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Antología de la Poesía Chilena Contemporánea

No pensará erradamente quien sostenga que esta antología de la poesía chilena, presentada por la Editorial Gredos, de Madrid, y como volumen correspondiente a la Biblioteca Románica Hispánica, dirigida por el profesor Dámaso Alonso, no se deba en buena parte a la acción particular del escritor Miguel Arteche, agregado cultural de nuestra Embajada en España; miembro de la Academia de la Lengua, tal vez el más joven, de inmediata ascendencia hispana y está en su oficio difundir el caudal intelectual de su patria. Al menos así lo juzgamos nosotros y, hurgando en el fondo, creemos no andar lejos de la realidad.

Con la actual selección los vates nacionales llegan a su culmen en lo que respecta a la divulgación de su obra; nunca, que sepamos, se ha publicado en el extranjero un panorama tan bien dispuesto y preparado de nuestra lírica.

Los compiladores son notoriamente conocidos en el ambiente cultural chileno: Roque Esteban Scarpa y Hugo Montes Brunet; ambos son cofrades de los hombres que traían en su estudio, poetas de acento moderno y amantes de lo clásico, comentaristas literarios y profesores del idioma español en centros universitarios. La combinación no pudo ser más acertada. Podemos confiar en que lo que ellos juzguen bueno y bello está señalado con tal calificación.

Los poetas antologados van desde Pedro Prado a José Miguel Ibáñez, analizando aquí, por tanto, cincuenta años de producción en verso: se empieza con el primero precisamente por el concepto de “contemporánea” que ha querido dársele a esta selección. Nosotros hubiéramos deseado que ella hubiese comenzado con Pedro Antonio González, corifeo del modernismo en este suelo, y hubiese incluido a Dublé Urrutia y a Magallanes Moure; se nos ocurre que “Fontana Cándida”, “En el fondo del lago” o “La procesión de San Pedro” dirían bien de la literatura nacional al llegar el libro a los países de lengua española.

De los veintiséis autores presentados se proporciona una página de información y juicio y se publica una apreciable cantidad de composiciones de acuerdo al mérito de cada uno. Un prólogo breve procedió a la producción, escabulléndose cualquier estudio intenso de nuestra poesía, cabalmente porque se quiso que este volumen ensanchara su base objetiva y se colocara bajo el signo de la sencillez y sobriedad.

Sobresalen los líricos consagrados en el parnaso nacional, cuya fama rebasa los linderos del habla castellana: Gabriela Mistral, Pablo Neruda, de quienes se inserta mayor número de piezas, ampliándose también los datos referentes a su vida.

Si del resto de los bardos quisiéramos destacar uno, solamente uno, no más, señalaríamos a Óscar Castro, autor que murió a los 37 años, compuso un conjunto de cuentos bien cortados, un par de novelas y una trilogía poética del mejor gusto: en ella unió el tono eglógico con el semiclasicismo de la forma y la novedad de sus metáforas, que corren aladas aquí y allá en medio de sus estrofas con una abundancia y mesura que encantan. No resistimos al deseo de transcribir el primer grupo de versos de su composición “Romance del vendedor de canciones”, dejando al lector el continuarlos en cualquiera antología chilena actual:

“Cuando los arroyos bruñen

filos de luna en el agua

el hombre se va cantando,

cantando por la montaña.

Los ojos de los borricos

llevan estrellas mojadas

y los huertos de mi tierra

le dan perfume a sus árguenas”.

En la nota biográfica se menciona su “Glosario Gongorino”, breve porción de sonetos escritos bajo la inspiración de una frase empleada en los suyos por el maestro de las “Soledades”, don Luis de Góngora y Argote.

Buen conjunto de valiosas piezas estróficas, esta antología dirá a lo largo y ancho de España y América la madurez de nuestra lírica.

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