Julio Barrenechea: “Sol de la India”

Un nuevo libro de poemas acaba de publicar en Nueva Delhi, donde ejerce el cargo de Embajador de Chile, nuestro lírico Julio Barrenechea.

En “Sol de la India” el poeta neorromántico se despoja de toda retórica para mostrar objetivamente la vida íntima de la tierra hindú calcinada, quemante, “de fuego puro”, como canta Barrenechea.

El lírico recibe esta vez el don poético para infundir luz y color al pueblo indio; para verlo iluminado por el sol que deslumbra al neorromántico Barrenechea, y arranca a su corazón optimistas sentimientos de amor y admiración. La característica de este poeta chileno es saber mirar las cosas, aun las tragedias íntimas, en sentido favorable. Así la India ha cautivado el espíritu del hombre sensible.

A través de las páginas de “Sol de la India”, palpita un hondo cariño y entusiasmo por todo lo que se relaciona con la civilización brahmánica y su pintoresca mitología. El autor se ha convertido en un ferviente indianista avisado y perspicaz, que mira con ojos de artista la patria legendaria de las vedas o sabios y de los poetas del “Mahabharata” (el gran Barata) y el “Ramayana” (lo de Rama).

En un ambiente de tanto color y misterio, no era difícil que se avivara el numen de Julio Barrenecha para representar en sus estrofas esas imágenes percibidas por su rica sensibilidad poética.

En el poema “El Sol de la India”, de versos breves, diminutos, claros, expresivos y pintorescos, está como la quintaesencia de la vida hindú: cada estrofa es una miniatura suavemente dibujada por el estro limpio, leve y diáfano de Barrenechea:

“Sol de la India

fruto maduro,

savia del aire,

oro del muro.

Sol de la tarde

como ninguno.

Muerte redonda

de fuego puro.

Sol en los ojos

de carbón fijo.

Sol en los dientes

de espuma dura.

Sol de faroles

entre el follaje

haciendo fiestas

en el paisaje.

Va tu mirada

por los trigales

por cañas verdes,

por arrozales.

Pastor de templos,

pastor de tumbas,

torrente claro

que todo lo inunda.

Sol en pulseras

sol en collares

en los mercados

y en los bazares.

Sol de la India

quémame entero,

quema mi cuerpo.

Quémame adentro.

Sol de la India,

razón de vida,

muero en las tardes

con tu partida”.

“Cementerio de Agra” es otro de los grandes aciertos pictóricos del poeta:

“Cementerio sin árboles, sin flores,

cementerio sin lágrimas, sin deudos

cementerio elegido por la muerte,

cementerio que muere”.

Uno de los mejores poemas de este libro es “Canto a las manos indias”. En él, como un orfebre de la palabra, exalta la agilidad y destreza de las manos del artífice hindú que logró levantar ese bello y típico conjunto de luz que

“sigue

el perfil de las torres.

La frente de las casas,

el marco de las puertas y ventanas.

Manos bordando el mármol como una seda dúctil

repitiendo en los templos las blancas sucesiones.

Manos desconocidas, incansables y anónimas

de un numeroso artista proyectado en el tiempo”.

Como es imposible transcribir todas las estrofas, copio la última:

“Canto a tus manos, India, tus manos numerosas

que dieron a la vida traducciones del sueño.

Tu artista es tan inmenso, está en todas las cosas,

tu artista tiene un solo nombre, se llama Pueblo!”

El elogio de la mujer hindú es quizás el más bello y emotivo homenaje hispanoamericano a esa raza mitológica:

“Y hablo y canto a la madre pobre

que por llevar la creatura

ha logrado formar en su cuerpo

como una pequeña montura.

Y es así como en la saliente

que hace con la gracia la cadera,

va asido el tierno ser desnudo

como al tronco la enredadera.

Para vosotras madres indias,

para vosotras laboriosas

digo estas cosas en mi idioma,

y nunca oiréis estas cosas”.

En “Cachemira”, el penúltimo poema de “Sol de la India”, muestra el autor la semejanza de ese país con Chile; y realiza un retrato o paisaje de fina fantasía, deslumbrante de color:

“Amo esta tierra hermana de mi tierra,

el rostro de mi sur lo veo en ella.

Los pinares, los lagos, y las nieves eternas,

tempestades que aparecen con sus celestres baterías, remeciendo viviendas y árboles altos y viejos.

Tierra plácida hasta el amor,

o hasta el pavor enfurecida.

Enorme, verde espejo,

donde el sur de mi tierra mira desde lejos”.

Si la poesía chilena e hispanoamericana se enriquecen con la obra de Julio Barrenechea, la India tendrá en ella un monumento perenne.

Pedro Sienna, los versos, el cine

A mi edad, las que llamamos viejas amistades suelen remontarse a dos, tres o cuatro décadas. Por ejemplo, uno de mis más viejos (y queridos) amigos es Pedro Sienna. Lo conocí en 1924, un invierno que llegó a Quillota como galán de una compañía teatral. Fui a visitarlo a su hotel, acompañando al poeta Romeo Murga, hacia el mediodía, y lo encontramos en cama. No era raro, no tenía por qué extrañarnos: él mismo había definido su vida de actor en un poema de su libro “El tinglado de la farsa”:

“Levantarse a la una de la tarde. Vestirse

con toda la pachorra de un millonario inglés.

Colocar una perla en la corbata. Irse

al ensayo, que empieza a las dos o las tres”.

Lo que más he admirado siempre en Pedro Sienna es el fervor con que se entregó a todo lo que hizo. ¡Y vaya si ha hecho cosas, a partir de los primeros versos escritos en la década del 10 al 20! Ha sido poeta, actor, dramaturgo, cinematografista, director de teatro y de películas, periodista, pintor. En todo puso su inteligencia y su corazón, generosamente, con un entusiasmo que era la mejor expresión de su amor a la vida.

