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Las heridas de Gabriela Mistral

Mucho se ha escrito sobre Gabriela Mistral, pero continúa siendo una personalidad con aristas desconocidas. Para algunos era una mujer dulce y apacible. Para otros un ser lleno de rencores que no olvidaba jamás los agravios. ¿Cómo fue Gabriela? En homenaje a los 80 años de su natalicio publicamos estas “aproximaciones” a su personalidad.

 

Se aleja silenciosamente de Chile en 1922, con un nombre literario que ya ha traspasado nuestra Cordillera, pero perseguida por visibles e invisibles personas que tratan de ensombrecer –o ignorar- su obra. Ese año fue llamada por el Gobierno de México para organizar las escuelas rurales. Publicó allí una Antología con lecturas para escolares, en la que seleccionó trozos literarios de escritores de todas partes del mundo. En 1924, es nombrada representante de la Universidad de México en Europa.

Continúan los nombramientos y las solicitudes de todos los países hispanoamericanos, en los que piden a Gabriela Mistral que los visite, dicte conferencias, dé cursos. La Habana y San Salvador la acogen con entusiasmo; la Universidad de San Salvador la recibe oficialmente y le obsequia una orquídea de oro y un broche simbólico. Es declarada “hija adoptiva” de Puerto Rico; nombrada Jefe de Letras y Consejera Técnica en el Instituto de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones en París y Miembro del Comité de Publicaciones Ibero-Americanas.

En esta misma mujer que, cuando niña, en la humilde Escuela de Monte Grande, fue calumniada, acusada de robo y apedreada por sus compañeras. La Directora estampó un juicio cruel sobre la pequeña Lucila Godoy, en el que la califica como “débil mental incapaz de estudiar” (1)(1) Revisar al respecto la entrevista a Mistral realizada por Santiago del Campo en “El Mercurio”, 8 noviembre 1953. (N. Ed.).

Cuando su nombre –ese nombre de ángel y viento que eligió como seudónimo- fue conocido a raíz de los Juegos Florales de 1914 en que se premiaron sus “Sonetos de la Muerte”, no faltó quien, sin base alguna, propagara aquello de que “el Premio se le dio para no declarar desierto el Concurso”.

 

¿PERSECUCIÓN, OLVIDO?

Desde ese día empieza la persecución a esta mujer que unos tratan de hundir inútilmente, mientras otros, los más poderosos, exaltan su voz, proclaman con admiración su talento. Son voces que nos llegan de otros países. Aquí –debemos reconocerlo- jamás falló la admiración del crítico “Alone” que la enalteció y asumió su defensa en muchas circunstancias.

Chile crea el Premio Nacional de Literatura en 1942. El nombre de Gabriela Mistral no se menciona. Debió ser el primero.

En 1945, recibe el Premio Nobel de Literatura: solo entonces el nombre de la olvidada, llena de primeras páginas de los diarios y revistas chilenas, los mismos que antes no la mencionaron, escriben sendos artículos sobre ella.

¿Habrá cicatrizado en Gabriela la herida –nunca dejó de hablar de ella- que le abrió la ingratitud? ¿Qué pensaría, después, ante el homenaje cruel y ridículo que significó para ella, y para muchos, que –seis años después del Premio Nobel- se le concediera, en 1951, el Premio Nacional de Literatura?

Tal vez –pensamos- no fue ajeno a esto el hecho de que, ese mismo año, la Alianza de Intelectuales le rindiera un homenaje con el deseo de promover la opinión pública para otorgarle, aunque fuera tardíamente, el Premio Nacional de Literatura. Pensaban que nunca sería tarde para enmendar un error. Nunca, como ese día, se ha visto el Salón de Honor de la Universidad de Chile tan desbordante de público. Roberto Parada y María Maluenda recitaron poesías de Gabriela; Luis Merino Reyes y Ángel Cruchaga Santa María, hablaron sobre la escritora; todas las instituciones culturales estuvieron representadas en este acto de fervorosa admiración.

