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Enrique Lihn: “Escrito en Cuba”

Escrito en Cuba y publicado en México está el último libro de poemas de Enrique Lihn. Leído en Chile, donde se sitúa en la vanguardia de una experiencia ética a la vez que formal de la poesía, parece en muchos sentidos un intento límite: una liberación del pasado, una decisión de quemar las naves aun al precio del desarraigo; un exasperado recomienzo, que de su misma radicalidad moral y técnica recaba una vertiginosa proximidad con el vacío, a la vez que una estimable autenticidad.

Pues un paso más allá parece estar la nada, la mudez terrible de la página en blanco, el tedio abismante de la nada. Tanto el lenguaje como la vivencia de estos poemas, en su sinceridad descarnada y en su ausencia completa de retórica, rozan sin atenuantes el vacío de la condición humana, de la palabra, del amor, de la poesía, casi de la propia revolución. La revolución por desesperación. Una aguda inteligencia poética trabaja aquí sobre las regiones más enrarecidas de la conciencia. Una angustia implacable y casi familiar ya, que no se hace ninguna concesión a sí misma en forma de dramatismo, compasión o literatura, ha encontrado su expresión desnuda en una prosa de versículo, severa y deslucida por voluntaria purificación, y secretamente animada por las cargas de profundidad de su intuición.

Y en verdad, si otros muchos acercan hoy el lenguaje poético al decir coloquial, a la narración, al periodismo, Enrique Lihn va más lejos y, poseído del mismo afán de reconciliar la palabra con la realidad urgente y primera, conquista para la poesía los acercamientos más indómitos del monólogo de conciencia, con su aparente caos, y del discurso ensayístico, con su aparente fría objetividad. Poesía de la memoria y del pensamiento, no de la emoción ni de la fantasía, la superficie de este lenguaje es aguerridamente apoética: posee una osadía para abordar los problemas más resistentes a la poetización, y una ejemplar libertad para decirlo todo; vive del desorden de los recuerdos, de la dispersión de los hechos, de la arbitrariedad de la anécdota, de la fluidez analítica del ensayo. De allí que elija la forma del versículo largo, sin huella perceptible de ritmo o de elaboración sonora. Poesía sin música, sin imagen, logra sin embargo un curioso efecto poético, como si el propio pensamiento, al tocar fondo, en la realidad o en la nada, le suministrara un ritmo y una imagen insensibles, más secretos y puros.

El poeta se ha jugado hasta el límite. El riesgo formal de esta poesía es, a su vez, la réplica de su riesgo moral: la aventura de la sinceridad irrestricta, la audacia de mantenerse a toda costa en la realidad, en las zonas más apoéticas y desamparadas de la realidad. El resultado, dentro de su carácter fronterizo, es sólido: Enrique Lihn ha encontrado cierto lenguaje y cierto temple de espíritu, ha hecho algo nuevo con la palabra. Ha creado una forma verbal que se adapta con justeza al devenir de su pensamiento.

De él diría yo, salvadas todas las distancias, lo que afirmaba Eliot de Whitman: que es todo un escritor en prosa, y que escribe de un modo que tiende a presentar su excelente prosa como una nueva forma de verso. Creo, en suma, que lo discutible no es la calidad de este lenguaje, sino la medida en que pueda llamárselo poesía. Se le reconozca o no este carácter, ha de saludarse en esta obra la escasa y sugerente condición de plantearnos la pregunta sobre la esencia y el alcance de lo que llamamos poesía.

Así, casi sin buscarlo, con el simple impulso de su ahondamiento humano, Lihn se convierte en un poeta altamente experimental. Debe hacerse una salvedad: lo experimental nos evoca una aventura de la inteligencia técnica, una nueva pirueta formal. Estamos aquí en las antípodas: en la absoluta y descarnada supresión de toda retórica, de toda convención formal, de todo juego imaginativo o sonoro, de toda gárgara. En esta desnudez prosística llevada al límite reside precisamente el experimento de Lihn. Debe añadirse que esa anulación de la retórica no puede conseguirse sino mediante otra retórica, y que en virtud de ella el poeta, a ratos, se imita a sí mismo. La prosa también puede ser una receta para la poesía.

Lihn hace suyo, en el propio texto, el dilema famoso: “la poesía está en las cosas o es simplemente un espejismo del espíritu”. Rehuyendo el espejismo de los oficios verbales, el poeta se ha vuelto hacia las cosas. Pero estas, con poesía y todo, se le han vuelto bastante irreales. El resultado es una nueva fantasmagoría, bien que intensamente sufrida por una conciencia real: “el espejismo que somos”, dirá Lihn. Esa sería nuestra realidad, que la poesía revela. El espejismo de una conciencia exasperada en una situación existencial límite. Pues hay aquí una feroz autoconciencia poética, tan lúcida que amenaza disolver toda realidad –poesía y cosas, poeta y mundo- en un juego de espejos, en la nada.

El autor toma distancia de sí mismo, desconfía, se objetiva, el escepticismo lo hace su propia víctima, examina sus propias imágenes, las condena. Este análisis de los recursos poéticos dentro del mismo poema ocurre varias veces. Se debe, pienso, a una voluntad apasionada (la única voluntad visible en un contexto de apatía profunda), a un deseo vivo de suprimir toda retórica o, lo que es igual, toda inautenticidad.

Por esta vía autoconsciente se termina expresando la vaciedad interna de la conciencia, la inutilidad de la poesía, la inanidad de las pretensiones de expresarse. La nada de las cosas y de la poesía. La desesperanza de la conciencia que no participa. El tedio que inhibe toda posible participación en la realidad, en las realidades. Aun en la realidad de la revolución, para la que no hay mayores elogios o entusiasmos, sino la misma conciencia lúcida y distante. Y es que la lección final es la impotencia de las imágenes, de las palabras, de los poemas, y el poder de los hechos exteriores, mostrencos, ni siquiera poetizables.

El resultado poético de esta completa odisea personal, una de las más auténticas de nuestras letras, es positivo y creador. Yo me pregunto solo si este camino no conduce al silencio puro, a la nada. Creo que la experiencia y el lenguaje de Enrique Lihn solo pueden vencer esta seducción mediante una participación afectiva más silvestre y plena en la realidad, en cualquier forma de realidad que no se vuelva entre sus manos un espejismo.

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