 

LOS POETAS

Cuando digo que conocí a Pedro Sienna en 1924, quiero decir que entonces estreché su mano y hablé con él por primera vez. Porque lo conocía desde mucho antes. Tendría yo doce años cuando mi hermana compró un ejemplar de “Selva Lírica”, la rica antología de Segura Castro y Molina Núñez. Hojeándola, leyendo algunos poemas, mirando las fotografías de los seleccionados, fue como me di cuenta de la existencia de tantos poetas a quienes tendría más tarde la suerte conocer (Zoilo Escobar, Víctor Domingo Silva, Lagos Lisboa, Jorge Hübner, Pablo de Rokha, Vicente Huidobro, Verdugo Cavada, Daniel de la Vega, Carlos Barella), y de otros con quienes habría de cultivar amistad estrecha, como Ángel Cruchaga, Gabriela Mistral, Pedro Sienna, Roberto Meza Fuentes. No tengo a la mano “Selva Lírica”, pero me parece estar viendo la fotografía redonda de Pedro Sienna, de perfil, realmente un hermoso perfil de medalla antigua.

Y entre “Selva Lírica” y este encuentro en un hotel de Quillota, había admirado a Pedro Sienna en otro aspecto de su actividad artística: el cine.

 

EL LLAMADO DEL CINE

Era un hombre demasiado dinámico como para vaciar su inquietud solamente en los versos. Creo que aunque en Chile hubieran existido las condiciones para que los poetas vivieran del producto de sus versos, Pedro no se habría aguantado en la paz de un escritorio, buscando rimas o cazando imágenes. Tenía que hacer otras cosas para ganarse el sustento y para gastar ese generoso chorro vital que emanaba de sí mismo.

Entusiasmado por el actor español Jambrina, Pedro Sienna entró al teatro, a la “farándula”, como se decía entonces, y tal vez durante unos quince años recorrió el país, formando parte de compañías nacionales que montan obras de Armando Mook, de Hugo Donoso, de Víctor Domingo Silva, de Germán Luco Cruchaga o del propio Sienna, que escribió para el teatro, entre otras cosas, “La pagoda azul”, “Las cabelleras grises” y “Un disparo de revólver”.

Pero precisamente en esa época, en los finales de la segunda década, el cine había alcanzado un momento de culminación. Llegaban a Chile películas europeas y norteamericanas de clima dramático, que mudas y todo, no dejaban de ofrecer parentesco con el teatro. Los actores más populares entre nosotros eran Chaplin, Eddie Polo, las hermanas Lillian y Dorothy Gish, William Hart, Perla White, George Walsh, las italianas Francesca Bertini y Pina Menicelli, la danesa Theda Bara, primera vampiresa de la pantalla. El gran galán era Wallace Reid.

Actores, escritores y, en general, gente inquieta, se sintieron atraídos por el cine y comenzaron a ensayar: Coke, Nicanor de la Sota, Pedro Sienna. Rafael Maluenda hizo una película: “La víbora de azabache”, tan mala, que la bautizaron “La víbora en escabeche”.

A mí me entusiasmaban las de Pedro Sienna. No logro recordar las fechas en que se estrenaron, ni importa gran cosa. En “El hombre de acero” hacía el papel de un joven que, a fuerza de voluntad, lograba superar una difícil situación creada por la ruina y suicido de su padre. En “Un grito en el mar”, era un oficial de Marina que aceptaba una falsa declaración pública, truco destinado a descubrir a una banda de espías extranjeros. En “La avenida de las acacias”, filmada en Quilpue, recuerdo que había un crimen de por medio, que se poseía en claro apelando a un truco bastante ingenuo. En “El húsar de la muerte”… ¡No, pero “El húsar de la muerte” merece párrafo aparte!

 

NUESTRO “ACORAZADO POTEMKIN”

El húsar (Manuel Rodríguez, naturalmente) se prestaba para desahogar una vez más el temperamento romántico de Pedro Sienna. La vida del guerrillero ha sido y sigue siendo una fuente de inspiración para escritores y poetas. Era una película histórica y cinematográficamente seria, sobria y vital, tan buena, que ha resistido casi incólume los embates del tiempo. A pesar de los inmensos progresos que el cine ha experimentado desde comienzos de la década del 20, cuando fue filmada, y de todo lo que ha cambiado, lo que podríamos llamar la conducta cinematográfica, El húsar sobrevive. La volví a ver hace unos tres años, en copia presentada por la cineteca de la Universidad de Chile, me parece que en homenaje a su autor cuando se le dio –muy tardíamente, como va siendo ya costumbre-, el Premio Nacional de Arte. El tiempo la ha respetado, caso que les ocurre a muy pocas obras cinematográficas. En mi fuero interno, cada vez que pienso en “El húsar de la muerte”, la califico como “nuestra Acorazado Potemkin”.

Como actor, Pedro Sienna se identificó en el ánimo popular con el personaje que encarnaba en ese film: Manuel Rodríguez. Cuenta Daniel de la Vega que en una ocasión en que Sienna filmaba en Recoleta, en plena calle, un “paco” de esos de casco blanco, intervino, porque el gentío que presenciaba las tomas estaba formando demasiado jaleo. El “paco” no conocía a Pedro, quien se subió a una ventana y arengó a la muchedumbre: “Ustedes me conocen. Díganle al guardián quién soy”. Y mientras unos pocos decían “Pedro Sienna”, la mayoría gritó entusiasmada “¡Manuel Rodríguez!”

Hace años que no veo a Pedro Sienna (casi nadie sabe que su nombre civil es Pedro Pérez Cordero), pero me imagino que hoy, a los setenta y seis, sigue escribiendo, aunque no se ocupe mucho de publicar. Nunca lo ha hecho y así se explica que la lista de sus libros, que se inició hace más de medio siglo, con “Muecas en la sombra”, versos de 1916, no llegue a la decena. Pero estoy seguro de que Pedro Sienna escribe y está, como siempre, lleno de proyectos.

Lira Popular

Este hermoso álbum constituye un verdadero alarde gráfico. Se trata de la reproducción facsimilar de textos debidos a un conjunto de poetas populares chilenos que cuenta con un prólogo de Pablo Neruda, quien afirma: “Son ellos, los oscuros poetas, los que me enseñan la luz”.

