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Búsqueda de Gabriela Mistral

¿Queda alguna veta desconocida, algún aspecto medianamente inédito en la vasta y enorme Gabriela Mistral? Nada con toda seguridad en su producción. Puede que algo en sus apuntes, en las conversaciones que se le grabaron, particularidad de su carácter con indiscreciones a veces tan sabrosas sobre política y políticos. Resentimientos sobre algunos escritores y leal amistad con otros. “Quiero mucho a Neruda. La gente aviesa trata de indisponernos. Lo conozco desde que era un muchacho tímido y delgaducho. Cuando yo era directora del Liceo de Temuco, Pablo venía a mi casa a buscar libros”.

Sí, algo se halla y porfiadamente se pierde en la eterna búsqueda de Gabriela Mistral. Su rostro en la intimidad, sin poses, veraz, humano. Mucho podríamos hurgar en esta temperamental y triste María Callas de la literatura. Para ellas, las taimadas de siempre, mujeres de genio y de mal genio, lo mismo era no salir a escena o no volver a Chile. La Callas notó cierta frialdad en el público e interrumpió una ópera en el segundo acto, con ruegos, súplicas, imprecaciones dramáticas para que continuara. Gabriela Mistral fue Premio Nobel en 1945 y no le llegó la invitación cálida y generosa que ella esperaba del Gobierno chileno. Hubo que esperar casi diez años a que viniera. En 1954.

 

LA DESCONFIADA

Desconfiada de los políticos. Y no creía tampoco en ciertos engreídos de la cultura. Sí hay que escribir por una urgencia vital que salga de adentro y no por el aplauso de grupos cerrados o de la crítica elogiadora de capillas en que se inciensan mutuamente.

Para ella, mujer de mucha verba y mucho meollo, hay una cultura hueca. Y es la que no tiende a la realidad de un país, la que no intenta mejorar la sociedad, la que no va a la búsqueda de una mejor estructura humana en todos sus ámbitos. En toda su amplia dimensión vital, económica y artística. Frases sueltas y aun escritos enjundiosos de Gabriela disparan en todos estos sentidos.

“Maestro enseña en tu clase el sueño de Bolívar, el vidente primero. Clávalo en el alma de tus discípulos con agudo garfio de convencimiento. Periodista ten la justicia para tu América total. No desprestigies a Nicaragua para exaltar a Cuba; ni a Cuba para exaltar a la Argentina. Piensa que llegará la hora en que seamos uno y entonces tu siembra de sarcasmos o de desprecio te morderá la carne propia. Ayúdanos tú a vencer o siquiera a detener la invasión que algunos creen inofensiva, y que es fatal, de la América rubia que quiere llevarnos todo y poblarnos los campos y las ciudades de sus maquinarias, de sus telas. Hasta de lo que tenemos y no sabemos explotar. Nosotros ensoberbecemos a ese Norte con nuestra inercia. Nosotros estamos alimentando con nuestra pereza su opulencia”.

 

LOS TÍTULOS HABLAN

¿Ha hecho alguien en la literatura chilena algún análisis de títulos? Que yo sepa no. alguien, aisladamente ha podido reparar en la posible significación de alguno, en las peculiaridades íntimas de carácter que pueden sacar a la luz. No existe un estudio detenido sobre cómo los escritores chilenos, la vasta y nutrida pléyade total, ponen ante el lector lo primero que éste conoce de ellos: el título. Es la primera impresión. Un aspecto muy importante y significativo. No se trata ya de decirle “dime con quién andas” sino algo más hondo y revelador: “dime cómo titulas y te diré quién eres”.

En Gabriela hallamos Desolación, Tala, Lagar. El primero es trágico y cortante. El segundo trae el arrancar de raíz, “talar” sin conmiseración. El último, una reminiscencia rural, bucólica, quizás un Valle de Elqui en vendimia. Y los tres, palabras escuetas, precisas, como quien, con pudor, apenas se atreve a lanzar una palabra única que revele su intimidad.

Queden para otra ocasión tantos autores que podríamos explorar y por qué no diríamos “desnudar” en este sentido. Neruda, tan poemático y filosófico: “Residencia en la Tierra”, “Tentativa del hombre infinito”, “Todo el amor”.

Hay una Gabriela aún desconocida en muchas cartas privadas que sé que por allí existen. Algún día con conocimiento de los destinatarios hurgaremos en ellas. Hace años conocía a Cristina Soro, cantante operitas que fue de gran calidad. La Scala la oyó y le dio su beneplácito, su toque de gracia. Un accidente fatal, cadera y pierna, cortó sus posibilidades. En su extrema vejez insistió en hacernos oír sus condiciones, piano y canto a la vez, venas hinchadas, garganta trémula. Y temíamos que en su enorme tensión y esfuerzo fuera el cisne que de súbito da el más bello canto final. Después, amable dueña de casa, nos agasajó el estómago. Y el paladar el espíritu con dos cartas inapreciables. Al querer mostrarlas la vimos buscar ansiosa por el diminuto departamento. No aparecía. De pronto en una caja de zapatos, debajo de un ropero una larga y encomiástica carta de Caruso. Y uno de esos recados de Gabriela Mistral, personalísimo, decidor, más valioso aún porque contenía un soneto dedicado a la cantante.

Hemos visto también correspondencia de la gran escritora con el compositor Pedro Humberto Allende. A ella la entusiasmaron, llegárosle a lo hondo las “Tonadas campesinas”, “La voz de las calles”. Poemas sinfónicos que iban a su misma veta chilenísima: “Maestro –escribía- no le exijo, le pido con fervor, con humildad música para mis canciones de cuna”.

Cuántas cartas habrá por allí en polvorientos cajones de escritores viejos, en buhardillas. Traspapeladas en libros, pegadas en álbumes. O en un marco esplendoroso para ser exhibidas y halagar una pequeña vanidad.

Una Gabriela Mistral en espera de que vengan en su búsqueda.

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