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Neruda en la casa natal

Recuperar lo irrecuperable, se ha dicho, es la intención primera del poeta. Encontrar, como escribió Rilke, la verdadera patria en el tiempo. Pablo Neruda, cantor constante del dorado minuto en que se vive, exaltador del futuro junto a él tiene un doble que vive en busca de las aguas subterráneas de la memoria como un rabdomante que, a través de la varita mágica de la poesía, detecta la casa natal, la región natal que para él –más que Parral de donde es municipal “Hijo Ilustre” (no así de Temuco)-, es la Frontera en donde “lluvia, viento y sombra hacen la vida”.

Se trata del cumpleaños del poeta, y a riesgo de ser totalmente anticientíficos hemos leído el horóscopo suyo que se puede establecer bajo las líneas del signo de Cáncer. Según los astrólogos, una de las constantes de los nacidos bajo este signo, es la de querer reconstruir la casa natal a imagen y semejanza de como se guarda en la memoria, volver al umbral materno, a las aguas del nacimiento: la lluvia, el mar de la Frontera que es el mismo numeroso y frío mar Pacífico que se rompe frente a Isla Negra. (Por lo demás, dudo que algún lector posible de este artículo alguna vez se haya privado –aun cuando sea a ocultas- de leer su horóscopo). El Temuco de los años 20 en donde Neftalí Reyes, alumno del Liceo y miembro de un Centro Literario que presidía Gabriela Mistral, escribía sus primeros versos, era una ciudad de zinc y madera, como lo son todavía pueblos detenidos en el tiempo: Pillanlelbún, Lican Ray. Y cuando el poeta, ya maduro, viajado por todo el mundo quiere construir su casa, pide en un poema de “Estravagario”, que le envíen madera del sur para tal efecto. Porque la madera son los árboles que fueron nuestros antepasados, y también la casa de madera es el bosque que en medio de la ciudad anida para nuestros sueños el canto de los pájaros muertos que habitaron en los bosques de la infancia. Si, “desde entonces mi amor fue maderero / y lo que toco se convierte en bosque”, dice Pablo Neruda en “Donde nace la lluvia” cuando en el umbral de los sesenta años reconstituye su vida en su “Memorial de Isla Negra”. Hay una delectación en Neruda por reconstruir el Temuco pionero donde le tocó vivir su infancia y adolescencia. Tomar las muestras de los negocios: La Llave, la Campana, La Olleta, buscar el caballo embalsamado que también nos tocó ver a la puerta de la talabartería que debía incendiarse al fin como toda buena talabartería fronteriza. Y un fenómeno curioso es el ver que Pablo Neruda adolescente no tenía ningún amor por el Temuco donde vivía (entendámonos, no por el ámbito físico, sino por el ciudadano). Así, escribió: “Aquí entre estos burgueses de aldea desganada / donde el donde de un poeta es casi lo mismo que un ladrón” [sic], o en “Crepusculario”:

“El pueblo es gris y triste. Si estoy ausente pienso

que la ausencia parece que lo acerca a mí.

Regreso y hasta el cielo tiene un bostezo inmenso.

Y crece en mi alma un odio, como el de antes intenso”.

Pero cuando tras el viaje nocturno en tren que lleva a Santiago lo deja en la Estación y se corta el cordón umbilical de todos los provincianos, el poeta se ve en medio del asfalto, sin raíces y las busca de nuevo, las buscará por toda su vida. Y creo que esta toma de conciencia empieza en la “Copa de Sangre”, la extraordinaria prosa sobre la muerte de su padre, el tantas veces cantado ferroviario don José del Carmen Reyes (una digresión: los poetas chilenos escriben más sobre el padre que la madre, singular hecho merecedor de estudio). En sus sesenta y cinco años, el poeta universal y cosmopolita que es Pablo Neruda, sigue siendo un fiel habitante de la Frontera, que comprendió primero que nadie en “El habitante y su esperanza”, obra precursora de la actual novelística latinoamericana y no dudamos que es fundador de la Frontera, como entidad del espíritu, junto a Ercilla, Pedro de Oña, Dublé Urrutia y todos los poetas del Bío Bío al Toltén que lo saludan en su día, desde Juvencio Valle, Altenor Guerrero, Francisco Santana, hasta Raúl Mellado y Omar Lara, junto a las sombras vivas de Teófilo Cid y Aldo Torres Púa.

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