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Un desterrado y su tristeza. Pedro Lastra, “Y éramos inmortales”

Un breve cuaderno publicado en Lima por Ediciones de la Rama Florida, es la tercera entrega de su poesía que nos hace el Prof. Pedro Lastra. Antes publicó “LA SANGRE EN ALTO” (1954) y “TRASLADO A LA MAÑANA” (1959). El Prof. Lastra ha conquistado reputación internacional como autoridad en estudios de Literatura Latinoamericana. Su actividad poética aparece entonces como un quehacer tangencial, pero ello ocurre más por la índole de esta poesía que por la importancia que para el autor tiene (que es mucha). Hay aquí una primera contradicción, que en Pedro Lastra tiende a resolverse negativamente; siendo para él la poesía algo muy importante, sin embargo, no se juega por ella y se circunscribe a límites reducidos.

Lastra es un poeta deliberadamente menor. Sus poemas no se proponen en ningún momento evadirse de ciertos lindes, ir más allá de un cierto espacio, de una atmósfera en que solo habitan el amor y una melancolía irremediable. Dentro de tales dominios, la poesía de Pedro Lastra logra un registro de tanta jerarquía y calidad que (teniendo en cuenta sus autorestricciones y la solución negativa de ciertas contradicciones), tengo la exacta impresión de encontrarme ante un autor que simplemente se cierra a sí mismo el paso, que se niega a ser un gran poeta. No se trata de que sus versos no nos hablen de grandes asuntos: el amor y la intimidad desgarrada de un hombre son asuntos grandísimos. Pero en el modo de abordarlos Lastra se establece un cerco que lo retrae de horizontes en expansión.

En el orden expresivo el lenguaje de Lastra acusa un desarrollo magnífico respecto de su libro “TRASLADO A LA MAÑANA” (no conozco el libro de 1954). Una enorme capacidad de concentración y síntesis, un singular talento para condensar en poquísimos versos la médula exacta de la intuición, me parecen el síntoma más claro de la madurez del verbo en Pedro Lastra. Todo un complejo de vivencias logra su traducción justa en tres líneas: “El desterrado busca, / y en sueños reconoce su espacio más hermoso, / la casa de más aire”. (“El Desterrado Busca”). O en la maravilla de una línea solitaria: “Dolor de no ver juntos lo que ves en tus sueños” (“Copla”).

Pero en estricto rigor el ámbito de la poesía de Lastra no se ha expandido, no se ha desarrollado correspondientemente desde 1959 hasta acá. ¿No es sintomático que un poema del libro anterior –un bueno poema: “Estudio”- encaje perfectamente en la tónica central de esta nueva recopilación?

Examinemos esta tónica central. El personaje de estos poemas es un hombre cuyas apetencias vitales –el amor, la amistad, la alegría, la plenitud de la comunicación- solo se dan en un contexto de melancolía sin tregua, de tristeza sin remedio. Más aun: es una atmósfera de derrota inapelable. También esta contradicción interior del personaje poético –una vocación de plenitud enfrentada a las duras contingencias del vivir-, se resuelve de un modo negativo. El personaje no se sitúa de verdad en actitud de conflicto frente a las oleadas de desencanto que el mundo lanza contra él a lo largo del tiempo. Solo les opone una réplica de melancolía o de resignación defensiva:

“Ya hablaremos de nuestra juventud,

ya hablaremos después, muertos o vivos,

con tanto tiempo encima,

Hablaremos sentados en los parques

como veinte años antes, como treinta años antes,

indignados del mundo,

sin recordar palabra, quiénes fuimos,

dónde creció el amor,

en qué vagas ciudades habitamos”,

o conversando consigo mismo, sus palabras no son de rebeldía ni de protesta, solo consuelo:

“No te preocupes, ya tendrá la noche

No te dejes ganar por la impaciencia.

Deja pasar el tiempo,

todo sirve

para el tranquilo oficio de vivir”.

(“Instrucciones para la Vigilia”).

Tal ausencia de una real dinámica conflictiva en el interior de la poesía de Lastra, me parece el más grave peligro para su desarrollo.

Este mismo aspecto, desde otro ángulo, aparece como una constante negación del existir concreto y presente en beneficio de escapes de refugio hacia el pasado o el porvenir:

“Ya hablaremos de nuestra juventud

casi olvidándola,

confundiendo las noches y sus nombres”.

La desolación y la inseguridad frente al AHORA son tan grandes en el personaje poético, es tan grande su dificultad para aceptar y enfrentar el presente de existir concreto que hasta lo más definitivo y evidente para su conciencia –su propio ser y el de la mujer amada- surgen cuestionables:

“¿Y si hubiera nacido en otra parte,

en el Perú, en Praga, por ejemplo,

ya que amo esos lugares,

no serías el nombre, la figura que eres,

creada paso a paso

en estas calles tristes de Santiago,

no existirías tú, ni existiría

la presencia que soy, la que me has dado?”

(“El Azar”).

La demostración definitiva de esta negación del AHORA y del existir concreto en el personaje de estos poemas de Lastra, aparece cuando declara sus preparativos PARA EL CORAJE DE VIVIR:

“Vuelvo sobre lo mismo, pienso con gran cuidado

en lo que no nos pasa todavía,

preparo tus recuerdos y los míos

(¿son una sola cosa?)

antes que la memoria nos juegue con cartas marcadas”.

Enfrentar el presente preparando recuerdos no es precisamente un modo de asumir el AHORA concreto y este es el drama básico de que nos hablan los poemas de Lastra.

Ellos son verdaderamente hermosos, sin embargo. Vienen en este breve cuaderno algunos de los más logrados versos de amor que he leído en la reciente poesía chilena. Excepcional me parece –y concuerdo en ello con otros comentaristas que han disfruta esta obra- el poema “Serial”, una joya de exactitud y de síntesis expresiva, y que comienza con el verso que da título a la recopilación:

“Y éramos inmortales,

nuestras flechas daban justo en el blanco:

el Gran Jefe piel roja caía sin remedio.

Las hermosas muchachas eran siempre las mismas

y nos miraban con orgullo”.

En otro poema muy bueno, “La Tierra de Todos”, el impacto de la Revolución Cubana y el recuerdo de los viejos compañeros de adolescencia perdidos en la vida se conectan en un texto cuya fuerza y contención verbal se alimentan mutuamente. Solo aquí la tristeza del poeta deja una brecha para permitirle entrever una posibilidad de alegría: “y entonces las conversaciones y las cartas / me descubren una como alegría verdadera”.

Tal vez el personaje poético de Pedro Lastra necesite en algún momento cambiar uno de sus versos y decir:

“Borges, qué poco razonable

me parece lo que usted escribe

para acostumbrarnos

al desencanto del mundo”.

Entonces es posible que el poeta no necesite escribirse un “In Memoriam” prematuro, y que tampoco necesite refugiarse ni en la “inútil belleza” de la infancia ni en la preparación de recuerdos.

Pedro Lastra nos ha entregado un manojo de poemas finísimos. Nos debe sus poemas mayores, los que corresponden a una expansión inevitable de su talento poético.

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