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Años de bohemia

Cuando Jorge Délano produjo “Norte y Sur” –la primera película sonora del continente- utilizó como estudio un salón de patinar de la Alameda, y en ciertas escenas le sirvieron de reflectores los faros del automóvil de Enrique Kaulén.

Fui testigo de esa empresa histórica y la recuerdo como símbolo de una época; la difícil década del 30 en que tocó a los artistas y escritores de mi generación hacer sus primeras armas. Eran tiempos en que el ingenio y el derroche de esfuerzo tenían que imponerse a la paralizante pobreza del medio. Cierto que aún teníamos una moneda decorosa y don Gustavo Ross ganaba cuatro mil pesos mensuales como Ministro de Hacienda; pero cualquiera ambición o proyecto de quien no fuese rico estrellábase contra el muro de la falta de recursos. El que quería tener casa propia debía ahorrar peso a peso, durante años que eran como siglos, hasta enterar su valor. Pueblo y clase media no soñaban todavía con los innumerables sistemas que se crearon después para convertir al pobre en propietario y en pequeño agricultor o industrial. Y la juventud no vislumbraba las miles de posibilidades que vendrían con las becas nacionales e internacionales, con las carreras cortas, las universidades técnicas, los créditos educacionales, el auge de las profesiones artísticas y la ofensiva alfabetizadora… (Notables conquistas que han tenido la virtud de exacerbar la pereza, la indisciplina, la insolencia y la irresponsabilidad del grueso de sus beneficiarios).

Los jóvenes de los años treinta que se iniciaban en el arte o en empresas creadoras requerían de un temple heroico para no malograrse. Incluso los artistas y escritores con una trayectoria cumplida sabían lo que es vivir a salto de mata. De esa realidad surgió la idea caritativa de Tomás Gatica Martínez: emplear a sus colegas en el Departamento de Extensión Cultural del Ministerio del Trabajo. Pocos saben hoy que allí sirvió Pablo Neruda como bibliotecario, Joaquín Edwards Bello a cargo de la sección Docencia y Antonio Acevedo Hernández como organizador del Teatro del Pueblo. Otros contratados fueron Carlos Cassasus, Tomás Lago y Eduardo Anguita; y acaso estuvo también Ángel Cruchaga, para quien el sueldo vital constituía una renta de magnate.

Con el proyecto de fundar una editorial popular, intenté guarecerme en aquella casa de socorro de escritores, pero eran ya tantos y tan permanente la tertulia con visitas, que no halló Gatica un rincón en donde darme cabida.

Funcionaba el Ministerio en la orilla norte del río y frente a la estación Mapocho, de manera que los mágicos pitazos de los trenes de Valparaíso entraban por las ventanas de las oficinas. A la hora del té o la cerveza llegaba a ver a Neruda el singular poeta Alberto Rojas Jiménez, después de hacer su aro acostumbrado en el barcito de El Canario Navegante de la plaza Venezuela. Quizá sea Rojas Jiménez la más pintoresca personalidad que haya decorado la bohemia santiaguina. Era un vago y noctámbulo graduado en Europa, con experiencias de risa y drama que recogió en el insuperable volumen de crónicas “Chilenos en París”. Refiérese este libro a la época en que Óscar Fabres era un dibujante de moda de la élite parisiense; los años de auge de Vicente Huidobro, al que llama “poeta francés nacido en Santiago de Chile”, y de Manuel Ortiz de Zárate, pintor patagón (según Apollinaire) que fundó en Montparnasse la Sociedad Protectora de Artistas. Con tales antecedentes se comprenderá también la amistad que unía a Rojas Jiménez con Edwards Bello, el inagotable cronista y conversador que decía: “Puedo hablar indefinidamente, a condición de que no me interrumpan”. Eduardo Anguita pudo comprobarlo y cuenta que cada vez que pasaba frente a su escritorio, en la sección Docencia, oía la voz de divo de Joaquín refiriendo a algún interlocutor silencioso:

-En Suiza las vacas amanecen maquilladas…

Qué labor desarrollaron los escritores en el Ministerio, es difícil precisarlo ahora; lo que se sabe es que el Ministerio dio un poco de bienestar a esos talentos que, convertidos en funcionarios, no tenían ya tiempo libre para escribir. Es la ley del artista: a Rafael Maluenda se lo tragó el periodismo. González Vera vendía cuadros, y Juan Casanova, director de la Sinfónica, era gerente de un molino en Melipilla.

