Crítica aparecida en el día . Autor:

Un libro chileno: Manuel Magallanes Moure

Autor de dos pequeños libros, tan sinceros uno como el otro y tan mejor el segundo que el primero, como superior es esta “Carreta”, de las veladas del Ateneo, a la mejor composición del segundo libro. Magallanes progresa y hacia allá…es también indeciso, en fuerza de dilatado.

Eso sí, sigue ya una ruta, tal vez la viene siguiendo desde sus primeros pasos. No se prodiga. Tampoco presta su voz para cantar en ninguna Marsellesa, en ninguna de esas funciones de beneficencia que se llaman socialismo. Jamás se le oirá fuera de su huerto, y sabido es que si nadie puede tener por campo el mundo, debe, en cambio, tener por mundo su campo.

La poesía de que me ocupo me parece una cosa completa. Se marcha por el camino polvoroso y soleado. Delante una carreta va dando tumbos…

 

“Trémulos van los bueyes: abatidos

En la contemplación del blanco suelo

Que rozan con sus húmedos […]

Cuya baba, […] dibuja

En el polvo arabescos infinitos

Y ante las bestias mudas, siempre mudas

En su eterno tormento, entristecido

Come sus bestias y como ellas mudo,

El carretero marcha pensativo

Contemplando las huellas que dejaron

Los que antes que él cruzaron el camino”

 

La carreta hace alto en una alameda y entonces sé que conduce al pueblo al hijo enfermo de aquel pobre hombre. Lo miro, rudo y jadeante, tendido bajo el toldo. Después reanuda su ruta, sobre sus ruedas chillonas, tirada por los bueyes, conducida por el carretero.

Detrás de ella el polvo y el sol vuelven a unirse sobre el extenso camino…

Magallanes consigue sus efectos como pintores japoneses, con líneas muy sobrias, con colores muy simples. Es objetivo y subjetivo a la vez, pero en tal amalgama que no cabrían definiciones. A mi entender, esa debería ser nuestra obra, esa nuestra vida, porque esa es la vida.

 

***

Viene en pos de éste un extenso estudio sobre Eça de Queiros, escrito por la señora Amanda de Labarca: pero ya que se separa de la índole de la colección, no me ocuparé de él, como tampoco me ocuparé más adelante, de otro artículo sobre Versalles, debido a la pluma de don Paulino Alfonso. Estudiar la obra de los dilettantis, por muy distinguidos que ellos sean, y de las mujeres, que son dilettantis siempre, yo lo creo un poco tiempo perdido. Porque en último caso el criticado se encoje de hombros puesto que no tiene mayores pretensiones. Digamos que esos dos trabajos son como de sus autores, pero que no entran en la índole del libro.

VER: Un libro chileno: Samuel A. Lillo.

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