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Antología de Pablo de Rokha

Bajo el título de “Mis grandes poemas” aparece hoy en Editorial Nascimento una cuidada y extensa antología de la obra poética de Pablo de Rokha, cuya selección hizo el propio autor semanas antes de morir. Obra del todo indispensable, por la multiplicidad y la escasez de los libros originales –más de treinta volúmenes de pésima circulación-, la lectura global de esta antología da idea de la influencia que De Rokha ejerce hasta hoy en las letras nacionales. Ese tono suyo de la vivencia desgarrada y del lenguaje fluvial se vuelve a encontrar siempre aquí y allá entre nuestros escritores. Y, cosa curiosa, más en los narradores que en los poetas, al amparo de la corriente de conciencia y del monólogo interior; transposición explicable si se piensa en el distendido régimen verbal rokhiano, en el dispendio nada poético de su desordenado versículo. En todo caso, sus herederos más visibles son narradores de probado sentido lírico, como Carlos Droguett y Alfonso Alcalde. La obra de Pablo de Rokha ha traído a nuestro ámbito narrativo una generosa e inusitada corriente de intensidad vital, de fuerza emocional, y también una oleada de incontinencia literaria, una forma impulsiva y visceral de escribir a borbotones, en la que algunos –los mejores entre sus discípulos- encuentran una eficaz liberación, y los más son sepultados por su propia diarrea mental.

Cada página de esta obra es una intrincada mezcla de hallazgos sorprendentes con materiales a medio hacer, de intuiciones fulgurantes con caídas abruptas en el verbalismo y en el mal gusto. Hay detrás de cada poema ese tremendismo, esa voluntad de lo volcánico y lo inconmensurable, que tan pronto se condensa en imágenes justas y fuertes, como se disipa en la palabrería impotente, incapaz de adecuarse al flujo biológico de su intención creadora.

“En grandes, terribles aguas, como entre plomos cósmicos y abejas,

acumulando en manzanas de fuego y hierro primitivo,

el terror auroral del límite, la sangre, la cuchilla, la muerte, la esmeralda incendiada de los lagartos y el puntapié de los humillados y los ofendidos del mundo;

contra serpientes y llamas, contra leones y sombras,

navegaba la criatura popular, ardiente y bramando la soledad dramática”.

En el fondo de este versículo entre whitmaniano y huguesco, en el fondo también de su retórica de signo barroco, habita un sentimiento vivo de la inmenso y de lo agónico; solo que no siempre expresado o formado verbalmente en el poema, sino a menudo simplemente connotado desde fuera, anunciado, dicho, como si excediera a cada paso sus recursos concretos de expresión. Entonces se cargan las tintas en el léxico tremendista, del cual entresaco en una página cualquiera: volcán, aúllan, montañas paridas, clamor gutural, catástrofe cósmica, rugiendo, espantoso océano, agonizando, cataclismo, asesinada, alarido, infierno, degüellos, masacres, infinitamente, entrañas, trueno, desgarradora. Se produce la inflación de las palabras tremendas. Se vencen en el lector los resortes de la sensibilidad dramática y del superlativo: no hay interés que resista ese aluvión de inmensidades verbales. Y surge, por contraste, el peor enemigo de la grandeza: el aburrimiento. Para no hablar de cierta adjetivación grandilocuente y retórica que el autor debió sentir cargada de sentidos ocultos –tal vez lo estuviera en su día, fugazmente-, pero que en nosotros opera de una forma harto más banal, como ocurre con los frecuentes “pájaros matemáticos”, “verdades continentales”, “quesos trascendentales”, etc.

