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Tres poetas nativistas

Debemos analizar este adjetivo, cuya acepción falta en el Diccionario de la Lengua, pues nativo es el ser originario de un sitio determinado, y en cuanto a nativista solo se refiere a una teoría psicológica vinculada a la percepción visual, física, sin participación significativa respecto al entendimiento. Queremos catalogar a tres poetas chilenos que corresponden a etapas literarias, alejadas entre sí, pero que pueden definirse como cultivadores de un sentimiento patrio, ligado hondamente a las características del paisaje nativo. Esta cualidad pertenece a varias escuelas, pero nos vemos obligados a decir nativistas, porque estos poetas a que aludiremos crearon una nueva idea de nativismo que justifica la creación del vocablo haciendo más elástica y precisa la acepción académica.

En el siglo pasado, nuestras letras fueron muy desprovistas de color. El paisaje fue un telón de fondo, a modo de un decorado escenográfico, de suerte que los relieves de nuestra rica naturaleza no salían a primer término para fundirse con el hombre, olvidándose así que toda vida human responde al ambiente en que se desarrolla.

Tímidamente iniciaron algunos pintores sus primeras loas a nuestra naturaleza creyendo que ella pertenecía como signo semejante y común a todos los países, pero día llegó en que hubo quienes comprendieron lúcidamente que la palabra nación está relacionada directamente, de forma consustancial, con el molde que marcó las virtudes y defectos ciudadanos. Este movimiento de estudio y, por consecuencia, de comprensión, se anticipó en varias décadas a lo que ha sido calificado de criollismo, concepto muy difundido, que tuvo mantenedores en novelistas como Rafael Maluenda, Labarca Hubertson, Mariano Latrorre, Marta Brunet, Luis Durand y otros. Pero criollismo tampoco confiere calidad determinada, pues más apropiado es hablar de nativismo, ya que lo criollo significa trasplante de lo europeo al suelo americano. En esta acomodación quedan, como es lógico, las raíces europeas, y lo nativo es por el contrario genuinamente autóctono, es decir lo que surgió de la tierra para resaltar los valores de la tierra misma.

En el arte nacional, los pintores se anticiparon a esta afirmación nacionalista, pues teniendo frente al caballete la visión de nuestros paisajes no pudieron traer reminiscencias ajenas, limitándose a lo que percibían sus ojos. De ellos surgieron pintores como Pedro Lira, Gordon, Valenzuela Llanos, Rebolledo Correa y otros, muy bien dotados para interpretar una naturaleza que tiene cambiantes, según las regiones, pero que mantienen cierta unidad inconfundible que le imprimen la colaboración mineral de cerros, el tono algo sequizo de la vegetación y especialmente la luz que no tiene la crudeza de soles más ardientes.

Al finalizar la centuria pasada, un poeta que sobrepasó hasta hace poco los noventa años, y cuya desaparición lamentamos amigos y admiradores, descubrió el valor de lo nativo inventariando, si así pude decirse, todo lo que ofrecía una impresión de belleza que cobraría eco en la sensibilidad de los chilenos. Los pájaros tuvieron su nombre popular en su poesía, las cordilleras empezaron a ser nombradas de acuerdo con la nominación orográfica, y en suma nuestra naturaleza comenzó a tener sus signos diferenciales.

Diego Dublé Urrutia fue este precursor. Releyendo su magnífica compilación poética que abarca mucho más de medio siglo en su obra “Fontana Cándida”, nos encontramos con esta iniciación nativista que habría de sentar escuela, teniendo por tanto entusiastas seguidores. En su primer libro de versos, “Veinte años”, publicado en 1895, Dublé revela lo que ha de ser su comprensión y alabanza de buen nativo. Silva Vildósola, su coetáneo, por haber nacido ambos en tierras de la Araucanía, saludó a Dublé con un estudio muy sagaz, pues el joven poeta a la sazón unía al verismo del paisajista el espíritu de quien sabe interpretar los dolores humanos, siendo uno de los primeros escritores que se preocuparon por la condición vital de los menesterosos. Silva Vildósola dice: “Nadie ha descrito jamás los campos chilenos con más delicada penetración de su íntima poesía, de su pobre belleza triste, desnuda de toda majestad, de su humilde encanto y del amor fuerte y heroico que el sueño, fecundado con tanta sangre, retiene a sus hijos adheridos a la tierra, a las montañas y a sus cosas”.

