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Luis Vulliamy: “Déjenme en el Paraíso”

Siempre es grato encontrar un poeta en cierne tras un nombre que no nos decía nada.

El de Luis Vulliamy tiene a su haber, desde 1954, varios libros de poesía y narración. No los conozco; hubiera dicho por este último que se trataba de un poeta muy joven en su vigoroso impulso inicial. Al parecer, sin embargo, lo acredita ya una historia casi larga de cuento y poesía mapuche y también de creación personal. Leyéndolo como a un autor nuevo, descubro en él una frescura jovial que la noticia de su trayectoria pasada no tiene por qué alterar. La lectura inocente tiene la palabra (no se trata, por lo demás, de un escritor hecho; quince años de tentativas son todavía un comienzo).

El principal interés de esta poesía reside en asimilar venas líricas –de experiencia y de lenguaje- que no suelen darse juntas: un elemento nostálgico, lírico y “lárico” ligado a la tierra y a la infancia, que nos recuerda a Jorge Teillier, y a una dimensión irónica y ácida que se expresa en la palabra conversacional de la familia parriana. La síntesis no es un ensayo de laboratorio: ambas raíces brotan de una unidad personal que se siente vívida, en sus mejores poemas.

De entrada se nos sitúa en un clima de nostalgias paradisíacas, de añoranzas de la naturaleza y de la niñez, en pugna con una circunstancia de civilización y cultura. El poeta, sin embargo, no rehúye el mundo exterior por la ruta del intimismo: las connotaciones históricas y sociales están presentes en su experiencia, y de ellas mismas, enfrentadas y no rehuidas, arranca su decisión arcádica, su problemático “Beatus ille”:

“El hijo del hijo de un poeta no servirá para astronauta,

no correrá hacia Marte.

Descubrirá el corazón inexplorado de las margaritas,

las caras de las agujillas de los pinos,

el salmón arcoiris que relumbra en la hierba,

la primera muchacha que lo acompañe al estero

¡Recemos para que el polvo maldito de la luna

no llegue todavía a la tierra!”

Este arraigo en paraísos perdidos establece una alianza connatural con ciertos tonos de ironía que evitan todo dramatismo al respecto, o que prefieren envolver los dolores del exilio en aires festivos:

“Mi vista merece un capítulo extraordinario.

… De todas mis gracias es la que más amo,

la que resguarda con mayor fidelidad

mi predilección bucólica”.

Diríase que el poeta está dispuesto a resistir la tentación elegíaca, las lágrimas derramadas sobre la Arcadia imposible, y que la ironía le suministra el elemento justo para distanciar su emoción. Ironía que asume a ratos la forma de lo grotesco, de la fábula gótica, de la aprehensión de lo humano bajo las figuras fantásticas de la vida animal. Así el autor se presenta bajo la mascarada del Pingüino Literato; así hace hablar al burro de su pellejo:

“Me lo hizo mi padre,

porque no sabía dónde meterse.

Ocurrió en una pesebrera sombría, llena de moscos,

donde con sus dientes de burra

mi madre comía haciendo morisquetas”.

Pero su tono dominante es solo moderadamente cáustico: la tragedia de lo perdido y del tiempo destructor suele expresarse como en sordina, en la austeridad de un lenguaje narrativo escueto y aún sentencioso:

“Entonces mi hijo será capitán de barco,

y por encima de los senderillos se besarán nuestras lápidas.

Porque los cementerios del mundo son los que más crecen.

Nuestra fe necesita cierto espacio

y lo toma con largueza de la muerte”.

Se alternan en esta poesía las situaciones inmediatas, tratadas con un descaro narrativo y juguetón, y el tono casi filosófico de las definiciones esenciales sobre la vida y la muerte. A su vez la ironía hace contrapunto a los sentimientos nostálgicos, y la palabra coloquial y narrativa se consuma en asertos sentenciosos y parabólicos. A estos heterogéneos elementos debe agregarse aun cierto leve hermetismo verbal, en virtud del cual la palabra convoca un mundo poético coherente donde los significados se ahondan y trascienden la superficie de los enunciados directos.

Una salud silvestre y despreocupada se manifiesta en estos poemas, una capacidad espontánea de poetizar las situaciones diarias y leves donde queda prendido un instante vivo de la existencia. Obras de una estructura muy libre y desenvuelta, su unidad interna no viene dada por el objeto ni por el lenguaje que suelen operar en múltiples registros, sino por una coherencia interior al sujeto poético, que le permite hacer acotaciones marginales, o interrumpir con gracia el discurso y anotar de paso: “Por casualidad no me refiero nuevamente a la violeta, / a su importancia pregonada solo de tarde en tarde”.

Estas son las mejores cualidades de Vulliamy. Por cierto que ellas no son constantes, y a menudo se pierden o quedan a medio camino. A ratos sus recuerdos y nostalgias se hacen obvios; su ironía no siempre llega a ser sutil; el tono narrativo se torna aquí y allá plano. Y sobre todo, a veces no termina de darse a entender, y el poema queda suspendido en una indeterminación no resuelta poéticamente, como si la clave de su emoción permaneciera inexpresada en el autor; el lenguaje, entonces, adquiere oscuridad e imprecisión, y gira alrededor de una intuición que se adivina real pero no se revela.

Sin embargo, sus aciertos son muchos y, sobre todo, se trata de un libro de poemas que resiste varias lecturas; que incluso las alienta y favorece con la sucesiva entrega de sus registros múltiples, de su vigor expresivo. Juvenil y promisoria me parece esta obra de un joven poeta que, llevando algunos años en el oficio, escribe como si empezara a encontrar hoy su lenguaje y su definición.

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