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Sombras en el estío

La poetisa chilena residente en Buenos Aires, Madge Hanna, acaba de editar en la capital rioplatense un libro de poemas con el sugestivo título de “Sombras en el estío”. La autora de “Cantares del silencio” entrega nuevamente las “esencias más puras de su espíritu”, las emociones de su alma generosa, con esa alegría tan peculiar de quien recibo todo lo que Dios le ofrece, en su vida bien lograda, venturosa y refulgente; pero no exenta de sombras ni de nubes, invariablemente disipadas por su cristiano optimismo:

“¡Ay si mi mente quedara envuelta en nubes,

no tendría en qué pensar;

dejaría en suspenso mis cantos

y perdería, las ansias de amar”.

En estos versos, como en los de “Cantares del silencio”, predomina la sencillez, embellecida por la palabra limpia, diáfana, trémula, a veces de pasión y dolor.

Nada hay de raro, de extravagante, ni de violento en estos poemas: la estrofa corre blanda, leve y armoniosa, como esos manantiales de aguas frescas y azuladas procedentes de las montañas vírgenes. En vano se buscan en estas páginas esos exabruptos, o versos rechinantes de lo que hoy se ha dado en llamar antipoesía; al contrario, Madge Hanna rehúye lo estrambótico; su verso es absolutamente libre, desembarazado y de airosa levedad.

Madge Hanna convierte su estro en un juguete:

“En sueños he jugado

como sueñan los niños,

con juguetes, solados, hadas y castillos.

He soñado volando en blanca alfombra de armiño,

y las nubes eran mi barco sin un solo marinero”.

Hasta en sus poemas graves, como “Crepuscular”, por ejemplo, se advierte ese retozo, espontáneo mensaje de su espíritu henchido de simplicidad y amor:

“Si tú me sorprendes muerte,

con mis cantos, con mis versos.

Yo dejo a los que van cantando,

me lleven en sus ecos.

No tengo prisa, no vengas,

aguarda un instante,

déjame saborear la savia de mi planta virgen

que, floreciendo, con el rocío y el sol,

hará un marco de enredadera

para mis etéreos deseos.

No podrás sorprenderme, porque te presiento;

en mis noches de silencio,

conoces mi corazón,

y mis íntimos secretos;

deja deleitar mis ojos,

cuando nazca la flor que adornará mi huerto.

Estás sola y quieres que te acompañe,

en tu helado y vaporoso vuelo.

No, no vengas aún, aléjate de mi aposento.

-No te des prisa, muerte,

pasa de largo, ¡hoy día soy feliz! No te espero”.

(Págs. 33-34)

La autora es sincera: sabe que la muerte vendrá porque el final de la vida llega y aquella no se deja vencer por los ruegos; sin embargo, la poetisa es feliz, la vida le sonríe, lo cual no significa rebeldía en su alma ante el querer divino; de ninguna manera, en “Plegaria”, no solo da las gracias al Señor por el don de su hijo único: “El árbol que me confiaste / celosa lo he cuidado, del sol y de las lluvias”; sino también se dirige a Dios para implorarle: “Quiero vivir, hasta alcanzar la caridad / infinita de su misericordia, amén”. (Pág. 25)

El numen de Madge Hanna es muy personal; sin embargo, si quisiéramos comparar su verso con el de algún poeta chileno, tendríamos que recurrir al neorromántico Julio Barrenechea, y vaya un ejemplo: la poetisa canta en “Vivencia”:

“Esos ojos que he besado, sin luz no quedarán

dichosa de haberlos rozado, y darles más claridad”

(Pág. 41)

Julio Barrenechea en “Definición de suavidad” dice:

“Hoy he besado rosas blancas,

y sé lo que es la suavidad.

Las rosas blancas que he besado

me revelaron la verdad”.

“Sombras en el estío”, como “Cantares del silencio”, revela que Madge Hanna ama la vida y la canta con la alegría de una niña juguetona, que hoy ríe y mañana llora.

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