Más tarde Dublé en su magnífico libro “Del mar a la montaña” reiterará el haber encontrado un camino del cual no se apartará por ser este una nota capital de su temperamento.

Su descripción de la “Procesión en el mar”, tradicional en la bahía de Talcahuano y sus poemas “La voz de la patria” y “Las minas”, revela su amor a la tierra y por añadidura al pueblo que está cerca de ella y la sufre. El sentido de lo social, palpitante de emoción en este canto lo confirma. Baldomero Lillo, de ser poeta, hubiese sucrito con orgullo esta poesía. Dublé fue un poeta de la raza. Su piedad por lo humano está ausente de su corazón. Fue liberal, más aun librepensador, y más tarde, en conversión ejemplar, cristianísimo. Su voz de amor hacia el pueblo siempre fue la misma.

El segundo poeta ha sido Carlos Pezoa Véliz. Le conocimos en Valparaíso antes del terremoto de 1906, en nuestra casa paterna, a la que acudían con frecuencia Augusto Thomson (D’Halmar), Horacio Olivos y Carrasco, Leonardo Eliz y otros poetas porteños. No olvidamos su rostro pálido, sus cabellos castaños, desmadejados, y aquellos ojos azules, inteligentes, penetrantes, que mezclaban el dolor con la dulzura. Pezoa Véliz fue nuestro Verlaine, claro está que en un solo aspecto de su poesía. Una cuerda sensible, como la del pauvre Lelían se estremece en su lira. Es una página inolvidable su “Tarde en el hospital”. Pero donde su fisonomía de nativista aparece con todos sus apreciables perfiles es en “Nada”, “Alma Chilena”, y “Pancho y Tomás”. También cultivó la ironía a la manera del catalán Bartrina y del colombiano Carlos Luis López, pero no ha de ser en este género poético ni en sus prosas donde alentará lo mejor del nativista. “Nada” es el acento gris del anonimato absoluto; “Alma Chilena”, una recia aguafuerte en la que el habla del pueblo campea con sus giros peculiares; y “Pancho y Tomás” es como una acuarela agreste, olorosa a toronjil y a madreselva.

Pezoa Véliz, muerto en 1908, dejó la huella triste de su vida bohemia inmersa en melancolía. Su voz de hombre nativo no es amarga y rencorosa. Diríase que en sus propios intentos de zarpazo, ya en sus versos como en su prosa, hay algo de ingenuidad, tan clara como lo fueron sus pupilas.

Ha habido sin duda otros poetas que pueden recordarse, entre ellos Antonio Orrego Barros, autor del drama campesino “La Maiga” y Carlos Acuña que en “Capachito” confirma sus sentimientos de pura chilenidad.

Pero ahora tenemos otro poeta a quien también denominaremos nativista, pese a todos sus antipoemas y a sus encomiables arrestos de modernismo: Nicanor Parra, Premio Nacional de Literatura del presente año. Parra no desdeña la guitarra, de modo que su poesía de sabor populista tiene la donosura y el arranque vital de los grandes payadores. ¿Qué otra cosa que payada fina es “La cueca larga”? Poesía de punta y taco que reclama en su fondo una ramada y un bien colmado vaso de tinto. “El chuico y la damajuana”, esa boda digna de una fábula de Baltasar del Alcázar, y “Las coplas del vino”, tienen el ritmo que ha dado fama imborrable a José Fernández, creador del “Martín Fierro”. Parra respira nativismo, es medularmente nativo y tiene a Chile en todos sus latidos: Físicos y morales. No requiere el poeta declamar espíritu adverso ante nada, como quiere hacerlo en sus antipoemas. De su fecundidad no debe surgir lo negativo. El hombre cuando es poeta comprende la vida en su raíz y en su esencia, y su espada debe ser incruenta como la de los arcángeles. Nicanor Parra, nativista, sabe muy bien que todos estamos empeñados en una común tarea de canteros: pulir los sillares de nuestra cultura en nombre de una chilenidad absoluta.

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