Lo que no supe entonces es de qué vivía Rojas Jiménez, y es casi una crueldad imaginárselo trabajando en una oficina. Prefiero dejarlo en su mundo encantado –que así parece ahora, aunque no lo fuera del todo-, reinando en la bohemia desde un sitial que después de sus días nadie osó ocupar. Con la sola narración de sus chascarros y rasgos excéntricos se podría escribir un volumen. Cierta vez, al cabo de una noche de fiesta corrida, fue con Anguita al Mercado Central para componer el cuerpo con el clásico caldo de cabeza. A las siete de la mañana tomaron un tranvía en la calle Bandera para irse a sus casas. Al mirar de pronto a su amigo, Anguita descubrió que llevaba en el ojal, a manera de condecoración, un pejerrey que había cogido del mesón de una pescadería.

Otro de sus compinches, el librero ambulante Rafael Hurtado, recuerda que Alberto era anodino y hasta antipático, cuando estaba sobrio. A la primera copa se animaba y asumía una prestancia de gran señor, con actitudes y modales exquisitos, y entonces brotaban su simpatía y su ingenio como de un surtidor.

Un tiempo usó chambergo –le oí contar a Hurtado- y se apareció en Valparaíso con este sombrero romántico y un capote de tranviario que tal vez estaba comprado a un agenciero o ropavejero. En esa facha se paseaba por la plaza Victoria galanteando a las niñas.

Los bares de Bandera y San Pablo eran las canchas de Rojas Jiménez. En el Hércules, en el Venecia y en El Jote bebía gratis, porque era amigo de los propietarios y estos le consideraban como un animador que levantaba el ambiente y atraía clientela. Otro tanto sucedía en el Bar Alemán de la calle Esmeralda y, por supuesto, en el benemérito cabaret Zeppelín. Allí intervino en la tomatina sin precedentes que se produjo a raíz de la decoración del establecimiento por el escritor y dibujante Diego Muñoz. El empresario del Zeppelín contrató por diez mil pesos “el primer mural ejecutado en Chile”, según recuerda Muñoz, y la obra consistía en un vasto conjunto de figuras humanas geometrizadas que el tiempo y la mala puntería fueron deteriorando. La mitad de los honorarios fue cancelada en dinero efectivo y los cinco mil pesos restantes tenían que consumirse en cerveza. Ahora bien, como la botella valía un peso, eran cinco mil las maltas y pílsenes que el artista decorador y sus amistades podían consumir en el plazo que quisieran. El río de cerveza era transportado en cajones, noche a noche, a la mesa de la alegría ocupada por Diego Muñoz, Pablo Neruda, Tomás Lago, Antonio Roco del Campo y Alberto Rojas Jiménez.

Alberto era también un dibujante aventajado, al igual que Muñoz, con la diferencia de que no firmaba con su nombre sino con una copa y una botella de vino. El que encuentre en bares o cantinas alguna decoración con esta firma simbólica sabrá quién fue su ilustre autor.

Una lluviosa noche de invierno falló por primera y última vez el encanto personal del rey de los noctámbulos. En la Posada del Corregidor le pasaron la cuenta por una suculenta comida con aperitivos y bajativos, que no pudo cancelar. Como a esta deuda se sumaban otras, el inflexible concesionario resolvió que el poeta dejaría en prenda su sobretodo (algunos dicen que también la chaqueta). Y el pobre salió a la intemperie y caminó desabrigado a lo largo del Parque Forestal. Llovía a cántaros y el Mapocho en crecida pasaba rozando la ferralla de los puentes. Consecuencia: Alberto cogió una bronconeumonia y se fue “con los más”, como decían los griegos por el acto de morirse.

Solo que él no podía salir de este mundo como el resto de los mortales. En mitad del velorio apareció un individuo que ninguno de los presentes conocía, mal trajeado y de cara trasnochada, el cual afirmó una mano sobre la urna y saltó por encima con una cabriola de acróbata de circo; y luego se marchó dejando a todos con un palmo de narices. ¿Quién era y por qué hizo lo que hizo? Nunca se supo… A todo esto, entre los deudos y camaradas estaba Antonio Roco del Campo, el otro bohemio de fama imperecedera. Observando que tiritaba de frío, una hermana del finado le puso sobre los hombros el único abrigo que encontró a mano: una mañanita de lana rosada. Y en esa facha llegó Roco al cementerio, guarecido bajo el paraguas de Vicente Huidobro y provocando en el cortejo incontenibles tentaciones de risa.

Así fue el fin del vividor genial que inspiró el poema de Neruda: “Alberto Rojas viene volando”:

“Vienes volante, solito, solitario,

solo entre muertos, para siempre solo,

vienes volando sin sombra y sin nombre,

sin azúcar, sin boca, sin rosales,

vienes volando”.