Al mismo tiempo, parece que todos los temas o las experiencias concretas que vivifican cada poema se hicieran homogéneos y se confundieran en ese sentimiento único de lo inconmensurable, frenético, sollozante, cósmico, ligado siempre a la autoconciencia hipertrofiada del autor, que lo empareja todo en torno a su propia gigantesca imagen. Cuando el poeta se olvida de sí mismo en favor de lo otro, cuando sus sentimientos se hace plurales y concretos, y su lenguaje se despoja de una caótica arbitrariedad inventiva en beneficio de alusiones más directas y realistas, esta poesía alcanza momentos de gran belleza y vibración. Así cuando el tema le impone un personaje y una anécdota objetiva –Raimundo Contreras, Jesucristo, Moisés- o cuando desgrana sus recuerdos personales en un lenguaje concreto y reconocible, como ocurre con los hermosos fragmentos evocativos de “Satanás” y de “Tonada a la posada de don Lucho Contardo”.

En sus mejores momentos, Pablo de Rokha es casi un gran poeta. También, si lo preferimos, le cuadra el historiado epíteto de “gran mal poeta”; o de “mal gran poeta”, todavía. La grandeza era su domino natural, pero el lenguaje se le quedaba atrás. Sentimos que sería sublime si un mayor equilibrio psicológico le hubiera permitido desaparecer a favor de su obra, o sublimar mejor en la palabra sus tormentos oceánicos.

Hay en él algo informe de perpetuo adolescente. Derrocha en todo momento una generosa ternura por la condición humana, que es también el signo de los marcados por su influencia; pero carece dramáticamente de sentido del humor, de esa pizca irónica –nadie le pide comicidad- que le hubiera hecho distanciarse un poco de sí mismo. Con ella le falta también la sencillez de las formulaciones poéticas austeras y eficaces; las que consigue enunciar, se pierden en un contexto dañado por la obligación en que se sentía de elevarlo todo verbalmente a la enésima potencia. Y a pesar de su arrolladora sinceridad y de sus invectivas contra el arte por el arte, no está libre de un abundante formalismo, ligado a su manera de crear: ese desatar, por obra del sentimiento, los poderes libres del lenguaje, que corre fluvialmente, inventando a destajo las más alambicadas formas, distantes ya del sentimiento original que estaban destinadas a expresar.

He aquí el “arte poética” de su incontinencia:

“Mi ser consciente ruge cuando piensa, brama cuando habla, gime cuando crea, cargado de instinto, discontinuidad y síntesis,

el lenguaje me desgarra el ser, llenándome de sangre bramante, me pare en diez mitades, rompiendo y uniéndome, con su gran pasada de monstruos…”

De todos estos atributos, el único que no le reconozco en el don de síntesis, del que careció. Otra de sus formulaciones poéticas –“las anchas oscuras masas sociales atropellan mi vocabulario”- enfatiza la imagen que tuvo de su propia poesía como voz del proletario, como expresión revolucionaria, como “dando al pueblo voz y estilo”, según su idea del Arte Grande y Popular. Esta idea me parece verdadera en relación a sus intenciones, a sus asuntos, a los sentimientos y conflictos de su obra; no así en relación a su lenguaje, escasamente socializado y popular, y más bien forjado a partir de una idea romántica del genio personal, de una superlativa primera persona singular de la locución poética, y de un individualismo corrosivo hasta la megalomanía. Por las mismas razones, y a pesar del populismo de sus contenidos, tampoco fue un poeta popular, cuando quiso serlo en el lenguaje –“Los arrieros cordilleranos”- fracasó. No podríamos calificarlo de chilenísimo en lo formal de su palabra.

Y sin embargo, entre sus líneas imperfectas aun caóticas se percibe siempre el paso de una vida desgarrada e intensa, de un alma grande y profunda, y aun el lenguaje de un gran escritor que, haciéndose perdonar sin dificultad de falta de una disciplina poética más rigurosa, extiende más allá de su propio género un modo de escritura torrencial que vivifica hoy a una parte importante de nuestra narrativa. Es en este dominio de la palabra, más que en la esfera poética, donde reivindicamos la figura gigantesca de Pablo de Rokha: más grande como escritor que como poeta, más grande como hombre que como escritor.

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