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“Aún”, poemas de Pablo Neruda

Como de todas maneras, tarde o temprano, con o sin gusto, es preciso tener una idea del universo, acercarse a la metafísica, he aquí que Pablo Neruda, poco a poco y no sin hacerse rogar, ha llegado a formarse una especie de filosofía no distante de cierto panteísmo humanitario, por lo demás eminentemente poético.

A él le convienen las imágenes de las cosas y saborear con apetito las sensaciones. No hay más goloso de tanto: en eso, en tanto más, parece un niño. Todo quería tocarlo, poseerlo, confundirlo.

¿Cómo ubicarse en medio de ese caos? ¿De qué modo dirigir la corriente? ¿De dónde hacia dónde?

En esa emergencia, flotante, el panteísmo acude con el cortejo de sus dioses y su divinidad vaga, universal, su amplitud que permite imprimir al caos cierto orden, un amor a los seres y las cosas, indistinto, que entrega al poeta el don insigne de encontrarse a sí mismo como parte de la inmensa sinfonía. La fábula brota entonces y la metafísica se torna mitológica.

“Si hay una piedra devorada

en ella tengo parte:

estuve yo en la ráfaga,

en la ola,

en el incendio terrestre.

Respeta esa piedra perdida.

Si hayas en un camino

a un niño

robando manzanas

y a un viejo sordo

con un acordeón,

recuerda que soy

el niño, las manzanas y el anciano.

No me hagas daño persiguiendo al niño,

no le pegues al viejo vagabundo,

no eches al río las manzanas”.

La expresión poética, el hablar mitológico, se le ha vuelto a Pablo Neruda en una función de su temperamento, una manera de ser. Diríase que asiste al espectáculo habitual de su yo en trance lírico, sin exaltaciones convencionales, ritual, naturalmente, como quien respira y anda. Como el que juega un tanto maravillado de que, al golpe de una varilla de palabras puras, cosas y seres se pongan a vivir, transfigurados, cual si un momento volvieran a su primitiva libertad y al goce de existir.

Este “Aún” de circunstancias, tarjeta de cumpleaños e invitación amiga, trae su mensaje descuidado, dejando fluir el mismo manantial de para la misma sed. No para otros. Solo que esos pocos a quienes se dirige forman una multitud e invaden los dominios del poeta, multiplicados en torno suyo como las arenas, como las olas, innumerables y renovándose respuesta del coro anónimo a la voz magistral que no se agota, unida a sus propios ecos, hecha una con todos, panteísticamente, de un mar a otro mar.

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