De ese tiempo que relacionó a Rojas Jiménez, Neruda, Muñoz y Roco del Campo, fueron también los poetas Teófilo Cid y Omar Cáceres y el pintor Abelardo Paschin Bustamante: tres bohemios de antología que dieron color a la crónica pintoresca de Santiago: Paschin fue el mecenas desvalido que cambió el pasaje de primera clase de su beca oficial por dos de tercera para llevar a París a Rojas Jiménez. Artista modesto y grande a la vez, Paschin era hombre de actitudes y rasgos increíbles. Por nada de este mundo se perdía una noche de fiesta, y lo que cuento en seguida lo vi por mis ojos y pueden atestiguarlo centenares de personas. Coincidió un baile de primavera en Bellas Artes con la fecha en que se esperaba un parto de su esposa. El pintor la llevó consigo para poder participar en la mascarada entre las serpentinas y las esculturas adornadas con antifaces y gorritos de papel… hasta que le fueron a avisar que la señora estaba dando a luz en el contiguo dormitorio del cuidador del palacio.

Omar Cáceres, el más grande poeta nacional en opinión de Miguel Serrano, no vivió lo suficiente para dar todo lo que iba prometiendo. Publicó “Defensa del ídolo” y poemas dispersos que aún no han sido recogidos por los editores. Era delgadito y sutil; parecía pedir permiso para transitar por el mundo. Lucía un comienzo de melena y tenía el perfil de un árabe pálido. Llevaba una vida misteriosa y en plena juventud fue hallado muerto, flotando en un canal de barrio de las Hornillas.

Teófilo Cid, gran poeta y prosista, fue el amigo inseparable de Braulio Arenas, hasta que rompieron a muerte y Cid rebautizó a su ex camarada con un nombre lapidario: Braulio Apenas. Cid era de tal manera desaseado que alguien (¿quizá Braulio en represalia?) le adjudicó el sobrenombre de Presidente de la Sociedad de Arte y Sebo. Pasaba noches enteras conversando en Il Bosco, y por lo menos dos cronistas le atribuyen esta linda anécdota: un frío amanecer de invierno salió un piojo por una de sus mangas; con tierna solicitud el inmundo Teófilo empujó a la bestezuela hacia adentro del puño para que estuviera abrigada. Se cuentan de él mil cosas bizarras, como por ejemplo, que tocaba el piano en los salones de la calle Eleuterio Ramírez. No tragaba a ciertas personas, entre ellas a mí. Veinte veces presentados, seguía ignorándome; hasta que un día, exasperado, caminé una cuadra delante de él remedándole su modo de andar con los pies hacia fuera, levantando las rodillas y pisando con los tacos.

En ausencia de Rojas Jiménez, podría decirse que fue Antonio Roco del Campo el que tuvo los mejores títulos para empuñar su antorcha. Roco era bajo y grueso, con cara de asaltante y pelo negro y tieso, de indio feroz. Por cierto, carecía de la finura espiritual de su antecesor. Dejó una antología descriptiva de Chile, dos o tres libros originales y un reguero de anécdotas que se han hecho legendarias. ¿No le vimos asistiendo a un funeral con una mañanita rosada sobre los hombros? Una noche se presentó a la salida de la función del teatro Central, la mano estirada, implorando con voz doliente de mendigo: Dos pesos para un poeta…

En una ocasión lo contrataron para dar unas conferencias en Chillán. Excesos etílicos le hicieron perder la noción de las fechas no pudo cumplir el compromiso. El corresponsal de “La Discusión” telegrafió a su diario: “Avisen que falló Roco”. En el telégrafo transmitieron por error: “Avisen que falleció Roco”. Creyendo que aún estaba a tiempo, el conferenciante viajó a Chillán, y al verlo aparecer en la institución patrocinante la gente horrorizada escapó a la calle dando alaridos.

Roco dormía a veces en los escaños de los parques públicos, y un día llevó a cabo la mayor hazaña de desplante y falta de pudor que ha visto la pacata Santiago. Pasando frente de la casa Délano, en Ahumada, se bajó los pantalones y se sentó en un inodoro que exhibían asomando a la acera. Personal de la tienda trató de expulsarlo. Roco no se movió. Llamaron a un carabinero, el que tuvo que abrirse paso a viva fuerza entre la barrera de mirones que alborotaban y reían a gritos. Sin poder él mismo contener la risa, el policía invitó al infractor a evacuar el lugar.

-Ya evacué en el lugar –contestó Roco haciendo un instantáneo juego de palabras-, pero aquí no tienen papel. Que traigan papel, aunque sea de máquina de escribir.

Alberto Rojas Jiménez

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