Durante el siglo pasado y a comienzos del presente fue frecuente la aparición de hojas sueltas ilustradas con ingenuos dibujos que contuvieran versos alusivos a acontecimientos de actualidad o de carácter religioso. El folklore a “lo divino” y a “lo humano” se enriqueció con el aporte de numerosos cantores populares que con ingenio y soltura abordaban temas variados.

La condenación de conductas delictuosas, contrariedades sentimentales, exaltaciones patrióticas, elogios a candidatos, galanterías a damas agraciadas, narración de calamidades, polémicas entre payadores, consejos sentenciosos, nutren esta expresión espiritual criolla, a veces no exenta de picardía.

Léase el “Consejo a los hombres que quieren tomar estado”, original de Diego Meneses:

“Castíguese con un palo

a la mujer que es celosa

golpéese entre la gente

por coqueta y por mañosa”.

La inquietud ciudadana también se pone en evidencia en las siguientes estrofas:

“En nuestro puerto vecino

ha aparecido una plaga,

y es de aquella gente vaga

que saltea con gran tino.

Mucho abunda el asesino

en la época presente,

y yo que estoy al corriente

de todo, digo a destajo:

¿Por qué no pone trabajo

nuestro nuevo Presidente?”

Son numerosas las muestras de pintoresquismo popular que incluye este volumen organizado por Diego Muñoz y ricamente impreso en Alemania. Al disponer su publicación Storandt y Silva han facilitado el acceso a una veta que hoy depara sorpresas por su vitalidad.

“Esta poesía –dice Pablo Neruda- tiene ese sortilegio de lo que ha sido creado entre las cosas naturales. Esta poesía del pueblo tiene ese sello de lo que debe vivir a la intemperie, soportando la lluvia, el sol, la nieve, el viento. Es poesía que debe pasar de mano en mano. Es poesía que debe moverse en el aire como una bandera. Poesía que ha sido golpeada, que no tiene la simetría griega de los rostros perfectos. Tiene cicatrices en su rostro alegre y amargo”.

La traducción al inglés y al francés del ensayo preliminar y de algunas notas explicativas facilitarán en el extranjero la comprensión de los textos antologazos, en los que se encuentran elementos para calibrar la idiosincrasia chilena.

 

Firmado como: T.

Dolores Pincheira

Dolores Pincheira es una maestra asociada a los mejores recuerdos de muchas mujeres que alguna vez fueron sus alumnas y que hicieron sus humanidades en el Liceo de Niñas de Puerto Montt o el de Temuco o el de San Fernando de los que fue directora ejemplar.

Con una vocación a prueba de todos los sacrificios, profundamente dedicada a la formación de sus alumnas, con una mentalidad moderna y democrática, se había olvidado un poco de sí misma. Siempre la atrajo la poesía. Escribía por una necesidad imperiosa de expresar sus emociones, sus deslumbramientos, su amor a la vida y al ser humano. Guardaba con rubor sus versos y solo la insistencia de sus parientes o de sus amigos hacía que estos aparecieran de vez en cuando en algún diario o revista provincianos. Ahora acogida a un retiro que merecía después de toda una vida de duros afanes, acaba de publicar su primer libro, “Apología de la tierra”, con un prólogo de Raúl Silva Castro que valoriza en todo lo que significa su poesía simple y resonante. Dice Silva Castro que la poesía de Dolores Pincheira no emana “de la tierra de nadie donde la fantasía se dilata, sino de una tierra concreta: Chile”.

Y si hubiera que ubicar un protagonista de esta “Apología de la tierra”, no sería otro que nuestro país, que Dolores Pincheira ha sembrado de sabiduría y dignidad. Su poesía no busca efectismos enceguecedores; no practica ninguna de las formas vanguardistas que a veces solo sirven para disfrazar el vacío y el nada que decir. De repente nos encontramos en su libro con el verano y su definición es exacta:

“El sol cayó de bruces

en la tierra el agua ha recogido

el canto de las aves y del viento.

Sangran las ubres savias olorosas

y en el río titilan

los signos del instante”.

Esta maestra que ama a Chile y a la juventud, demuestra que la poesía le brota con la naturalidad y la gracia de un manantial.

 

Firmado como: Simón Blanco

Dolores Pincheira: Apología de la tierra

Dolores Pincheira renueva con su libro “Apología de la tierra” la vieja alianza entre los poetas y el cosmos. Ella ve lo que tiene más próximo, la tierra nutricia, la comba del cielo, el encaje del árbol, y se muestra adherida a la vida sencilla y a la soledad, tenaz refugio a que ha de acudir en horas de fatiga, cuando se retira complacida de la cotidiana labor de su liceo. Y es en ese cosmos, reducido acaso, en donde se sumerge para encontrar no solo temas de canto sino también imágenes.

Y no es que su poesía abunde en ellas, ni que se la vea ansiosa de lucubrar nuevos extremos y audaces combinaciones. Nada de eso. Su poesía es más bien directa, clara, y como se vierte en la métrica amorfa de uso en nuestros días, poco esfuerzo ha sido menester a la autora para dar acogida en su verso a las imágenes que le sugería el diario comercio de la existencia estudiosa y digna a la cual vive entregada.

Pero cuando quien lee estas páginas llega al verso que dice: “en el derrumbamiento de mis rosas” difícil sería no detenerse y hacer alto. He allí una frase feliz, una afortunada alianza de palabras sutiles y sugerentes. Son sencillas, quién lo duda, quién podría dudarlo; pero son también profundas y apuntan a un hecho cierto del existir humano. En aquellas rosas están portentosamente comprimidas el ansia, la sed, el anhelo de la juventud; el ensueño, la fantasía, los amores juveniles. Pero día habrá de llegar en que esas rosas dejen deslizarse sus pétalos, o de golpe o uno por uno, tallo abajo, entre las hojas, hasta caer confundidos en la tierra. Es el derrumbamiento de las rosas, el desatarse de los lazos de la inquietud, el dejar que los infalibles punteros del reloj cercenen en su marcha el bagaje de las dulces mentiras que colorean la alborada de la vida.

