducidos a unas cuantas señales de lo que fue la vida en estos tiempos,

darán que hablar en un lenguaje todavía inmanejable” (p. 30-31).

No importa que en el verso siguiente, muy asustado de la audacia que acaba de perpetrar, Lihn remate el poema con un aspaviento que procura ser neutralizador y devaluador de lo dicho, con un exabrupto que trata de ser un gesto de fastidio: “Las profecías me asquean y no quiero decir más”. Tampoco importa, o mejor dicho, importa mucho considerar desde el ángulo que propongo el título mismo del poema, también irónico: “Mester de Juglaría”. Más que la ironía, lo que cuenta es el reconocimiento de la actividad poética como MESTER u oficio.

Cuando Lihn inicia su poema “A Franci” con estos versos: “Te quiero, qué comienzo, / peor es tragar saliva / y peor aún este nudo en la garganta que toma los contornos del mundo…” (p. 42), está revelando un desdoblamiento, una conciencia poética vuelta sobre sí misma, examinándose en el proceso mismo de su quehacer. Ello está muy ligado a toda esta actitud de revisión de fundamentos que Lihn parece haber desencadenado en su poesía. Es algo nuevo.

Todo en este libro subraya la actitud dual, conflictiva, contradictoria del poeta. El título mismo del volumen, “La Musiquilla de las Pobres Esferas”, nos muestra al autor instalado en la puerta del libro con una sonrisa de devaluación y escepticismo acerca de la mercadería que ofrece (señores, no esperen ustedes escuchar aquí ninguna música de las esferas, la respetable poesía, sino apenas esta musiquilla), mientras que al mismo tiempo no deja de afirmar y ponderar ladinamente su producción al publicitarla desde la propia tapa del libro. En la contratapa hay una declaración explícita de Lihn: “Al escribir o desescribir algunos de estos poemas me acosaban por lo menos dos instancias contradictorias. En primer lugar, el sentimiento del absurdo con respecto a la tarea emprendida; luego, una curiosa sensación de poder”. Tal declaración, necesariamente vaga desde la interioridad del poeta, se aclara a la luz del proceso que el libro revela.

Algunos buenos poemas de la “Musiquilla” no aparecen directamente conectados al problema que nos ha preocupado en esta nota. Pienso especialmente en aquellos sobre motivos cubanos: “Negras”, “Nocturno”, “María Dolores”, “Señoritas”, que merecerían atención aparte. Pero creo que el poema final del libro, “Porque Escribí”, justifica la focalización de mi análisis al cerrar con esos versos tan inusitados en la poesía de Enrique Lihn:

“Porque escribí no estuve en casa del verdugo,

ni me dejé llevar por el amor a Dios,

ni acepté que los hombres fueran dioses,

ni me hice desear como escribiente,

ni la pobreza me pareció atroz,

ni el poder una cosa deseable,

ni me lavé ni me ensucié las manos,

ni fueron vírgenes mis mejores amigas,

ni tuve como amigo a un fariseo,

ni a pesar de la cólera

quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta:

porque escribí, porque escribí estoy vivo”.

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