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Pedro Lastra en la poesía

Ya hemos hablado más de una vez de la presencia de lo que creemos una nueva sensibilidad en la poesía chilena de los más jóvenes; la mayor parte de sus obras se define fundamentalmente por la  búsqueda de un lenguaje que concrete esta nueva sensibilidad. En general parece que toda la nueva poesía en Chile no está haciendo otra cosa que buscar su cauce expresivo, ya que el cuerpo anterior se le hace estrecho y le incomoda.

Lo negativo de todo esto es que el público lector que se ha quedado a notoria distancia y poetas y lectores marchan por túneles separados que no se encuentran ni se cruzan, tal vez porque en su búsqueda la poesía chilena actual ha desechado en gran medida todo lo que entregara la poesía anterior. Por lo menos quiere y cree hacerlo.

Sin embargo esto último tampoco se logra plenamente, y de allí que en mucho aparezca algo frustrada.

Dentro de este panorama resulta desconcertante la publicación de un libro que no tiene miedo de cantar todo lo que estos sabios, como el de la vieja fábula, van desechando. Y que para colmo lo haga bien.

Es el caso del último libro de Pedro Lastra: “Y éramos inmortales” (Ediciones La Rama Florida, Lima, 1969).

A diferencia de otros poetas jóvenes actuales, Pedro Lastra no teme a la poesía de amor y de melancolía, y en esto no disiente del maestro Neruda, que algo sabe de estas cosas. Neruda recordaba: “Y no olvidemos nunca la melancolía, el gastado sentimentalismo, perfectos frutos impuros de maravillosa calidad olvidada, dejados atrás por el frenético libresco…”

Pedro Lastra va al rescate de los viejos motivos líricos: el amor, la nostalgia, la melancolía, la ausencia de la mujer amada… Esta actitud de rescate no es simplemente lírica. Es decir, no obedece a una mera búsqueda poética de intencionado rescate, sino que es auténtica expresión de una vivencia propia, de su propia sensibilidad.

Quiero decir que Pedro Lastra se realiza plenamente en este lenguaje, que en él no es retórico, ni artificioso, ni postizo. Es simplemente auténtico. Y es este pulso de autenticidad el que se respira en cada verso. El clima lírico del libro fluye tranquilo y pleno, sin estridencias, sin tropiezos, mostrándonos un poeta cuya respiración encuentra cauce adecuado en el lenguaje que maneja.

Cito un ejemplo, uno de los poemas que, a mi juicio, resume muy bien el aliento de todo el volumen:

“¿Y si hubiera nacido en otra parte,

en el Perú, en Praga, por ejemplo,

ya que amo esos lugares

no serías el nombre, la figura que eres,

creada paso a paso

en estas calles tristes de Santiago,

no existirías tú, ni existiría

la presencia que soy, la que me has dado?”

Casi todos los poemas tienen esa brevedad instantánea, que coge un destello, una chispa lírica, y la mantiene palpitando para que alumbre. Y en esa brevedad de la imagen se logran acentos de veras hondos en su honda sencillez, como estas “Nuevas razones de Descartes”, apenas cuatro versos:

“Regreso, luego existo;

pero cuidado, piensa

si alguna vez

saliste de verdad”.

El sujeto lírico de todos los poemas se va conformando como portavoz de una serena nostalgia de futuro. Esta paradoja es evidente en versos como “Vuelvo sobre lo mismo, pienso con gran cuidado / en lo que no nos pasa todavía / preparo tus recuerdos y los míos…”. El anterior poeta del amor y la melancolía cantaba el amor pasado y a las muchachas “du temps jadis”, que diría Francois Villon. El sujeto lírico de este libro, en cambio, tiene nostalgia de un futuro que prepara, como si lo deseable estuviera ya marcado por la caducidad y naciera junto con el temor de realizarse.

Esta idea difícil de desarrollar discursivamente en tan menguado espacio, se advierte desde el título mismo. En él juegan los dos valores: el de caducidad y duda y el de perennidad: “Y éramos inmortales…” “Éramos” inmortales…

Dejemos aquí apuntadas estas observaciones. Valdría la pena detenerse en otra oportunidad sobre este libro de Pedro Lastra, el tercero en su trayectoria y el mejor, a nuestro entender. Por de pronto, sirvan de anticipo estas notas.

 

* Esta nota fue leída el día 4 de mayo de 1969 en el programa “Sobre libros y autores” que el autor tiene todos los domingos en la Radio Valentín Letelier de la Universidad de Chile de Valparaíso.

Pedro Lastra

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