Este libro ha sido escrito, pues, no en los días primeros de una vida afanosa y diligente, sino acaso cuando en ella se insinúa el amor a la quietud y al silencio. Así y todo, algo conserva de los aromas que nos sorprenden si, en pleno campo, nos acercamos a las flores nacidas a la sombra de los árboles. El amor al cosmos primigenio, atisbado por la poetisa en sus andanzas, no le impide allegarse a la historia de su patria ni mentar los nombres de la geografía nacional. La suya, en suma, es una poesía no emanada de la Tierra de Nadie donde la fantasía se dilata, sino de una tierra concreta: Chile.

No sé por qué leyendo el suelto verso de Dolores Pincheira, pienso que en ella hay una recoleta afinidad hacia la forma más severa y estricta del poema, el soneto. No ha escrito uno solo, según parece, y en este libro, desde luego, no veremos ninguno. Así y todo, por el género de su sensibilidad, por la concisión de la frase, por el aliento rítmico, he creído divisar en ella una futura sonetista de fuerza. ¿Labor difícil? Sin duda, pero no para quien lleva; cual se prueba en este libro, hecha buena parte del camino que debe recorrer el aprendiz para ser maestro.

Dolores Pincheira pertenece a una familia de escritores. Ha llegado algo tarde a la cita de su estirpe, pero en su brazada hay rosas, muchas rosas, para deleite de cuantos la contemplan desde el cielo y de cuantos la ven activa y vivaz a su lado.

Apología de la tierra. Original de Dolores Pincheira

Este bello título, “Apología de la tierra”, corresponde a una colección de treinta y ocho poemas prologados por Raúl Silva Castro y editados por Nascimento.

La autora, maestra e hija de maestro, por haber estado siempre dando de sí, vertiendo la luz de su espíritu sobre sus alumnos y sobre sus hijos, que también lo son, no había tenido ocasión de dar a las prensas el auténtico valor poético que ella escondía, ese tesoro oculto que estaba destinado fatalmente a aflorar algún día.

Dice Silva Castro en su prólogo que Dolores Pincheira ha llegado tarde a la cita de su estirpe, de su familia de escritores, pero –agrega- “en su brazada hay rosas, muchas rosas”. Es una forma poética y delicada para expresar lo que todos comprendemos frente a la obra de arte: que ante la creación no hay edad o tiempo cronológico, que viene a ser como el devenir del olvido, a veces lento, otras precoz. Pero la creación recrea. Y anula el olvido. Goethe pudo vibrar de pasión juvenil a los ochenta años. Es una excepción, pero existió.

El verso de Dolores Pincheira es suelto y fácil; es como el verter de un agua cristalina desde un cántaro pleno. Hay, como en el corazón del hombre, altibajos; cimas y simas. Pero, en general, es una poesía auténtica a fuerza de ser sincera, y contenida en un sacrosanto pudor que la hace referirse casi siempre a las cosas de su patria, a la geografía o al acaecer chileno, y solo a veces, por segundo, deja entrever lo que velado existe en el secreto recóndito de su sensibilidad.

Puede Dolores Pincheira describir con la misma poesía los paisajes físicos y crear para ellos un clima preciso o específico, cual ocurre, por ejemplo, en los poemas “Primavera”, “Verano”, “Otoño” e “Invierno”, y puede también crear ese clima interior del paisaje del alma; el paisaje de la soledad, del amor, del ensueño.

El romanticismo es aquí, sin duda, el señor que domina sin contrapeso en toda la obra. Y ello háceme recordar a Rubén Darío cuando gritó: “¿Y quién ‘es’ no es un romántico?”

En estos poemas, que son, como decía, paisajes y reminiscencias, encontramos cosas admirables como, en el “Canto al árbol”, estas palabras:

“Desde entonces te amo,

quizás si mucho antes,

desde que galopó como flor derramada

el arrebato que formó mi estirpe”.

Y encontramos otros que pierden algo de su vuelo poético, por su forma desaliñada, como el poeta que escribió con desgano, por ejemplo, en el poema “Alas”:

“Soy una hoja más

en el silencio

que navega en las nubes

blancas.

El sol se ha vuelto humo,

zumba la soledad

entre las ramas,

la lluvia bailotea

en las pataguas”.

Otros son como una imagen pasajera y quisiéramos saber más, con la sensación de que algo quedó trunco; esto se observa, v. gr., en el poema “Mis perros”, que tiene un ritmo y una musicalidad muy definidos.

En general, como dije, es la expresión de un auténtico poeta, con alto vuelo. Oigamos algo del “Canto a mi padre”:

“Padre,

en mi ansia febril por encontrarte

amor tiembla en mi voz

y se hace ruego.

Busco tu rostro en mi recuerdo

y acude tu presencia

a mi llamado.

Porque algo de ti

que se prendió en mi espíritu

me empuja a buscarte en el arcano,

resplandece entre mis sueños

y es la esencia

de mi inquietud y mis desvelos”.

Se acaba el espacio. Hay que oír, finalmente, el comienzo de “Vieja historia”, que muestra otra faz del poeta:

“Os voy a referir mi vieja historia:

soy prestidigitadora empedernida

y entre la enmarañada urdimbre

de mi novelería

voy extrayendo pájaros y aromas,

cautivos resplandores,

una paloma de lánguidos temblores,

mi adolescencia intacta”.

Como vemos, para tal prestidigitadora no prevalece el olvido.

En suma, Dolores Pincheira se perfila como un poeta definitivo. Aconsejaríamos una revisión de los pequeños detalles. Parece cual si hubiese escrito sin releer, como diciendo: ahí va eso; si os gusta, bueno. Pero el deber del escritor es dar de sí lo más cercano posible a la perfección. Y esto, por supuesto, no es una crítica; es un consejo amable, como de un viejísimo amigo.

