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“Continuación del mundo”, poesía, por Alberto Baeza Flores

La distancia no lo atemoriza, el tiempo no consigue apagarlo y no lo cortan los cambios, las persecuciones, los vaivenes; en fin, todo lo que dicen del amor le conviene a la prolongada fidelidad que este chileno errante, amigo de aventuras, le ha conservado a su tierra natal. Un tiempo pareció haber echado raíces indestructibles en “la isla paradisíaca”: luchó, venció, amaba y vivía, triunfante. Lo arrojó todo contra la tiranía tentadora que doblega a los intelectuales del mundo para someterlos a su servicio. El poeta Baeza Flores prefirió volar a lo desconocido y sus mensajes a Chile venían de puntos distantes, hitos de su libertad reconquistada.

Ahora nos llega de San José de Costa Rica con la misma nota ligera de nostalgia añorante y de lejano amor. Ya no solo la tierra, sino el cielo ha cambiado. Pero sus miradas no pierden la orientación y su mano busca siempre el mismo rumbo.

“En vano yo busqué tu mano

en una ausente Navidad.

Estabas casi al fin del tiempo.

Yo te llamaba sin llamar.

El cielo con los astronautas

se florecía en nueva edad.

Yo preguntaba por tus sueños.

¿Quién me podría contestar?”

Poesía discreta que busca la sordina y solo deja en raras ocasiones escapar, contenido, irrefrenable, el lamento interior. El mucho correr mundos diversos le ha enseñado a guardarse del aire y recogerse en su interior.

“La mora para que tiña

ha de teñir de morado.

El amor para que dure

ha de ser disimulado”.

No los grandes acentos; la insinuación; no los altos gritos: ¡La sonrisa! la vida de los trópicos ha pasado sin borrarlo sobre el chilenos inicial, que conservaba heroicamente la actitud, el sentimiento de una antigua dignidad, un recato que acaso ahora sea más fácil hallar fuera que en un su propia fuente.

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