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Poesía varia

Entre los libros de poemas que nos regala hoy la exuberancia lírica nacional, no desmentida en su fervor, sí desigual en su valor, escojo tres o cuatro que no merecen el olvido, si bien su diminuto tamaño los hace poco propicios a más amplios comentarios. De paso, no celebro este afán de dar a luz pequeñísimas ediciones de versos, migajas casi inferiores a la unidad gustativa mínima para el paladar crítico, y por eso múltiples en la frecuencia y el número de sus apariciones. Se nos llena así con muchos impacientes cuadernillos, que no conocieron la saludable disciplina selectiva de una obra mayor, con su espera de años, su contexto unitario, su lenta acumulación, su prueba.

Doce poemas –algunos de dos o tres líneas- contiene el librillo de Guillermo Ross Murray “En tus propias narices”. Hay mucho de vacilante en su audacia juvenil, mucho de adolescente en ese aire de venir de vuelta de la vida; pero merecen recordarse algunos aciertos, promisorios. Entresaco estos versos:

“Una propaganda inmemorable

bautizó a las violetas, como

inocentes, tímidas florecillas.

Y en verdad, horribles pasiones

devoran a tales seres cautelosos…”.

Es cierto que Parra discurrió ya algo así de las palomas en un célebre antipoema; es cierto que estos versos se estropean a continuación con un final débil; pero hay un desenfado en el tono, la certidumbre ácida de algunas afirmaciones que se rescatan de su inseguro contexto, un atisbo que nos hace esperar más de este joven poeta de Antofagastsa.

Lo de Luis Oyarzún es un cuadernillo confeso, es decir, no un libro sino una separata de los Anales de la Universidad de Chile: “Poemas”. Versos sin estridencias, de una cuidadosa retórica, llenos de bien asimiladas resonancias culturales –bucólicas, plásticas, epicúreas- dentro de su aparente naturalismo, su valor estriba en un modo de mirar la tierra, en un descubrimiento de los signos humanos de la naturaleza, en una manera de ver el mundo. Esta poesía tiene sus mejores momentos cuando se alza sobre el artificio verbal, seductora rémora, y desarrolla intuiciones sensoriales directas, rápidas evidencias visuales cargadas de sentido: como esa “Piedra de Cobquecura”, denso y misterioso poema que vislumbra, tras la imagen del ave marítima en su caverna, indefinibles resplandores existenciales.

El Che Guevara, a quien cantan nueve de cada diez poetas en los concursos habituales del ramo, ha inspirado ahora a Matilde Ladrón de Guevara. Debe decirse que de esos nueve ditirambos que indico, ocho suelen ser deplorables y uno mediano. El tema está lleno de peligros: beatería, edificación, moraleja. Los poemas que comento quizá no los hayan sorteado del todo; tampoco están libres, en lo verbal, de ese formalismo del género, cada vez más ritual y opresor para la libertad expresiva que hoy buscamos. Pero, así y todo, estos poemas logran transmitir algo; nos hacen llegar un entusiasmo generoso por el personaje y, aunque nada nuevo nos puedan legar en el viejo artificio del soneto, tampoco desdicen de la habilidad proverbial que esta técnica requiere. Por más que contenido y estilo no anden como acordados, “Che” es un libro de fondo cálido y de virtuosa manera.

Pedro Lastra ha publicado en Lima (La Rama Florida) su último libro “Y éramos inmortales”. No consigo ver claro en el fondo de estos poemas; tal vez porque el autor no se ha jugado del todo en ellos, y, recluyéndose en tonos menores o en la sordina de acentos lejanos, velados, grises, se nos sustrae a la apreciación directa. Desde luego, se nota en estos sabios versos una voluntad de concentración y desnudez (toda una Copla: “Dolor de no ver juntos lo que ves en tus sueños”), y al mismo tiempo un deseo de abrir el verso a los matices coloquiales y narrativos de la prosa:

“Y éramos inmortales

nuestras flechas daban justo en el banco:

el gran Jefe piel roja caía sin remedio.

Las hermosas muchachas eran siempre las mismas

y nos miraban con orgullo”.

Este pequeño poema, llamado “Serial”, es el más seguro del libro: el más visual y fresco, el de más leve ironía. A otros, no obstante su afán de brevedad esencial o de fluidez narrativa, les falta cierta densidad interior para resultar, cierta energía afirmativa que los salve de irse, pálidos, de la memoria. Todos ellos son, sí, poemas melancólicos, vueltos hacia pasados brumosos y perdidos o hacia la innombrable muerte. Esta nostalgia es a la vez el tono fuerte de la expresión, y una parte de su desvaimiento y pérdida. Una desgana esencial, pero no dramática, introduce la fatiga en ciertas intuiciones ascendentes que Pedro Lastra, confiamos, sabrá rescatar de la distancia que hoy las aqueja.

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