Cecilia Casanova: “Poemas y Cuentos”

Los escritores de hoy –poetas y prosistas- se sienten atraídos por la vida cotidiana. Dentro de ella descubren inmensas posibilidades de ser aceptablemente razonables o mágicamente absurdos. Cada cual –al leerles- sale de su rutinaria existencia de cada día y va a vivir durante cierto número de páginas en un mundo que –sea absurdo o razonable el autor- se parece al que abandona cuando empieza la lectura.

La realidad se divierte disfrazándose, cambiando, transfigurándose en la medida en que los escritores lo desean o sumisamente lo aceptan. Lo tremendo suele ocurrir cuando la realidad le impone al novelista o al poeta que la copie con la mayor exactitud posible. Todos pierden: la realidad, que se torna inaguantable; el escritor, que se vuelve una máquina fotográfica; el lector, que se aburre, porque sigue inamoviblemente donde está, cuando quisiera irse de sí mismo y de sus cosas.

Estamos ante un caso interesante: un libro donde –en verso y en prosa- la vida cotidiana, sin ser copiada, es tal es, y al mismo tiempo nos da la sensación de ser distinta. Cecilia Casanova es la poetisa y la cuentista de esta realidad tangible, que todos en seguida reconocemos, y que repentinamente, por aquí y por allá, en cualquier inesperado pormenor, se nos muestra sorpresiva.

“Poemas y Cuentos” es un libro breve de título modestísimo. A nadie le guiña un ojo con picardía, prometiendo diversas cosas tentadoras. Ahora bien, los poemas tienen un título propio: “Los juegos del Sol”. Los cuentos, el suyo: “El Paraguas”.

El nombre a cuyo amparo se colocan los poemas, está lleno de sugestiones; el del grupo de cuentos, a fuerza de corriente y casi mudo, promete mucho a quien supone, como cualquiera de nosotros, que un paraguas puede ser punto de partida de muy agradables aventuras. Pero no es esto lo que debemos decir, porque el libro espera, y su título –bueno o malo- es lo que menos importa. ¿A quién se le ocurriría no mirar ni siquiera de reojo a un individuo por la simple casualidad de llamarse Juan o Pedro? Pudo llamarse Nabucodonosor o Temístocles, y sería el mismo.

“Poemas y cuentos” tiene una importancia: he aquí un libro cuya autora se coloca en medio de la realidad más común y con notoria espontaneidad nos va dando a conocer el sentido de las cosas vulgares cuando se las mira con agudeza, penetración, ingenio, cariño, capacidad transmutadora. Los poemas, tan precisamente como los sueños, constituyen un mundo sin sorpresas aparentes, pequeño e inmediato, en el cual la sensibilidad y la rápida imaginación de una escritora esconden estímulos para el asombro, imágenes que de pronto relampaguean, emociones donde una ternura muy femenina queda en evidencia.

En “Los juegos del sol” vivimos junto a la naturaleza; el aire, la luz, los pájaros, las plantas. El lenguaje es el de todos, sin altibajo, y sirve muy adecuadamente para la comunicación de sensaciones fugitivas, para la evocación de momentos de la infancia, para el propósito de poner al lector en contacto directo con lo inmediato, lo doméstico, lo que captan los sentidos en cualquier instante y lugar. Es el suyo un mundo concreto, donde los objetos y los seres se hallan particularizados, son visibles, palpables, no se ocultan tras palabras o frases desorientadoras. Un ejemplo puede bastar para que se advierta la actitud de Cecilia Casanova junto a su poesía, cuando la lleva a un lugar determinado, en un momento definido. Veamos el poema que titula: “Igual a cuando éramos niños”:

“El sol viene a pasear por la mesa

mientras almorzamos.

Come de nuestros platos, regalón,

y se acuesta en la uva,

somnoliento, cansado,

despidiendo rayos

que parten desde el frutero

al techo.

Hoy no vino

y me gustó que preguntaras por él

como por un amigo.

Subí la voz dándole tiempo

a que llegara,

metiendo ruido,

pero ya íbamos en el café

extrañándolo, dependiendo de él

igual a cuando éramos niños

y esperábamos

que pasara la lluvia

con la nariz aplastada contra el vidrio”.

Tema simple, desarrollado con fina sencillez. No se trata de una anécdota, de una estampa que pudo trazarse en prosa y no queda del todo bien acomodada en el verso. Es –no se necesita subrayarlo- una hora de la vida cotidiana que se hace poesía. No hay esfuerzo. Libremente acuden las palabras, forman el ámbito poético. Igual cosa sucede en los demás poemas, siempre limpios, soleados.

El paso de la poesía a la prosa, en este libro, no es largo ni difícil. Los mismos elementos, idéntica sencillez, vocabulario nuevamente eficaz. Los cuentos son nueve. Cortísimos. Algunos, poco más de un par de páginas corrientes. En ellos nada sobra ni falta. Tienen la dimensión justa. Los escenarios son corrientes: cuartos de alguna casa parecida a innumerables otras de cualquier sitio urbano; calles sin nombre, vulgares; una residencial pobretona; rincones donde parece haberse dormido la vida y hasta la muerte ha olvidado. Los personajes son gente de costumbres burguesas, acomodados a la monotonía del existir que va agotándose sin sobresaltos. Pero la autora tiene humor. De la manera más imprevista crea un final de cuento que eleva la categoría del relato. En ninguno hay un argumento dibujado con firmeza, con detenimiento, con ánimo de remover suspensos y efectismos. Empieza la historia sin preparación alguna. Sin demora se halla el lector ante un hecho menudo que, por sus dimensiones, sospecha uno que va a adelgazarse, a mostrar un perfil tan sin espesor que tendrá un desvanecimiento repentino e imperceptible. Ocurre que esos finales de cuento son o un gesto que no se podía prever, o una palabra irónica, henchida de risa, que no se anunciaba en absoluto.

Entre objetos vulgares y personajes corrientes, movidos por un lenguaje que no se empina para dar el do de pecho, una vida verdaderamente interesante circula de principio a fin de estas páginas. La poesía es auténtica. El cuento es muy de todos los días, realizado con una penetración, una síntesis, una imaginación de día de fiesta.

Delia Domínguez, “Contracanto”

Delia Domínguez, “Contracanto”. Poemas, Santiago, Nascimento, 1968.