Mientras tanto, Gabriela Mistral, que desde 1932 empezó su carrera consular, camina por diferentes países del mundo, que ella va eligiendo: Génova, Madrid, Lisboa, Niza, Rapallo, Petrópolis, etc. También lleva sus palabras al resto de América en 1937, en un largo viaje. Da conferencias y dicta cursos en las principales universidades y Centros de Cultura de Brasil, Argentina, Uruguay, Perú, etc. Su gira terminó en Estados unidos, donde sirvió la Cátedra de Literatura Hispanoamericana.

 

CHILE EN SU CORAZÓN

Todos saben que era despreocupada en su ropa. No le importaba la moda. Cuando regresó de México, vestía un traje sastre muy largo y la cabeza amarrada, sin ninguna gracia, con un velo azul fuerte. Caminaba así por las calles del centro de la ciudad. La gente se volvía para mirarla; otros la seguían. Después ese pañuelo fue reemplazado por una boina, y en otra época usó un sombrero de tipo cordobés, de alas amplias. “Pásame la pipiola”, decía y se lo colocaba de cualquier manera. Allí estaban sus amigas para ponerle el sombrero como debía. Solamente después de su viaje a Europa se cortó su clásico moño, dejándose el pelo suelto en una sencilla melena. El directorio de la Alianza de Intelectuales fue un día, acompañado por Rudesindo Ortega y Tomás Lago, a pedirle al Presidente Ibáñez algunas franquicias para el Congreso Continental de Cultura patrocinado por intelectuales americanos, entre ellos Gabriela Mistral.

“¿Creen ustedes que Gabriela Mistral vendrá a Chile?”, preguntó Ibáñez.

“Si usted la invita, vendrá dichosa, porque vive pensando en Chile”.

“Yo les aseguro que no vendrá”.

“¿Por qué dice eso Presidente?”

“Porque Gabriela me odia…Hubo un mal entendido, créanme. En mi primera Administración, uno de los Ministros me sugirió la conveniencia de suprimir puestos en el extranjero, pero sin nombrar a determinadas personas. Estuve de acuerdo. Hicieron la lista de eliminación y mucho tiempo después me di cuenta de que Gabriela Mistral estaba entre ellas. Cuando me enteré, ordené reparar esa injusticia. Pero había pasado algo de tiempo…Me gustaría que Gabriela supiera esto…”

Mientras tanto, aquella mujer que escucha las voces –inaudibles para otros- de la tierra, siente que sus viejas raíces, que han quedado en el Valle de Elqui, la remecen, llamándola. Vuelve por unos días, invitada ahora oficialmente por el gobierno de Ibáñez y contempla, extrañada, la apoteosis con que el pueblo la recibe. En algunos minutos se pierde su conciencia y piensa: “¿A qué personaje esperará toda esa gente?”. Pronto la golpea la verdad: es a Ella. Y desde muy lejos siento cómo vuelve el recuerdo de su partida solitaria. Han pasado muchos años. Su corazón debilitado, su cuerpo que como un viejo roble se dobla ante las tormentas del tiempo, ya no son capaces de enrostrar, como antes, la ingratitud de los suyos. Ella sabe de algunos nombres. Ahora, solo una sonrisa perdonadora se ve siempre en su rostro enflaquecido.

No ambicionó honores, pero estamos seguros de que ella, mientras en otras tierras recibió homenajes múltiples, soñó siempre que, algún día, Chile la tratara como a hija predilecta.

No ansió la gloria ni sintió la vanidad de su inmenso triunfo, pero se dolió siempre de que esa gloria, ese triunfo, ese nombre, se lo dieran y reconocieran otros países del mundo y no en el suyo.

Siempre volvían a ella las palabras humildes que acogió entre los pobres de su patria y los momentos de éxtasis de su infancia, cuando contemplaba los árboles, las piedras que surcaban su terruño, los hilos de agua que corrían por sus colinas, por ese Valle de Elqui, que la vio nacer. Sus “RECADOS”, publicados aquí y en otros países, hablan de ese amor desmesurado que fue creciendo cuando pudo caminar, libremente por el largo cuerpo de Chile, el que le transmitió e injertó a sus palabras, su vigor animal y vegetal, que ella vació, deslumbrada, en toda la obra de sus últimos años.

