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Un libro chileno: Samuel A. Lillo

A Samuel A. Lillo, yo lo veo hasta con su fisonomía en esta composición, que él llama “La Escuela de Antaño”.

Está en ella el poeta, el educacionista y el hombre; el otro ha puesto su ternura para con los niños; y el cantor requiere su laúd y canta.

“Era entonces la edad de la alegría,

En que es el corazón abierto y bueno.

La edad en que recogen en su […]

El bien y el mal las […] juveniles

Cual copia de la inconciencia de la fuente

Desde los libros a las de las águilas

Hasta el enrosque vil de la serpiente”.

Canta el poeta la nostalgia de la aldea donde transcurrió una infancia como muchas otras: la nostalgia de la infancia lejana, canta el mar entrevisto desde el banco de la escuela; la nostalgia de todos los sueños. Una melancolía inocente le embarga la voz y se comunica al que lo oye, que entonces escucha a su vez en su corazón otro canto que se parece a aquel…

Samuel suele aparecernos demasiado correcto y entonces se advierte que su naturaleza, un tanto agreste, sufre por el molde. El lenguaje se hace a veces estridente y disonante.

Acá no: Es él tal como querríamos verle, cándido siempre y si acaso triste, como si su experiencia a lo sumo lo entristeciese… ¿Qué otra cosa es la experiencia verdadera? Tristeza que nos hace más indulgentes y que seguramente nos purifica.

“Por eso al evocar aquellos tiempos,

Recibo como un soplo de frescura:

Miro hacia atrás y veo el horizonte

Teñido con la lumbre del recuerdo,

Y revive en mi espíritu el paisaje,

Me siento niño y otra vez me pierdo

En los bosques floridos de mi aldea

Y parece que escucho hasta el oleaje

Que a los pies de la escuela […]”

VER: Un libro chileno: Manuel Magallanes Moure.

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