Delia Domínguez, “Contracanto”. Long Play del Sello Arena. Poemas leídos por Adriana Borghero con fondo musical de Jack Brown, Santiago, 1969.

 

El libro se publicó un año atrás, pero el reciente disco LP del sello Arena lo pone otra vez de actualidad. Los poemas de “Contracanto” ganaron al pasar al disco: la cálida y sobria lectura de Adriana Borghero –con un trasfondo de guitarra por Jack Brown- les proporciona una temperatura de coloquio y de conversación que los poemas buscan, los sitúa en una atmósfera favorable. Los enriquece de fuerza comunicativa.

Porque al leerlos yo en el libro me impresionaron como faltos de nervio, como afectados de lenguaje indeciso, de opacidad. Especialmente en ciertos poemas que podríamos llamar “rurales”, impregnados de vivencias provincianas de la autora, con la aguda presencia de los bosques y ríos de la región de Osorno, hombres, trigales, caballos. Aquí Delia Domínguez no ha avanzado, continúa girando en su retórica personal de libros anteriores. Ello lo sabe al titular uno de estos poemas: “Para que no se hagan ilusiones todo ocurre en el mismo escenario de la otra vez”. Dentro de esta órbita situó también los poemas “Carretera Central”, “Carta desde el Sur de la Tierra”, “Sensaciones para afirmar el respeto en el prójimo”.

El problema no tiene que ver con el origen provinciano de la intuición poética sino con el modo de asumirla y construirla. Así el poema “Para que no se hagan ilusiones…” tiene un buen comienzo, esboza una posibilidad que no cuaja, que no alcanza un desarrollo pleno. Diría que este y los otros poemas nombrados se quedan en estampas rurales de fachada agradable: la emoción personal se diluye al mezclarse a una superficial oposición naturaleza-civilización, campo-ciudad, caballo-automóvil. El carácter discursivo de los poemas de Delia Domínguez exigiría en este punto un meditar a fondo, una verdadera toma de conciencia sobre el significado concreto y actual de la contradicción entre la ciudad y la aldea, entre la capital y la provincia en Chile. De otro modo no logrará expresar sino un “naturismo” epidérmico, una visión rousseauniana y ahistórica del hombre y de la vida social en las zonas rurales de nuestro país.

“Verano” es una estampa campesina en pureza, bien lograda en un nivel modesto. En “La ropa limpia” y en “Muchacha” la sinceridad salva a los poemas: aquí la convicción consigue trascender el “naturismo” superficial de otras estampas rurales, integrándose a experiencias que le dan solidez y vertebración. Poemas de preocupación social, como “Diálogo de Combate” y “Confidencias a Madame”, se malogran a mi juicio por el lado del prosaísmo y porque un cierto grado de impostación o engolamiento –en “Madame”- reemplaza al indispensable madurar de las ideas: no se puede improvisar sobre algo tan complejo y que no ha sido en verdad bien pensado.

Hay un problema de lenguaje en Delia Domínguez que obstruye sus posibilidades de expresión poética: tengo la impresión de que por evitar la sensiblería liricoide, Delia se desliza hasta el otro extremo, el del prosaísmo opaco, sin vibración, sin impulso. La conciencia de su “maldita sensibilidad” (p. 43), le juega una mala pasada a Delia Domínguez y la lleva a confusión; cuando ella confía más en sus recursos, cuando es más decidida y busca menos apoyo en pilares externos, cuando ella se suelta y es más ella, entonces se acerca mucho más a sus ambiciones expresivas. Dentro de este marco es que yo prefiero, de todo el libro, los poemas “Contactos”, “Close up” y “Nexos”. Un control más severo sobre el lenguaje y una mayor soltura y libertad para la intuición podrían dar, combinadamente, buenos dividendos poéticos en la obra de Delia Domínguez.

Delia Domínguez

porque escribí estoy vivo…

Enrique Lihn, “La Musiquilla de las Pobres Esferas”. Poemas. Santiago, Editorial Universitaria, 1969, Colección Cormorán: Letras de América, 84 p.

 

Voy a sostener aquí, una vez más, ignorando el refunfuñar del afectado, que Enrique Lihn es el único verdadero y gran discípulo de Neruda que yo conozco, el único que, habiéndose sumergido en una de las zonas más profundas del océano nerudiano, logró llegar a la otra orilla y emerger más dueño de sus propios recursos, más entero, más individualizado. Con lo cual estoy diciendo que no veo en Lihn a un imitador de Neruda y que tampoco me interesa detenerme en el examen detallado de un problema de influencias. “Esta no es más que una acotación en sordina” –uso palabras de Lihn- sin más propósito que el de establecer en términos muy generales una premisa: la poesía de Lihn se sitúa en una tradición lírica directamente conectada a “Residencia en la Tierra” (libro que Lihn conoce de memoria). A partir de “La Pieza Oscura” (1963). Lihn nos viene entregando sus propias residencias (ya van cuatro), personalísimas e intransferibles sin embargo, como corresponde a un auténtico creador que logra configurar lo más suyo justamente al asumir la tradición de sus mayores, al digerirla y superarla de verdad.

El signo de filiación más notorio es precisamente el que define e individualiza la poesía de Lihn. Hablo del modo de relación entre esta poesía y la experiencia viva y concreta del autor. Hablo del apoyo inmediato y sin distanciamiento que el poeta reclama y extrae de su propia biografía personal, hasta el punto de que la hazaña poética de Lihn se puede medir justamente por el grado de contagio y comunicación que establece con sus lectores a pesar del sustrato críptico –por ser anecdótico- que a menudo sostiene sus versos. Leyendo los poemas “Alma Bella” y “Desenlace”, ambos de esta Musiquilla, imposible no evocar el “Tango del Viudo” nerudiano. Pero qué distantes y distintos al mismo tiempo, cómo aquellos son inconfundiblemente lihnescos.

