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Alfonso Alcalde: “El panorama ante nosotros”

Que la poesía en Chile está viva a pesar de los pesares; que está dramáticamente viva, aun bajo intensas presiones de soledad, espanto, miseria y tedio: eso vislumbra, uno al entrar en este gigantesco Panorama de Alfonso Alcalde, abigarrado canto general, suma épica largamente esperada por los pocos que, a través de pequeños y densos anticipos, sabían de su existencia aquí y en el extranjero; más largamente desconocida por el vasto público y aun por la crítica, en virtud del ostracismo personal y de la oscuridad lírica de su extraño autor. Aparece hoy el primero de sus cuatro tomos: diecisiete cantos iniciales, el doliente exordio de una obra épica construida durante veinte años en el ocultamiento, en el agobio, en el silencio del los inviernos perdidos de Coliumo, litoral de Concepción.

Pronuncio con timidez un juicio sobre este primer fragmento, que en su día debe ser analizado dentro de su monumental contexto. Más aun, este tomo inicial –“El arado de cinco dedos”- apenas entra propiamente en la materia épica que seguirá: cuatrocientos años de historia, conquistas, fundación de ciudades, aparición de docenas y docenas de personajes, en una suerte de Anabasis criolla, concreta por su arraigo en las tierras de Concepción pero también brumosa e indeterminada con su aire legendario y mítico, homérico y dantesco. Poco de todo eso resulta evidente en esta introducción, donde los personajes son todavía fugaces pretextos de un impulso poético de situación; y donde priman el sentimiento, la exploración interior, la geografía humana, con tintes metafísicos y sobre todo líricos, y la historia colectiva apenas se insinúa. La reconstrucción de un pasado nacional y total cede fácilmente la palabra a los ímpetus desatados del lenguaje, y a sus núcleos íntimos de experiencia: los sentimientos del amor y de la muerte, del tiempo y de la naturaleza, los oficios humanos demarcatorios de la gran aventura del Panorama, que se introduce aquí por vía cívica e impresionista.

Los cantos de este primer libro están llenos de un hermoso desorden y de caóticas y parejas reiteraciones. Críticas de estructura y de detalle, caben las que uno quiera. Todo es confuso y delirante, febril y casi neurótico en este gran poema. Y sin embargo, su desarticulado proceso entrega las señales vivas de una experiencia dolorosa. El amor y la muerte se repiten en la multiforme variedad de la angustia y de la alegría. Alegría, sí, porque todo es aquí primario, elemental, saludable, incorrupto. La mujer, la madre, la esposa, la tierra, los hijos, el vecindario, la leyenda son los hitos, los elementos náufragos de un paraíso perdido cuyos resplandores no se agotan. Los puntos altos de este lenguaje se logran sobre todo en torno a la mujer: la hembra como ángel de misericordia, como víctima y redentora del varón. Una ternura grande por la condición humana, salpicada de un humor triste y leve, completa en forma singularmente chilena el cuadro de las experiencias que han informado este primer volumen.

Desde luego, en este caos se puede detectar numeroso material (historias leídas en viejos libros, leyendas oídas de añosos interlocutores) mal asimilado al lenguaje poético, arbitrario, suelto, ni siquiera justificado por una presentación cruda al estilo pop: solo asimilado a medias. También hay un conflicto de géneros no superado. Hemos conocido las “novelas poéticas” de Alcalde; hoy apreciamos su “poesía narrativa” (no en el sentido de incorporar el lenguaje narrativo al verso –pues en su lenguaje domina siempre un desatado lirismo- sino en relación a la sustancia novelesca del hilo argumental). Más aun, este conflicto se agrava ahora con la presencia de lo épico y de lo dramático. Sin embargo esta confusión, por imperfecta que parezca, y tal vez sea, es de algún modo expresiva: es adecuada a la multiforme y delirante experiencia que nos transmite.

Otro tanto puede decirse de las voces que se reconocen en este Panorama: Vallejo, Neruda, Rosamel del Valle, Pablo de Rokha; entre los extranjeros, Eliot y Perse. Los veinte años de su composición han dejado huellas de época, influjos evidentes. Sobre todo César Vallejo, por esa entraña autóctona de ternura inocente, de pureza elemental, de oscuridad auténtica, de barroquismo sincero:

“Bienaventurado

el escaso de letra,

el amplio de sarcófago,

el superficial de muerte.

Bienaventurado

el dubitativo de escombro,

el solo de instrumento

el fácil de llave

el extremo de lágrima

el socarrón

de estremecimiento”.

Pero en el fondo de esta retórica, donde tantas voces se perciben, hay una autenticidad profunda, una naturalidad dentro de lo barroco, incluso una fiel expresión de la persona y de su situación social de hecho dentro del país y del continente nuestro, en cuanto se vive de preferencias culturales inciertas, fragmentarias, caóticas. Pues a estos préstamos formales pueden añadirse otros más lejanos e igualmente improvisados, que mezclan la Araucana con la epopeya griega y la poesía dantesca y la novela europea. Este desarraigo, esta fortuita resonancia de ecos y mitos y lenguajes varios resulta poéticamente expresiva de la marginalidad, del subdesarrollo, de nuestra carencia de historia, un poco a la manera de Lezama Lima, a quien Alcalde se parece también por su mecanismo psicológico delirante y genial.

Su barroquismo es siempre elusivo, oscuro, indirecto, arbitrario, casi estetizante y ebrio de palabras. Y, sin embargo, hasta en ese carácter se siente al hombre expresándose, usando su misma imperfección cultural como medio expresivo. En medio de sus delirios y arbitrariedades –tal vez por debajo de ellos- implanta un mundo humano coherente, subliminal, vivo. Pues el gongorismo flagrante de Alcalde no pierda la veta del ímpetu, del sentimiento, de la corriente emocional, como sucede también con la prosa de Droguett, paralela en muchos sentidos a esta poesía.

Y de pronto, en medio de pasajes inciertos, latos, algo reiterativos, el lenguaje de nuestro poeta estalla con una vida poderosa e inmanente, alucinada y torrencial, y arrastra al propio autor que pierde el hilo narrativo, épico, dramático, y se convierte en un médium de la palabra. Esto ocurre en las páginas más logradas del libro, singularmente en el Canto 7, en torno a amor y la muerte. El lenguaje habla solo y se construye con inconsciente sabiduría, asumiendo en tono de oración y bienaventuranza, un encanto sálmico y solemne que coincide con sus mejores momentos:

“Aquellos

suicidas

decapitados a borbotones

aun anclados dentro de su muerte,

aquellos que se devoraron

frotándose como piedras

para iniciar el primer fuego.

El amor los bendiga.

 

Aquellos

que abrieron sus entrañas

y luego velaron

sus enemigos bocas

profundas.

Loados sean”.

En pasajes como estos el lenguaje es un río que arrastra mil sonoridades y juegos y asociaciones secretas, un torrente fluvial que se construye con facilidad indisciplinada y magnífica. Lo que se dice entonces, se dice por debajo de las locuciones expresas, de la superficie arbitraria e imperfecta del lenguaje: se dice a través de una carga subterránea, emotiva, turbulenta, que es el sentido más profundo de la obra de Alfonso Alcalde.

La lectura de este primer tomo tan imperfecto como genial de “El panorama ante nosotros” nos deja en la espera impaciente de los cantos que siguen. Lo menos que puede decirse de “El arado de cinco dedos” es que nos abre el apetito.

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