 

DIOS Y GABRIELA

Algunos afirman que era esencialmente católica. Sin embargo, nadie ha dicho que ella fuera mujer de prácticas religiosas.

Su Dios era aquel que buscaba afanosamente y lo encontró en su espíritu desmesurado, solitario, rebelde: el Dios que acudía a su conjuro humilde y también a su grito airado; el Dios compañero de sus impotentes esfuerzos para arreglar la vida de los hombres engreídos por el dinero; el Dios que en un instante de pasional urgencia era invocado así:

“…o húndelo en el argo sueño que sabes dar”.

Si retrocedemos a sus primeros versos de niña, comprobamos que no aparece en ellos un mundo religioso ni tampoco la fuerza pasional que caracterizó su obra. En la madurez de su vida, esa palabra, ese símbolo, ese gran Hacedor –Dios-, ese todo para tantos, es para ella la palabra Amor, que coge su corazón oprimido cuando la brújula ha fallado, y es, también, la fuerza vengativa que ella invoca para saciar y calmar, en cruciales momentos, su espíritu en llamas.

Sus “Sonetos de la Muerte” confirman su aferramiento temporal a un Dios fuerte, inmenso, comprensivo de su angustia, de su orgullo, de su despecho y de “su cara caída sobre el polvo”, que luego se alza iracundo y desafía, segura, su poder. No hay en ella búsqueda de Dios. Este es parte de ella misma, que surge imponente cuando la cuerda de la piedad o del odio se hace tan tensa que, al romperse, su sonido forma ese nombre indefinible: Dios”.

No supo ni pudo jamás volverse a los hombres para solicitar algo. No esperó nada. Soporta su soledad altiva con una inconsciente religiosidad que, alucinada y tosca empieza a surgir en su desamparo, en la impotencia de sus primeros años, para luchar con armas que aún no poseía.

No frecuentaba fiestas sociales y nunca se la vio luchando para estar “en primer plano”. Su intimidad, su sobriedad en el vivir e incluso, en su vestuario, la aproximan más a una “hermanita de los pobres” que a sus orgullosos compañeros de letras, exhibicionistas, generalmente, y alardeadotes de un talento, en algunos casos, dudoso.

Tampoco amaba el dinero. Solo lo suficiente para vivir “la hora de paz que vivo” (expresiva parte en la dedicatoria de “Desolación” al Presidente Aguirre Cerda y señora). Cuando recibió el Premio Nobel, compró una modesta casita en California. El resto lo repartió generosamente entre amigos que lo necesitaban. El dinero del Premio Nacional lo entregó íntegro para los niños pobres de Monte Grande, su tierra natal.

En su último viaje a Chile, Gabriela habló reiteradamente sobre la Reforma Agraria. Dijo: “Nunca se podría vivir el absurdo de un campesino sin predio, lechero sin pradera, vendimiador sin viñedo, ni productor de fresas sin huerto, como ocurre en Chile, donde la mansedumbre popular no reclama su partija de tierra para el cultivo: semejante mansedumbre ha hecho concebir esperanzas excesivas a los terratenientes. “Si ellos, los campesinos, no se mueven, ¿a qué moverlos?” –dice. Yo siempre he mirado como cosa América”.

En 1925, en un artículo titulado “Chile país inédito”, insiste con fuerza en lo mismo: “…una hectárea por cabeza de familia resolvería el problema económico del campesino de Elqui, si el horrible y deshonesto latifundio no estuviera devorándonos y hambreándonos allá, como a lo largo del país entero. El latifundismo chilenos forma parte del bloque de la crueldad conquistadora y colonial”.

En 1969 se han cumplido 80 años de su nacimiento. Ella no ha muerto. La tenemos viva, poderosa, altiva y humilde, renaciendo en cada florecer de la tierra chilena que tanto amó; viva, también, en el sentimiento de los hombres a los que transmitió, sin cesar, su mensaje de paz.

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