Reaparecen en esta compilación ciertos temas obsesivos que poblaron “La Pieza Oscura” y que le salieron al camino a “Poesía de Paso” (La Habana, Casa de las Américas, 1966); terrores de infancia, pesadillas de colegio de frailes, angustia hecha de miedo y de avidez frente a la vida, frente al sexo, frente al cosmos (porque todo lo que latía con vibración de sangre llegó con signos degradados y siniestros a la niñez de Lihn, llegó asfixiándose bajo sotanas de colegio o entre telarañas y prejuicios de caserón familiar). También reaparecen antiguos amores fracasados y otros aspectos de una atormentada biografía: “mi soledad babea tanto a tango / el repertorio de las que se fueron”.

Pero estas reparaciones asoman levemente, rozadas de soslayo o interpoladas como material de referencia, son aspectos de un antiguo transcurrir, restos que en cierta medida el poeta aún necesita vigentes y activos para que le sostengan su vaciedad, para sobrevivir en ellos:

“estos datos que se reúnen inextricables,

digámoslo así, en el umbral del poema,

cosas de aspecto lamentable traídas no se sabe para qué desde todos los rincones del mundo.

restos odiosos amados en una rara medida

que no es la medida del amor” (p. 26).

Ya en su libro anterior, “Escrito en Cuba” (México, Era, 1969), Lihn se refirió también –y mejor- a estos materiales de su existencia pasada, una y otra vez acarreados al interior de sus poemas: “estos restos que no se me disputan sobre los cuales ejerzo un imperio total, ilimitado y estéril” (p. 15); “todo lo que quise decir lo encuentro aquí esparcido en el Gran Libro de los Restos” (p. 18). Lo importante es que tales restos tienden a disminuir sus apariciones en el mundo poético de Lihn, tal vez por agotamiento natural o porque la intuición del poeta rechaza decididamente los cadáveres.

En “La Musiquilla de las Pobres Esferas”, en cambio, tiende a tomar creciente relieve y a agudizarse el dominio temático de un cierto asunto que asomó –creo- al final del poema “Nathalie” en “Poesía de Paso”: “Me hago literatura. / Este poema es todo lo que podía esperarse / después de semejante trabajo, Nathalie” (p. 76). Me refiero al hecho de que allí Enrique Lihn empezó a cuestionarse, a poner en el banquillo una y otra vez su propio quehacer poético, la faena misma de su escribir. El proceso alcanzó (o parece haber alcanzado) su nivel más agudo en ciertos momentos del libro “Escrito en Cuba”: “No he colgado mis hábitos de la poesía, pero lo sé demasiado bien: ella no lleva a ninguna parte” (p. 14): “la poesía no está en las cosas y es simplemente el espejismo que somos” (p. 35).

En “La Pieza Oscura” y libros anteriores no encuentro síntomas de una tan radical falta de confianza en la poesía. Allí Lihn trabajaba aún ciegamente, con seriedad de feligrés convencido, con esperanzas de creyente. Aún no se veía a sí mismo vagando “en el mundo de la fragmentación como un clochard escarbando en el basural de las palabras, en el basural de las cosas, / con mi saco de alma a la espalda”. (“Escrito en Cuba”, p. 14).

Su reciente “Musiquilla” contiene elementos que me sugieren una etapa nueva, o diferente al menos, en el desarrollo de este proceso. Por una parte parece acentuarse la falta de fe en la poesía, la que es cuestionada con metralleos irónicos, con escépticos desenfados, con rotundas degradaciones, como cuando escribe a propósito de Rimbaud:

“El botó esta basura

yo le envidio su no a este ejercicio,

a esta masturbación desconsolada.

Me importa un trueno la belleza

con su chancro” (p. 70).

Pero por otro lado Enrique Lihn afirma sus fueros de poeta y por primera vez se atreve a declarar el valor de salvación que la poesía ha tenido siempre para él. Pienso que al intensificar en “Escrito en Cuba” el enjuiciamiento desesperado –y suicida- de su poesía, de su escribir, Lihn desencadenó sin pretenderlo un meditar a fondo, un proceso de reflexión fundamental sobre su propio trabajo.

Y en este meditar Lihn ha llegado a un punto muy importante, tal vez decisivo para el destino de su obra futura, y que se nos revela al leer con cuidado su “Musiquilla”. Ocurre que por primera vez (si no me equivoco) Enrique Lihn piensa su poesía como un trabajo, como un oficio, y no como un inútil parloteo en el vacío. Se trata de algo difuso, de un trabajo cuya finalidad u objetivo no están claros ni siquiera para el poeta mismo. Es una intuición en conflicto, incipiente, en gestación difícil y turbulenta, pero solo ella permite comprender ciertos aires de altivez, ciertos ademanes de protesta, ciertos gestos en que Lihn se rescata a sí mismo en su dignidad de escritor, de poeta. Lo que estimo de máximo interés es el vínculo entre ciertos momentos de la “Musiquilla” y la noción de la poesía como trabajo, como oficio, sin descontar lo contradictorio de las formulaciones concretas ni el conflicto que ellas revelan “Los poetas somos mendigos…Peor que mendigos. Nos reducimos a la mendicidad, o será que solo yo he tomado en serio mi OFICIO” (p. 73).

La relación poesía-trabajo surge en Lihn con dificultad, con violencia, como a contrapelo, tal vez porque se trata justamente del problema central que el poeta nunca ha resuelto ni en su vida ni en su literatura. Las debilidades y fracasos que ocurren en la obra de Lihn –que en conjunto siempre me han parecido de altísima calidad- se explican por el insuficiente grado de claridad que él tiene sobre el significado y trascendencia de su quehacer. Más aun: el destino y las posibilidades de apertura y de enriquecimiento de la poesía de Lihn –que me parece ya en el límite de sus virtualidades “residenciarias”- depende mucho del esfuerzo de profundización que realice el poeta acerca del significado concreto de su literatura en cuanto actividad vital.

Desde luego es muy importante que, pocos versos después de afirmar: “la poesía, este gran fantasma bobo” (p. 28), Lihn deslice, por primera vez DESDE UNA PERSPECTIVA HISTÓRICA, una caracterización o imagen positiva del oficio poético:

“Que otros, por favor, vivan de la retórica:

nosotros estamos, simplemente ligados a la historia,

pero no somos el trueno ni manejamos el relámpago.

Algún día se sabrá

que hicimos nuestro oficio, el más oscuro de todos, o que intentemos hacerlo.

Algunos ejemplares de nuestra especie, reducidos a unas cuantas señales de lo que fue la vida en estos tiempos,

darán que hablar en un lenguaje todavía inmanejable” (p. 30-31).

No importa que en el verso siguiente, muy asustado de la audacia que acaba de perpetrar, Lihn remate el poema con un aspaviento que procura ser neutralizador y devaluador de lo dicho, con un exabrupto que trata de ser un gesto de fastidio: “Las profecías me asquean y no quiero decir más”. Tampoco importa, o mejor dicho, importa mucho considerar desde el ángulo que propongo el título mismo del poema, también irónico: “Mester de Juglaría”. Más que la ironía, lo que cuenta es el reconocimiento de la actividad poética como MESTER u oficio.

Cuando Lihn inicia su poema “A Franci” con estos versos: “Te quiero, qué comienzo, / peor es tragar saliva / y peor aún este nudo en la garganta que toma los contornos del mundo…” (p. 42), está revelando un desdoblamiento, una conciencia poética vuelta sobre sí misma, examinándose en el proceso mismo de su quehacer. Ello está muy ligado a toda esta actitud de revisión de fundamentos que Lihn parece haber desencadenado en su poesía. Es algo nuevo.

Todo en este libro subraya la actitud dual, conflictiva, contradictoria del poeta. El título mismo del volumen, “La Musiquilla de las Pobres Esferas”, nos muestra al autor instalado en la puerta del libro con una sonrisa de devaluación y escepticismo acerca de la mercadería que ofrece (señores, no esperen ustedes escuchar aquí ninguna música de las esferas, la respetable poesía, sino apenas esta musiquilla), mientras que al mismo tiempo no deja de afirmar y ponderar ladinamente su producción al publicitarla desde la propia tapa del libro. En la contratapa hay una declaración explícita de Lihn: “Al escribir o desescribir algunos de estos poemas me acosaban por lo menos dos instancias contradictorias. En primer lugar, el sentimiento del absurdo con respecto a la tarea emprendida; luego, una curiosa sensación de poder”. Tal declaración, necesariamente vaga desde la interioridad del poeta, se aclara a la luz del proceso que el libro revela.

Algunos buenos poemas de la “Musiquilla” no aparecen directamente conectados al problema que nos ha preocupado en esta nota. Pienso especialmente en aquellos sobre motivos cubanos: “Negras”, “Nocturno”, “María Dolores”, “Señoritas”, que merecerían atención aparte. Pero creo que el poema final del libro, “Porque Escribí”, justifica la focalización de mi análisis al cerrar con esos versos tan inusitados en la poesía de Enrique Lihn:

“Porque escribí no estuve en casa del verdugo,

ni me dejé llevar por el amor a Dios,

ni acepté que los hombres fueran dioses,

ni me hice desear como escribiente,

ni la pobreza me pareció atroz,

ni el poder una cosa deseable,

ni me lavé ni me ensucié las manos,

ni fueron vírgenes mis mejores amigas,

ni tuve como amigo a un fariseo,

ni a pesar de la cólera

quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta:

porque escribí, porque escribí estoy vivo”.

Desde el abismo

Sí, pero desde allí viene una luz, una luz interna, estrella, subterránea posiblemente, que sobrenada todos estos poemas de Ester Matte, reunidos acaso por la mano estremecida de la pasión poética –(“Desde el Abismo”, Ediciones Extremo Sur, 1969, Ed. Universitaria)-, reunidos como quien junta trozos de venas o colores que la sangre tuvo una vez, y perdió o recuperó entre la memoria que los días otorgan y que la existencia cubre de aristas o le confiere el poder de los vasos comunicantes, atentos siempre a sus contenidos transparentes o a sus gotas oscuras, como todo lo que concierne al desarrollo de la vida. Y esa luz no es posible capturarla como quien se decide a cazar joyas: no hay en el libro de Ester Matte poemas esplendorosos; lo que hay, sí, es un testimonio y lo que circula es, de muchos modos, una afirmación que no condesciende con el juego simultáneo de metáforas, sino que, mediante un lenguaje directo, va desenterrando (diríase de su abismo), algunas verdades esenciales, que desean tan solo reunir el rostro verdadero de esta mujer que escribe poesía porque de otro modo no podría, de seguro, existir en todo cuanto la toca, cuanto la hiere, cuanto la colma:

“… Desde la incógnita

hacia la nieve

serena y clara

dulce y firme…”

No hay en el libro de la escritora un solo poema que no muestre una preocupación o señale una claridad: no hay uno que pueda, por otra parte, insinuarnos si quiere el juego liviano de la versaina fácil, como de pañuelo de aire; sin caer en gravedades busca, empero, acentuar la voz, desde dentro, recorriéndose a sí misma, hasta alzar su verdad como un ramo de veras encendido:

“… El mundo arte

por los cuatro costados

Cristo supo lo que hizo

repartió el pan y el vino…”

Otros, con la autoridad de una mejor palabra, le dirán a Ester Matte lo que su libro representa o lo que su verso, queriéndolo, manifiesta o niega; quisiéramos, no obstante, representar aquí la limpieza moral de su libro “Desde el Abismo”: no hay en él la pretensión de supervivir mediante determinadas actitudes líricas. Los cantos que lo integran responden, sin duda, a experiencias, están realizados con el poder verídico que Ester Matte posee. No engaña a nadie ni se engaña a sí misma. Pero los 28 poemas que integran el libro van dejando, dijéramos escalonadamente, a veces “en el umbral de la ternura”, otras en la “eternidad de un instante”, la sensación de que nuestras manos han abierto una puerta tras la cual se agita el océanos y su ruido de follaje submarino; el abismo a cuyo término, posible a veces, alguien nos aguarda para decirnos su palabra y continuar su camino.